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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

Sobrevivir en Gaza

Empezar desde menos de cero. Es la sensación de muchos de los 1,3 millones de palestinos de Gaza, exhaustos después de cinco años de Intifada y de cerco israelí. Algunos cuentan sus miedos y esperanzas en la semana prevista para la retirada de los colonos

Jala acaba de llegar a Gaza. Sin ni siquiera abrir los ojos, ha llenado de aire sus pulmones, para lanzar un alarido potente, a medio camino entre el lamento de dolor y el grito de alegría. Durante unos minutos ha continuado chillando hasta que, exhausta, ha convertido su voz en un lloriqueo. Sólo entonces su madre la ha tomado en brazos, escudriñado su cara, contado los dedos de la mano, inspeccionado los pies, acariciado las orejas y, por fin, acercado la cabecita hasta el pezón de uno de sus pechos. Todo ha acabado en un interminable y suave mugido.

El alboroto ha inundado la sala de partos del hospital de la Media Luna Roja, atravesado las calles del barrio residencial de Rimal y llegado hasta el suburbio de Zeituni, donde Mohamed Nasser, de 43 años, empuja con aparente indiferencia un carrito de venta de helados; acaba de ser padre por séptima vez y ésta es su cuarta niña. No tiene prisa. Cuando consiga vender toda su mercancía conocerá a la pequeña. Avanza atento para que las ruedas del carromato no se queden atascadas en la arena; el armatoste es su última tabla de salvación desde que le prohibieron entrar a trabajar en Israel.

"Para ellas hay cosas más urgentes que controlar la natalidad: saber si comerán hoy o dónde caerá el próximo misil"

Por tres shekels, anas 'cruza' la frontera y se integra en la comunidad virtual de adolescentes globalizados en Internet

Sobaida, de 40 años, se ha acostumbrado a dar a luz a solas. Dentro de cuatro horas le darán el alta y podrá volver a casa. En la sala donde se recupera del parto, junto a su hermana y dos de sus hijos, hay una inmensa resignación, cercana a la tristeza. De improviso, un soplo de aire caliente se ha colado por la ventana y ha llegado hasta la cama.

"Hoy también hará calor", musita a media voz la mujer, mientras aprieta el cuerpo de la recién nacida contra su pecho, como si tratara de protegerla del sol. Cuando abandone la clínica, a primera hora de la tarde, los termómetros habrán superado los 39 grados. Jala en árabe significa Bienvenida.

Los Nasser acaban de cumplimentar, casi escrupulosamente y sin saberlo, las últimas estadísticas oficiales, que señalan que el índice de nacimientos por mujer en la Franja de Gaza es de 6,29 hijos. Ésta es una de las zonas más pobladas del mundo; 1.376.289 habitantes en menos de 360 kilómetros cuadrados. Para establecer una comparación más entendible y occidentalizada, los informes de la CIA señalan que este territorio corresponde aproximadamente a dos veces el tamaño de Washington DC y su densidad es similar a la de Manhattan. Pero ni siquiera así las cosas consiguen estar claras. Por ejemplo, es muy difícil saber lo que representa en este contexto un índice de mortandad infantil de 22,93 muertes por cada 1.000 niños o que la tasa de crecimiento de población es aquí del 3,77%.

"Todos los planes de control de natalidad que se han ensayado en Gaza han fracasado", asegura el doctor Raed Sabbah, de 32 años, médico, funcionario de la Administración pública palestina, responsable del departamento de pediatría en el hospital Mohamed Durra y empleado además en la organización no gubernamental Union of Health Care Committe; en total 2.700 shekels, unos 600 dólares, al mes. Si hace horas extraordinarias, su salario puede acabar rondando los 800 dólares.

El doctor Sabbah, formado profesio-nalmente en la Facultad de Medicina de Leningrado, regresó a la Franja de Gaza hace siete años, ilusionado con la puesta en práctica de los Acuerdos de Oslo. Sus esperanzas, sin embargo, hace tiempo que se estrellaron ante lo que él califica eufemísticamente como "la burocracia" del Ministerio de Sanidad y que suena más bien a ineficacia y corrupción. Asegura que en Gaza no faltan médicos, pero sí planes y posibilidades de formar especialistas. Ni siquiera hay Facultad de Medicina en Gaza. Los médicos sólo pueden formarse en la Universidad de Abu Dis, en Jerusalén, inaccesible para los estudiantes de Gaza.

