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Reportaje:AL SOL

Sainte Marie, la isla de los piratas

Un pasado de abordajes y saqueos en un enclave paradisiaco de Madagascar

La nueva y divertida película de dibujos animados de los creadores de 'Shrek', que se estrena el 17 de junio, viaja a Madagascar, tierra donde los rufianes del mar crearon Libertalia.

A través de la ventanilla del pequeño bimotor, lo primero que se atisba de Sainte Marie es una delgada franja de arena blanca que rodea por completo una exuberante masa de un verde intenso. Ni edificios, ni gente, sólo playa y vegetación; quien haya soñado alguna vez con una isla tropical, ya sabe de qué hablo. Cuando el aparato desciende y afronta casi a ras de mar la rudimentaria pista de aterrizaje, la vista que se ofrece al viajero no puede distar mucho de la que encontraron los barcos piratas que llegaron a finales del siglo XVII e hicieron de Sainte Marie su base de operaciones.

Hacia 1670, agotadas las riquezas del Caribe y atraídos por los relatos de traficantes de esclavos y mercaderes, numerosos piratas se dirigieron a Madagascar. Allí encontraron lo que buscaban: abundante agua dulce, madera para reparar sus barcos, nativos amistosos con bellas mujeres y la posibilidad de controlar el tráfico entre Europa y el Extremo Oriente con los ricos envíos que los príncipes musulmanes de la India enviaban a La Meca.

Se instalaron en la larga y estrecha isla de Sainte Marie -57 kilómetros de largo y apenas ocho de anchura máxima-, a unos diez kilómetros al este de Madagascar, donde pronto, hacia 1680, habían establecido una colonia de un millar de piratas, con notorios habitantes como el capitán Kidd. Estos sanguinarios criminales se organizaron de modo sorprendentemente igualitario y democrático, que dio pie a la leyenda de Libertalia, la república pirata. Más real fue el impacto de Ratsimilaho, hijo del pirata Thomas White y una princesa local, fundador de una dinastía que dominó el este de Madagascar durante un siglo.

La placidez y serenidad que hoy se respiran en la isla contrasta con la imagen de violencia y excesos de sus antiguos habitantes, pero algo de esa atmósfera perdura en el inquietante cementerio pirata, una visita obligada. Situado en un promontorio de difícil acceso que domina la capital, Ambodifotatra, hay que cruzar dos arroyos saltando de roca en roca para alcanzar el sendero que llega hasta el cementerio..., y hacerlo rápido, ya que, si sube la marea, el turista imprudente se queda aislado.

Numerosas lápidas con leyendas casi ilegibles, desperdigadas, muchas de ellas rematadas en forma de sombrero pirata; muy pocas cruces, como era de esperar entre estos impenitentes pecadores, y la vegetación invasora, contribuyen a crear un ambiente lúgubre incluso a plena luz del día. Quien haya soñado alguna vez con un cementerio pirata, ya sabe de qué hablo.

Sainte Marie cuenta con una buena infraestructura hotelera. Hileras de pequeños bungalós a pie de playa, medio escondidos por los cocoteros, salpican la costa suroeste entre el aeropuerto y la capital, por donde discurre la única carretera, más bien pista forestal. A ambos lados, las sonrientes caras de los niños se asoman por las puertas de las pequeñas cabañas de madera, construidas a un palmo del suelo para protegerse de los ciclones, y saludan a los vazaha (extranjeros).

El arrecife de coral protege la costa del oleaje del mar y crea una piscina natural perfecta para nadar. La playa actúa de paseo marítimo para los rebaños de cebúes, las mujeres que venden artesanía y los dueños de las preciosas piraguas, talladas en un solo tronco, que ofrecen un paseo hasta el arrecife o travesías hasta Île aux Nattes, una isla aún menor a 200 metros de la punta sur de Sainte Marie, donde sólo hay un par de poblados entre la vegetación, dos o tres hoteles sobre el mar y un romántico faro abandonado.

La mejor manera de explorar la isla y ver los rincones más apartados -de difícil acceso, pese a su reducida extensión- es a pie o en bicicleta de montaña, que tanto los lugareños como los hoteles alquilan. En el norte y en el este, entre maravillosas playas desiertas, dos o tres bungalós en medio de la nada señalan los escasos hoteles, donde el paraje y las langostas recién pescadas compensan sobradamente las limitaciones.

Esta pequeña isla es uno de los mejores lugares del mundo para observar las ballenas jorobadas. Todos los años, al llegar el invierno austral, cientos de ballenas abandonan la Antártida en busca de aguas más cálidas para aparearse y dar a luz. La bahía de Antongil, en el noreste de Madagascar, es su destino final, y entre julio y septiembre se las puede ver atravesando el canal frente a Sainte Marie. Gran parte de los hoteles y escuelas de buceo de la isla organizan excursiones para ver muy de cerca estos fabulosos animales de hasta 15 metros de longitud y 35 toneladas de peso.

Los rituales del cortejo son espectaculares: las ballenas saltan por encima del agua, golpean la superficie del mar con la cola o con sus aletas pectorales, o asoman toda la cabeza por encima del agua.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar- Desde París vuelan directamentea Madagascar Air France (www.airfrance.fr), Corsair (www.corsair.fr) -con vuelta vía Reunión- y Air Madagascar (www.airmadagascar.mg). Hay vuelos diarios a Sainte Marie desde Antananarivo, la capital. La única compañía con vuelos internos es Air Madagascar.- Viajes organizados. En España, Viajes Ámbar (913 64 59 12; www.ambarviajes.com) y Kananga (932 68 77 95, info@kananga.com) ofrecen rutas por Madagascar desde 3.295 euros, 25 días, con avión incluido desde Madrid o Barcelona y escala en París. También se puede contactar con agencias locales comoMad Camaleon (madcam@dts.mg).Dónde dormir- En Antananarivo, el hotel con más encanto es el Sakamanga (saka@malagasy.com).- En Sainte Marie, lo mejor es un hotel en el suroeste como Soanambo (hsm@dts.mg) o el Princesse Bora Lodge (www.princesse-bora.com).- En el norte, La Cocoteraie (misma dirección que Soanambo) está en una de las playas más bellas de la isla.- En Île aux Nattes, Maningory (maningory@dts.mg) tiene los mejores bungalós.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de junio de 2005

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