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Reportaje:CULTURA Y ESPECTÁCULOS

U2 hace estallar 'la bomba'

80.000 personas asisten eufóricas en el Camp Nou de Barcelona al primero de los tres conciertos de la gira española del popular grupo irlandés.

Barcelona. Estadio del FC Barcelona. Un total de 80.000 personas. Primera cita del popular grupo irlandés U2 para enseñarle al público español su peculiar manera de desactivar una bomba atómica. O, tal vez al revés, cómo armarla y hacerla estallar sin provocar daños físicos ni materiales. No se trata sólo del título de su nuevo disco, excusa para la realización de esta gira mundial, U2 en directo son lo más parecido a la explosión de una inocua bomba atómica. Lo son por la música, por la manera de defenderla sobre el escenario y, sobre todo, por la manera de envolverla en una parafernalia difícil de superar. ¿El concierto de la temporada? Sin lugar a dudas. Nadie va a discutirlo, ni antes ni después, porque la afirmación ya era válida desde bastante antes de que los cuatro irlandeses pisasen anoche el gigantesco entarimado situado sobre el césped del Camp Nou, y se mostró indiscutible cuando, apenas cinco minutos después de la media noche, lo abandonaron en una furgoneta escoltados por coches de la Policía Municipal y los Mossos d'Esquadra camino, probablemente, del aeropuerto, donde les esperaba su avión para trasladarles a Niza, ciudad elegida para pernoctar durante su gira.

No va a ser fácil que nadie supere durante bastante tiempo todo lo que se ha generado alrededor de este concierto

En Barcelona el esperado momento se produjo con cinco minutos de antelación sobre el horario anunciado, las 22.00, como por sorpresa, con las luces del estadio todavía encendidas y la música de ambiente sonando a tope. Los cuatro músicos aparecieron tranquilamente sobre el escenario, saludaron y cogieron los instrumentos como quien no quiere la cosa. Al grito de "uno, dos, tres, cuatro", el estadio se oscureció por completo y las primeras notas de Vertigo comenzaron a atronar desde las altas torres de altavoces revestidas con los colores rojo y negro que adornan esta gira.

También Bono vistió de rojo y negro, y sus sempiternas gafas de sol eran de esa tonalidad, como los miles de globos rojos que agitaban los asistentes de las primeras filas. A partir de ahí, la bomba explotó ya en toda su intensidad. El clásico I will follow, extraído del álbum Boy, su primer disco, de 1980, sonó en segundo lugar, y ya las más de 80.000 personas que llenaban el estadio comenzaron a saltar y corear estribillos. Y así siguió por más de dos horas.

Dos enormes pantallas, divididas cada una por la mitad para seguir a cada músico, flanqueaban el enorme escenario. Otras dos enfocaban los laterales para satisfacer a aquellos del público que estaban situados justo al lado y que, en consecuencia, no tenían una visibilidad envidiable. La enorme parte posterior del escenario, curvada, se convirtió después también en una gigantesca pantalla sobre la que se proyectaron imágenes espectaculares e impactantes. El espectáculo de luces fue por momentos fascinante. Una vez más, U2 habían seguido fieles a su propuesta de espectáculo total.

Bono siguió el guión hasta en sus más mínimos detalles. Se zambulló repetidamente entre el público gracias a dos pasarelas rojas, alabó una vez tras otra la ciudad de Barcelona, al final de Beautiful day se cubrió con una enorme bandera catalana mientras hacía el signo de la victoria con la mano izquierda, hizo sus pinitos operísticos en Miss Sarajevo (no se notó la ausencia del tenor Luciano Pavarotti) y le cantó el Happy birthday a su compañero The Edge, el guitarrista de la banda, que estaba a punto de cumplir 44 años. Empalmó sus mensajes un tanto mesiánicos, pero de auténtico contenido social, y hasta se permitió el lujo, al final de la canción City of blinding lights, perteneciente a su último disco, de cantar en castellano: "Aquí estamos unidos, Barcelona".

Era lo que el público esperaba, y en el Camp Nou nadie paró quieto. Hasta en los asientos numerados el público estaba de pie. Se cantó, se bailó y se agitaron brazos. Por no faltar, hasta aparecieron los inefables mecheros encendidos, esta vez acompañados por cientos, miles, de flases de cámaras digitales o teléfonos móviles, cuando Bono entonó I still haven't found what I'm looking for, coreada como si de un himno generacional se tratara. Igual que se coreó Pride (In the name of love) o el clásico Where the streets have no name.