"La Administración palestina dejó en manos de las ONG las campañas de control de natalidad, sin darse cuenta de la tarea titánica que representa luchar contra las creencias religiosas o los imperativos sociales. Las mujeres aquí se sienten más seguras, más realizadas, cuando tienen más niños. ¿Cómo se combate esto?", se pregunta el médico. Aunque reconoce que en todas las farmacias se venden, a precios asequibles, preservativos y que muchas mujeres se colocan el DIU, añade que "no hay una conciencia clara con respecto a la natalidad", sobre todo porque "para la mujer hay temas más urgentes en su vida, como, por ejemplo, la subsistencia diaria. Es decir, saber qué comerá hoy, dónde caerá el próximo misil de los israelíes o si sus hijos o sus familiares están a salvo. No se le puede pedir a una mujer que esté pendiente de su natalidad y que pase controles médicos periódicos, lo que significa desplazarse a un ambulatorio, cuando tiene problemas para comer".

Sobrevivir es la palabra exacta. El 72% de la población palestina de Gaza vive por debajo del nivel de la pobreza: dos dólares diarios. Antes del inicio de la Intifada, en septiembre de 2000, por lo menos 80.000 palestinos de Gaza trabajaban en las empresas israelíes; la cifra ha quedado reducida a menos de 3.000. El Banco Mundial asegura que cada asalariado palestino mantiene al menos a siete personas. En este contexto ha surgido una nueva clase social: los pobres de solemnidad. Son 600.000, su subsistencia depende única y exclusivamente de la ayuda alimentaria que les da la ONU. Apenas gastan 1,50 dólares al día. Este ejército de desheredados se ha incrementado con 24.000 palestinos más, que han perdido sus hogares en los últimos cuatro años como resultado de la política de demolición de casas impulsada por el Gobierno israelí. Los dos tercios de las casas destruidas pertenecían a refugiados.

Anas Hammed nunca ha salido de la Franja de Gaza. Acaba de cumplir 17 años y vive en el campo de refugiados de Jabalia con otros 130.000 habitantes. Su mundo limita por el norte con el paso fronterizo de Erez; por el sur, con Rafah. Su padre trabaja como agente de la Seguridad Militar, que dirige Musa Arafat, el primo del ex presidente. Es el segundo de seis hermanos. El año que viene, Anas acabará el bachillerato. Quiere estudiar ingeniería química en la Universidad.

"Me gustaría salir de aquí, viajar, aunque sea sólo una vez…", explica lacónicamente y sin mucho entusiasmo, mientras la tarde del viernes, el único día festivo, languidece y un grupo de amigos le espera en la calle para ir al salón de Internet. Es consciente de que habla de una utopía, al menos mientras continúe vigente la estricta norma establecida por el ejército israelí que prohíbe la salida de la Franja de Gaza a los varones menores de 35 años.

Anas acaricia con la punta de los dedos, en el fondo de su bolsillo, tres shekels. Es el precio de un salvoconducto virtual que le permitirá cruzar las fronteras durante una hora, y formar parte de esa comunidad de adolescentes globalizados que se entretienen con el videojuego Counter Strike. Pero las hazañas del agente Jones, encargado de desmantelar laboratorios y organizaciones terroristas en los Cárpatos rusos, han empezado a aburrirle. Ahora forma parte de un club más selecto: los seguidores del Covert Strike, la lucha sin cuartel contra los terroristas internacionales, alimentados por una banda de generales y tipejos que se dedican a vender material militar y tecnológico con fines más bien poco pacíficos.

Es la primera y por ahora única etapa de un viaje fantástico que le permite olvidar que él mismo es superviviente de una revuelta sangrienta y sin cuartel: la Intifada. Ha conseguido así prácticamente olvidar que hace tres años su casa quedó destruida por un obús de un tanque en el transcurso de una incursión del ejército israelí. Ahora, aunque las cosas se han calmado, se despierta a menudo por la noche con el tableteo de las ametralladoras o con el impacto seco de los disparos de un fusil de asalto Kaláshnikov. Pero ha aprendido a darse media vuelta y continuar durmiendo. Hoy quizá soñará que está de visita en Jerusalén, en la casa de su tío en España, o en una tienda de Tel Aviv comprándose por fin ese teléfono portátil de última generación, con cámara fotográfica incluida.

