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COLUMNA

Los hijos

Si existiera una estadística de cuántos niños en el mundo se crían bajo los cuidados de los responsables de una procreación, un hombre y una mujer, es posible que el número de criaturas que crecen en hospicios, al cuidado de familiares lejanos, sólo de la madre o de los abuelos, ganaran por goleada. Defendemos una normalidad basada en la supuesta necesidad del niño de identificar psicológicamente dos roles, el del padre y la madre, pero es una norma que la realidad rompe. Basta con viajar por países del Tercer o Cuarto Mundo para advertir que el hombre, en cuanto la ley no le educa con firmeza, cumple sus obligaciones con haraganería, o bien se entretiene en extender su simiente irresponsablemente, costumbre que los hijos llevan con una resignación nunca exenta de vergüenza. Los países desarrollados establecimos cuál había de ser la balsa adecuada para que el niño sea psicológicamente equilibrado. ¿Pero qué ocurre con el resto de las criaturas del mundo? En España, hasta hace nada, no había nada más vergonzante que ser hijo de madre soltera. Por fortuna, ya no hay bastardos en los países donde se impone la justicia, sólo ciudadanos. Del debate de los matrimonios gays se genera otro debate: ¿puede una mujer sola, o una mujer que conviva con otra mujer tener un hijo sin contar con una figura paterna? Me parecería frívolo negar esa posibilidad e imposible controlar ese derecho legalmente. Esa regla moral por la cual los homosexuales sólo deben acceder a los niños en adopción podría considerarse, por una parte, una falta de respeto hacia esos niños que van a ser tan hijos como cualquiera, por otra, una falta de sentido de la realidad. Visitar países pobres es ver cómo los niños a menudo crecen sin padre, visitar países ricos es constatar cómo crecen los niños de los divorciados. Aun reconociendo que los sometemos a un trauma, no por ello dejamos de divorciarnos, ni renunciamos a nuestros cambiantes deseos amorosos. La realidad se impone a nuestras ideas morales, a nuestras dudas, que son legítimas, claro que sí. Pero lo único que debe hacer el Estado es fomentar la natalidad, ayudar a las mujeres a ser madres tranquilas. España necesita, como el llover, niños en las calles. Sin ellos el futuro y el debate son, nunca mejor dicho, completamente estériles. Ya vendrá luego la inevitable pregunta: "¿Y tú de quién eres?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de junio de 2005