El concierto también tuvo su momento Beatles -es de bien nacidos pagar las deudas- cuando Bono cantó un medley que incluía Sgt. Pepper's y Blackbird y su parcela antibelicista cuando incrustaron la marcha del tradicional When Johnny comes marching home en su tema Bullet the blue sky.

La recta final desembocó en una apoteosis, tanto musical como visual, con One como último tema y puente para la larga e inevitable tanda de bises que concluyó cerrando el círculo y volviendo al objetivo central de su visita -promocionar el último álbum- con otra versión de Vertigo, título que también han dado a esta aparatosa gira dejando de lado el probablemente menos comercial título del álbum How to dismantle an atomic bomb. A pesar de ello, el título del disco hubiera quedado que ni pintado, porque lo que en realidad hicieron Bono, The Edge, Larry Mullen y Adam Clayton en el estadio del Barça fue armar pieza a pieza una inocua bomba atómica cuya explosión, sonora, visual y vitalista, resonará durante mucho tiempo en el recuerdo de las más de 80.000 personas que anoche lo vivieron en directo.

Sobre el escenario, U2 redondearon una jugada que, en realidad, ya habían ganado desde mucho antes. La expectación creada por la nueva visita del cuarteto irlandés será de las que se recuerden por mucho tiempo. Desde la tarde del pasado sábado, y a pesar del calor sofocante que reinaba en Barcelona, centenares de seguidores se agolpaban ya ante los seis accesos habilitados en el estadio esperando ser los primeros en posicionarse ante el escenario. Según el comentario general, pernoctar ante el campo del Barça en una noche de agosto es un esfuerzo, pero mínimo comparado con el que algunos tuvieron que hacer para conseguir sus localidades.

Durante toda la mañana de ayer, la congestión alrededor del estadio del FC Barcelona fue importante, a pesar de que la mayoría de asistentes, tal y como se recomendó insistentemente desde fuentes municipales, utilizó los transportes públicos. Poco antes de las cinco de la tarde las bocas de metro cercanas de la avenida de la Diagonal y de Collblanc no dejaron de vomitar una marea humana que, más o menos ordenada, se dirigía hacia el cercano campo de fútbol. Tanto en una boca de metro como en la otra, era fácil conseguir entradas para el concierto; a las seis de la tarde, una no numerada costaba 100 euros; dos, sólo 80 cada una.

Aparcar un coche particular fue tarea imposible a varios kilómetros a la redonda. A esa hora, la cola para acceder a las localidades no numeradas, situadas en una enorme plataforma construida especialmente para no dañar el césped del campo, se prolongaba desde la Travessera de les Corts, por la calle de la Maternitat, casi hasta la Diagonal. Abundaban las camisetas conmemorativas de la gira U2, lógicamente compradas a vendedores pirata, ya que el merchandising oficial sólo podía comprarse en el interior del recinto del estadio.

Teloneros de lujo

Entre otras cosas, los madrugadores tuvieron también su premio musical, ya que U2 no se han conformado con ser el eje del acontecimiento musical del año y han invitado para la ocasión a una banda de relieve muy especial como Keane. Además, sobre las siete de la tarde Kaiser Chiefs ocupó una parte del descomunal escenario.

La banda británica de "post punk-art rock", según su propia definición, hizo lo que pudo con un sonido escaso durante cuarenta minutos, pero a esas horas todavía el calor era abrumador, a pesar de alguna nube que simplemente inquietaba sin llegar a mayores, y el público estaba más por posicionarse que por atender al escenario.

No sucedió igual con Keane. No es habitual que los teloneros enganchen al público de un macroconcierto, pero tampoco es habitual que un supergrupo lleve a un banda de éxito como Keane caldeándoles el espectáculo.

El trío de Tom Chaplin, recién llegados del Festival de Benicàssim, apareció en el escenario con 15 minutos de retraso y durante su media hora larga mantuvo la atención del respetable que ya prácticamente llenaba el campo de fútbol.

La actuación de Keane, perdidos como hormiguitas en el mastodóntico escenario aún apagado de U2, estuvo marcada por los temas de su primer y exitoso disco que consiguieron animar a los asistentes más cercanos al escenario. Una música con excesivas referencias y con el raro aliciente de no utilizar guitarras (cosa poco habitual en un concierto de rock).

La ausencia de guitarras sobre el escenario fue como un contrapunto curioso a la tormenta que descargaría después The Edge y las 18 guitarras diferentes que utiliza durante el show. En realidad, The Edge viaja en esta gira con 38 instrumentos diferentes, aunque sólo utiliza esos 18 en cada concierto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005

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