Hany Awad Rabaa, de 35 años, casado, vive también en el campo de refugiados de Jabalia. Él escucha igualmente por la noche los disparos de la fusilería, el estruendo de los obuses de los tanques o el estampido de los cañones. Sin embargo, a él este estrépito no le deja dormir: le produce insomnio. Entonces suele bajar a la tienda, para tratar de poner la contabilidad en orden. Desde hace diez años, cuando acabó los estudios de ingeniería, regenta el negocio de la familia, un supermercado de víveres.

"Trabajo aquí porque no encontré empleo como ingeniero al salir de la Universidad", se lamenta Hany mientras coloca y ordena paquetes de pasta de sopa en las estanterías. Hace dos años remozó el local; colocó puertas nuevas, estanterías, luces halógenas y un enorme espejo ovalado visible desde la caja y a través del cual puede descubrir los pequeños hurtos de los clientes.

Aunque el negocio no es próspero, viven de él no menos de 14 miembros de la familia, empezando por sus padres y sus seis hermanos. En estos últimos tiempos, sin embargo, los ingresos han empezado a flojear. La crisis se nota todos los días cuando hacen el arqueo de la caja, pero también al finalizar la semana y examinar el libro donde recoge la relación de los impagados. Los llama "deudas muertas" porque sabe que nunca conseguirá cobrarlas. Son deudas que pertenecen a entre 70 y 100 familias del vecindario. Ascienden ya a un total de unos 15.000 dólares. El cliente que más le debe arrastra desde hace más de un año una cuenta por pagar de 3.000 dólares. En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, se trata de pequeños débitos. Las anotaciones de las "deudas muertas" del local ocupan ya dos volúmenes.

"Si quieres abrir un comercio de estas características en un lugar como éste y en estos tiempos, hay que estar dispuesto a cargar con una importante partida de deudas de los clientes. Vienen, cogen algo y en el momento de pasar por caja te dicen: 'Mañana pasaré a pagarlo'. ¿Qué vas a hacer entonces?", se pregunta Hany. Es consciente de que se han disparado los índices de desempleo y la miseria.

La mayoría de los vecinos de Jabalia, o de los otros campos de refugiados, que antes trabajaban en Israel y que constituían un ejército de mano de obra barata en el sector de la construcción o en el campo, se han convertido en sospechosos de terrorismo. Los soldados han anulado las tarjetas magnéticas que les permitían franquear las puertas del paso fronterizo de Erez y entrar a trabajar a Israel.

Las últimas estadísticas aseguran que el 65% de los palestinos de Gaza han perdido sus empleos. Desde septiembre de 2000, los informes oficiales añaden que unos 80.000 obreros que trabajaban en Israel se han quedado sin sus puestos de trabajo, arrastrando con su inactividad a otros 60.000 asalariados que, ante el descenso de la demanda, han sido despedidos de empresas locales. Casi la mitad de los palestinos viven con el 50% menos de lo que ganaban al principio de la Intifada. Se asegura que la inversión privada ha desaparecido prácticamente. En Gaza sólo se vive con la esperanza de las inversiones de las instituciones internacionales o de las organizaciones no gubernamentales. La renta per cápita de los palestinos ha caído hasta índices de hace diez años, cuando se firmaron los Acuerdos de Oslo.

"Pescar en Gaza se ha convertido en una pesadilla. Muchos días no podemos salir con la barca y, cuando lo hacemos, corremos el peligro de encontrarnos con las patrulleras israelíes o perder nuestras redes; eso si hay suerte, porque a veces es peor…", se lamenta Mohamed Amira, de 41 años, pescador. Vive en el campo de refugiados de Shati -76.000 habitantes- junto a la playa, en el norte de la ciudad de Gaza, convertido hoy en un verdadero volcán humano; a las elevadas temperaturas se ha sumado este mediodía el calor de centenares de hogueras que los jóvenes han levantado en los cruces de las calles utilizando neumáticos de vehículos. Las columnas de humo negro son un grito de protesta por la última operación militar israelí, que se ha saldado con la muerte de dos vecinos.

