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El infierno helado de Shackleton

Acabo de leer un libro fascinante: Atrapados en el hielo, de Caroline Alexander (GeoPlaneta). Trata del épico y prodigioso viaje del británico Shackleton al Polo Sur en 1914. La expedición consistía en atravesar por primera vez la Antártida. Pero aquel año fue especialmente frío y ni siquiera consiguieron llegar a tierra firme. Su airoso y peleón barquito de madera, el Endurance (que significa Resistencia), quedó atrapado durante meses en el mar congelado como una mosca en una tela de araña, hasta que la presión de los grandes bloques de hielo lo hizo trizas. La treintena de tripulantes tuvo que desembarcar a toda prisa sobre un iceberg que se quebraba y se deshacía todo el rato, poniéndoles en constante peligro. No tenían provisiones suficientes ni ropa adecuada; estaban permanentemente mojados y soportaron temperaturas inferiores a los cuarenta grados bajo cero.

Fue una agónica epopeya de supervivencia en un infierno frío. Saltaban de iceberg en iceberg y a veces, cuando se deshelaba momentáneamente algún canal, navegaban por el mar gelatinoso y embravecido. Tenían tres pequeñas barcas de salvamento que, milagrosamente, no se fueron a pique en las feroces tormentas, y al cabo arribaron a una isla desierta, glacial y brutalmente inhóspita. Se alimentaban casi exclusivamente de focas y pingüinos, en ocasiones les faltó el agua potable, sufrieron dolorosos abscesos, infecciones, heridas, congelaciones terribles (a uno le tuvieron que amputar los dedos de los pies), aguantaron las noches eternas del invierno antártico, el miedo, la desesperación y el agotamiento. Resistieron 22 meses. Casi dos años de enloquecedora pesadilla. Es una de las historias de lucha por la vida más terroríficas y extremas que jamás he escuchado. Y lo asombroso es que lo lograron. Fueron rescatados sin haber perdido un solo hombre.

Qué increíble resistencia posee el ser humano. Qué capacidad de adaptación y qué titánica entereza. Empecemos por una verdad de Perogrullo: si la expedición de Shackleton no murió, es porque aquellos hombres decidieron no morir. Porque escogieron luchar para seguir viviendo, o, diría yo más, para seguir siendo. Shackleton era un hombre construido con la dura, espartana y disciplinada materia de los antiguos exploradores y supo imponer normas, rutinas, una determinada estructura social, un acuerdo de dignidad y de cuidado mutuo. Eran náufragos desesperados en un mar de hielo, pero eso no les hizo perderse el respeto a sí mismos. Sólo así, siendo personas, pudieron seguir sacando fuerzas para afrontar el frío, el dolor, el horror. Sólo así pudieron mantener las ganas de vivir. Porque en el ser humano, y en cierta medida en otros animales superiores (se han dado casos de primates y perros que se han suicidado de pena), el impulso de supervivencia no es totalmente ciego y automático, sino en gran medida una decisión de nuestra voluntad. El empeño de aguantar te lleva muy lejos. Todos somos capaces de proezas que nos resultarían inimaginables. Sólo hace falta mantener la esperanza y no rendirse.

En cuanto a la exploración geográfica, aquella expedición de Shackleton fue un completo fracaso. Pero ha pasado a la Historia como algo aún mucho más valioso, porque fue un hito en la exploración de los confines del ser humano. Fue un viaje existencial y, en vez de cartografiar montañas y cabos desconocidos, descubrieron nuestros límites interiores.

Con todo, lo más conmovedor es leer lo que sucedió después con los protagonistas de esta historia. Porque, tras realizar proezas sobrehumanas durante esos dos años en los hielos, tras mantenerse controlados y enteros en las circunstancias más terribles, la mayoría de los expedicionarios se vinieron abajo. Se dieron a la bebida o al juego, se metieron en disparatadas aventuras profesionales, se rindieron al caos y al desaliento, desordenaron sus días, desbarataron sus vidas. Alguno acabó de mendigo callejero, a merced de la caridad pública. Tanta lucha y tanto heroísmo, tanto esfuerzo por no morir, para luego hacer de sus existencias un disparate. Tal vez agotaron toda su capacidad de autocontrol en aquellos 22 meses espantosos. O tal vez sea más fácil comportarse como un héroe durante cierto tiempo que mantenerse en pie toda una vida. Puede que vivir con dignidad una existencia entera sea en realidad la mayor proeza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 2005