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Crítica:FESTIVAL MOZART

Sonar a Händel

Por mucho que algunos tengamos a Händel en un altar, que hiciera dos milagros la misma temporada era pedir demasiado. Se dio por cumplido con la ONE y Paul McCreesh en su inolvidable Athalia y, para esta La Resurrezione del Festival Mozart se ha conformado con una especie de tutela cariñosa, como un empujoncito. Con una muy gallega conclusión, un espectador resumió perfectamente el concierto con una sentencia que, sin duda, quería ser un elogio: "Sonar a Händel, sonó". Y tenía razón, pues la Sinfónica de Galicia -que tiene en Massimo Spadano a un concertino que tira siempre de sus compañeros- tocó bien sin vibrato, articuló estupendamente y mostró esa versatilidad que le permite adaptarse a cualquier repertorio. En resumen, superó la prueba de una partitura muy exigente.

Orquesta Sinfónica de Galicia

Soledad Cardoso y Yolanda Auyanet, sopranos. Silvia Tro Santafé, mezzosoprano. Gustavo Peña, tenor. Carlo Lepore, bajo. Director: Eduardo López Banzo. Händel: La Resurrezione. Teatro Rosalía de Castro. A Coruña, 17 de junio.

Los cantantes cumplieron bien en líneas generales, dentro, además, de la expresividad que se les pedía en una obra que es una especie de oratorio perfectamente representable, como sucedió en su estreno. El nombre señero del reparto era el de Silvia Tro Santafé. La mezzo valenciana triunfa por el mundo y la suya es una voz de muy personal color que suele moverse con excelente técnica. Sin embargo, le costó -y se notaba- resolver las dificultades de Naufragando va per l'onde, aunque después se quitara la espina -y también se notó con qué alivio- en Vedo il ciel que più sereno. Yolanda Auyanet tuvo estupendos detalles y Soledad Cardoso evidenció cómo crece a pasos agigantados. Afrontó con arrojo las dificultades del papel de Ángel y las resolvió con serenidad y seguridad. Los hombres cumplieron, un poquito tonantes los dos.

López Banzo ama esta partitura, la conoce al dedillo y sabe dónde atesora sus mejores momentos. Supo sacarlos a la luz con estilo y conocimiento, mecer a los cantantes en los momentos de mayor recogimiento y darle impulso a los demás. Hubo, además, sabor barroco, aunque no hubiera estado mal reforzarlo con, por ejemplo, flautas de la época y, así, sonar a Händel un poquito más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de junio de 2005