Mohamed Amira, casado, padre de seis hijos, busca con la mirada el horizonte del mar como si tratara de encontrar un lugar donde refrescar su vida. En un rincón de una playa permanece varada la barca de su familia. Su padre compró la embarcación hace poco menos de 10 años por unos 8.000 dólares, una verdadera fortuna. Ahora se les ha quedado pequeña y anticuada, pero los tiempos no dan para más y las esperanzas son escasas.

"El espacio para pescar se restringe día a día; los Acuerdos de Oslo establecieron una zona pesquera de 20 millas, pero en los últimos años las patrulleras israelíes han ido reduciendo nuestro espacio a una zona mínima, esquilmada y miserable, pobre en capturas", recalca el pescador.

Mohamed Amira, a medida que avan-za a través de una playa llena de escombros, se pregunta en voz baja si vale la pena enseñar el oficio a sus hijos, como su abuelo se lo enseñó a su propio padre. Hay momentos en los que duda entre arrastrar la barca hasta el mar para salir a pescar o llevarla tierra adentro para convertirla en combustible de una de esas hogueras que los jóvenes airados han encendido hoy en el campo de refugiados de Shati. La duda es breve; como siempre, acabará adentrándose en el mar. El perfil gris de la patrullera israelí en el horizonte le recuerda que su vida tiene una frontera. Ha llegado el momento de detener el motor de la embarcación y de arrojar la red al agua.

Antes de la Intifada, el censo de pescadores de Gaza lo constituían 1.300 personas y unas 150 embarcaciones. Salir a pescar suponía entonces un negocio rentable, que permitía a barcas como la de Mohamed conseguir unos beneficios semanales de 300 dólares. Pero desde hace cinco años apenas logra sacar lo suficiente para conseguir tres o cuatro dólares al día. El censo de pescadores ha quedado así recortado a la mitad. Los bombardeos se han encargado de hacer el resto: muchas barcas han sido destruidas en los ataques al puerto, y las que han logrado sobrevivir se pudren de viejas. Los repuestos son caros, prácticamente inaccesibles. Sólo en los dos primeros años de Intifada los israelíes destruyeron material de pesca valorado en unos 10 millones de dólares, aparte de las pérdidas ocasionadas por la política de restricciones.

La vida no se detiene en Gaza, tampoco para la selección nacional de fútbol. Al menos, esto es lo que asegura Issa Thaher, de 50 años, portavoz de la selección y miembro del Comité Plenario de la Asociación Asiática de Fútbol. El equipo se divide básicamente en dos: los 15 de Gaza y los 10 de Cisjordania, a los que hay que sumar algunas aportaciones importantes de los que militan en equipos tan lejanos como los chilenos y argentinos, o mucho más cerca, como en Líbano. Este mes entrenan tres días a la semana en Gaza, el mes que viene lo harán en un campo de Cisjordania. La situación parece complicada, pero en el fondo es mucho más sencilla que la de meses atrás, cuando los jugadores se veían obligados a entrenar en instalaciones del norte de Egipto, para sortear las restricciones impuestas por el ejército israelí. Ahora al menos pueden entrenar en casa.

"La selección nacional palestina no es mala; tenemos verdaderas estrellas como Ramsi, el portero del Jabalia", asegura con orgullo Issa Thaher, toda una vida dedicada al fútbol palestino, incluso en los años en que vivió en Qatar y trabajó como técnico administrativo en el Ministerio de Defensa. Un lujoso reloj de pulsera en oro, bordeado de pequeños diamantes, es el testimonio de una década de euforia y triunfos, cuando la palabra paz estaba en todas las bocas. Desde entonces, casi una veintena de jugadores han muerto a lo largo de la Intifada. Muchos han sido enterrados junto con la camiseta amarilla y el pantalón azul.

La selección nacional palestina, con un presupuesto de un millón de dólares al año, fruto de las aportaciones de un grupo de 15 grandes empresarios, está en fase de remodelación, sobre todo después de que en los Mundiales de 2002 quedaran segundos en el grupo en el que jugaban Qatar, Hong Kong y Malasia. En esta nueva fase, lo primero que han hecho ha sido cambiar de entrenador y sustituir al austriaco Alfred Riedl por un entrenador local, que vive en la ciudad de Nazaret, en Israel. El nuevo fichaje les ha permitido economizar parte del presupuesto destinado al antiguo entrenador, que se llevaba unos 15.000 dólares al mes.

