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Tribuna:

Suerte, Sr. González

Ya me hubiera gustado a mí, cuando tenía responsabilidades en política industrial, haberme encontrado con dirigentes patronales del perfil de Vicente González. No es que sea imprescindible que al frente de una organización empresarial esté un industrial, pero en nuestro caso es bastante aconsejable que así sea. "Ninguna economía desarrollada puede permitirse el lujo de no tener un sector industrial", dijo en la última de sus comparecencias públicas. Y tiene toda la razón.

Esa sensación tan extendida, no solo entre el ciudadano medio, sino también entre economistas profesionales, de que caminamos hacia una sociedad de servicios, es decir, postindustrial, no solo no está avalada por los hechos, sino que únicamente suele servir para justificar modelos de crecimiento tan erráticos y mediocres como el que se viene perfilando en la Comunidad Valenciana desde hace ya bastantes años.

Para empezar, la caída del peso relativo de la industria en el producto bruto agregado, en favor del sector servicios, es, sencillamente, una falacia económica; de consecuencias letales, por cierto, para un acertado diagnóstico de la situación y sus posibles soluciones estratégicas. El importante crecimiento del sector servicios, que alcanza ya en los países desarrollados, entre el 65% y 70%, del valor de la producción total (con cifras equivalentes en términos de empleo), tiene una sencilla explicación desde el punto de vista del análisis económico: los precios de los servicios crecen más rápidamente que los precios de los bienes industriales (y mucho más que los agrícolas). De tal modo que, para entendernos, si en el año 1970 usted podía elegir, con la misma cantidad de dinero, entre un par de zapatos y una noche de hotel, hoy, en 2005, lo haría entre una noche de hotel y dos pares de zapatos.

La causa de que ello sea así, es que, mientras que el sector industrial reacciona a los aumentos de la demanda mediante crecimientos continuados en la productividad (más zapatos, por trabajador), los servicios, sin embargo, lo hacen, en gran medida, únicamente con aumentos de precios (y del empleo). Hay una razón para que esto ocurra; muchos servicios (la mayoría de los tradicionales) tienen dificultades estructurales para asimilar el cambio tecnológico y, por tanto, para mejorar su productividad. Y además, una buena parte de ellos se sitúa al abrigo de la competencia (nacional e internacional). Los productos industriales (y agrícolas), por el contrario, son bienes comercializables sin discusión, es decir están sujetos a la competencia global, lo que lógicamente les impide aumentar "demasiado" sus precios.

La conclusión es que el sector servicios (así, en general) no crece más, o crea más empleo, porque sea más moderno y avanzado que el industrial, como se suele suponer, sino, en buena medida, justamente por lo contrario, porque se trata de un sector poco permeable al cambio tecnológico, y en el que, además, la competencia entre empresas es significativamente menor. Este fenómeno es fácilmente observable si calculáramos las series históricas que muestran la participación de los diferentes sectores en el PIB, descontando el efecto de los precios (o sea, en términos reales). Entonces descubriríamos que el sector servicios crece, pero muy poco (dos o tres puntos a lo sumo) respecto del peso relativo que éste tenía ¡hace 30 años!, mientras que el sector industrial también lo hace, pero con mayor intensidad.

No estamos, pues, en una era postindustrial, como se cree erróneamente, sino en una era en la que todo aquello que producimos (bienes y servicios) cada vez "pesa" menos, y, sin embargo, vale más. Esto también puede calcularse. Y se ha hecho. El resultado es que el producto mundial hoy vale más de tres veces el que teníamos en 1950; sin embargo su peso en toneladas es tan solo ligeramente superior.

Y no es únicamente porque el sector servicios haya crecido, sino también porque los bienes industriales y de origen agrícola incorporan cada vez más cantidad de insumos inmateriales (servicios) por unidad de producto. Un producto industrial, por ejemplo, vale más, cuanto más conocimiento especializado incorpore; es decir cuanto menos "pese", en su estructura de costes, el trabajo directo en planta y los materiales utilizados en su elaboración. Esto es lo que habitualmente se entiende por valor añadido. La marca, la calidad, el diseño, la logística, el servicio al cliente, la innovación en sentido amplio, son todos ellos atributos inmateriales que añaden valor al producto, aumentan su productividad, y lo hacen competitivo en los mercados.

Naturalmente, puede decirse que, al fin y al cabo, hablamos de servicios. Y así es, pero su característica esencial no es la de "pertenecer" al sector servicios, sino su propia naturaleza de servicios especializados, estratégicos, avanzados, o como se les quiera denominar, incrustados en el interior mismo de los productos. Éste es el verdadero meollo del asunto al que deberíamos dirigir con urgencia nuestros esfuerzos mentales (y presupuestarios), y no sólo a discursos políticos banales, de salón; o a lamentos impropios de quienes representaron en los 80 y primeros 90 a la economía regional más competitiva de España.

No, la industria no pertenece al pasado, ni es un sector en decadencia. Quienes pertenecen al pasado son aquellos que se muestran incapaces de interpretar correctamente los datos de la realidad, para desgracia nuestra, justificando así su monumental despiste y su falta de visión estratégica; mientras el mundo se desmorona ahí afuera, cada día que pasa.

Le deseo suerte Sr. González. La va a necesitar.

Andrés García Reche es profesor titular de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de septiembre de 2005