El arquitecto y diseñador Rashid Abdelhamid opina que los momentos difíciles son propicios para la creación. Ha conservado siempre con claridad sus señas de identidad a pesar de que nació hace 36 años en el exilio de Argel, donde se refugió su familia en 1948 al ser expulsada por los israelíes de Safed. Formado en las universidades de Grenoble, Lyón y Florencia, especialista en construcciones de adobe, hace ocho años decidió instalarse en Gaza, donde ha fundado con otros compañeros de profesión el gabinete de diseño Zawaya. Aquí, al borde de la playa, ha enraizado su familia y han nacido sus dos hijas: la mayor, al principio de la Intifada; la menor, ahora, hace pocos meses, mientras la revuelta agoniza.

"En Gaza se puede crear de todo; existen todos los materiales necesarios para hacerlo. ¿Sabía usted, por ejemplo, que aquí se fabrican tres veces más muebles que en Egipto?", pregunta Abdelhamid, en el despacho de una de sus obras más emblemáticas y conocidas de la ciudad: el hotel Al Deira. Es un establecimiento singular, construido en adobe hace cinco años, de 10 habitaciones, ampliado ahora a 22 y con una inmensa terraza-restaurante orientada al mar. Lo que en principio parecía ser un divertimento creativo se ha convertido en un próspero negocio, en el que se da cita la prensa internacional y lo más selecto de la sociedad de Gaza. Su construcción costó 900.000 dólares, un año de trabajo y el esfuerzo de cien obreros. Por decirlo de alguna manera, este establecimiento es el escaparate de su imaginación.

Rahid Abdelhamid no teme a los israelíes, porque asegura que son muy claras sus intenciones. Pero le da miedo ese conflicto interno palestino que se cuece sobre todo en Gaza y que lleva de vez en cuando a las facciones armadas a enfrentarse entre ellas en la calle. Reflexiona sobre la violencia interna mientras fuera se escucha el eco de los disparos de las facciones armadas de Hamás y de los agentes de la policía palestina, enzarzados en un interminable tiroteo. Pero nada de ello le impide seguir creando; el poblado de las artes y oficios, el Nema Shopping, el Cuartel General del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Gaza o el interior del hotel American Colony de Jerusalén… son algunas pruebas de su compromiso político.

La política está presente permanentemente en la vida de Gaza. Lo invade todo, incluso la mezquita de Abu Eljer, que dirige el imán Mohamed Shehab, de 50 años y padre de ocho hijos. Licenciado en Farmacia por la Universidad de El Cairo. Tiene una voz potente que modula a la perfección, sobre todo los viernes, cuando en el momento de la Gran Oración pronuncia su sermón semanal. Aunque las autoridades le dan, como a todos los imanes palestinos, un guión previo sobre los puntos que tiene que abordar en sus homilías, él se las arregla siempre para acabar abordando también temas candentes. Desde un punto de vista policial se podría muy bien asegurar que sus prédicas son incendiarias.

"La gente me agradece que hable de los temas cotidianos, que ellos también sienten", asegura el imán Shehab, una vez finalizado el rezo de la plegaria del Magrib, la del atardecer, la última antes de la puesta del sol. Este mediodía sin ir más lejos, el Ministerio del Interior le entregó, como todas las semanas, unas directrices en las que se le ordenaba hablar del final de curso escolar, de los fallecimientos y de los nacimientos del barrio, pero él ha acabado refiriéndose a los enfrentamientos de las fuerzas de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina con las milicias de Hamás. Ha cargado con fuerza contra el ministro del Interior, el general Nasser Yousef, y le ha acusado de "hacer el juego a los israelíes".

Al imán no le asusta la cárcel. Ha pasado ya tantos años en ella, más de 10, que conoce sus paredes casi tan bien como las de su casa. Aunque en numerosas ocasiones las autoridades han amenazado con expulsarlo de la nómina oficial -1.500 shekels al mes-, esto a él no parece preocuparle lo más mínimo. Asegura que continuará predicando en voz alta incluso cuando le retiren del púlpito. Mohamed Shehab se ha erigido en bastión de una sociedad atormentada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de agosto de 2005