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LA COLUMNA | NACIONAL

Rodríguez Zapatero y las generaciones

Sobre la realidad de cambio generacional, Zapatero cree que puede sostener sus apuestas políticas.

CUANDO ZAPATERO llegó al primer plano de la política española desplegó el discurso de la renovación generacional. La idea, en algunos momentos, se convirtió en obsesión. Parecía que Zapatero marcaba una frontera en los 50 años y declaraba la obsolescencia política de los mayores. Después atemperó su discurso porque la realidad siempre matiza estas simplificaciones y porque los electores que han cruzado la barrera somos muchos en un país envejecido, y no es cuestión de ofender a nadie si se quiere llegar a la presidencia del Gobierno.

Pero Zapatero tenía, en buena parte, razón. Cada cambio de mayoría de gobierno se ha edificado sobre un cambio de cultura generacional. Adolfo Suárez convirtió en reformistas a las nuevas generaciones de cuadros del franquismo para salir del atolladero del tardofranquismo. Felipe González pasó la página del franquismo y sus herederos y llevó al poder a la cultura progresista que había conseguido cierta hegemonía ideológica en la transición, al tiempo que la domesticaba y la encauzaba hacia la lógica de gobierno. Aznar llegó cuando el discurso progresista era tierra gastada e intentó inventar una nueva derecha decididamente posfranquista. Durante un tiempo, el PP pareció un partido renovado y moderno que conectaba mejor con los sectores emergentes en las capas sociales urbanas, hasta que Aznar quiso convertir su paso por el poder en el inicio de una larga hegemonía y, con su intento de revolución conservadora, se desenganchó de la parte socioconsciente del electorado que acostumbra a decidir las elecciones, porque es suficientemente autónoma como para cambiar su voto en función del interés y la coyuntura.

Y en estas llegó Zapatero. Sabía que la cultura progresista de la transición estaba obsoleta y su decantación felipista también. Y así lo dijo solemnemente en su discurso de toma de posesión como secretario general del PSOE. A partir de aquí empezó a dar pasos en dos direcciones: el liberalismo de izquierdas y la España plural como vectores ideológicos básicos para la renovación del discurso socialista y para conectar con las nuevas generaciones que habían abandonado al partido socialista en los últimos tiempos del felipismo.

Ambas apuestas se fundamentan en datos que no son ningún secreto. Las bajísimas cifras de práctica religiosa, o la pérdida rampante de influencia de la Iglesia católica sobre los comportamientos de la ciudadanía, son indicativas de un proceso galopante de liberalización de las costumbres que Zapatero ha querido certificar con las correspondientes reformas legales. Si liberal ha sido la apuesta en materia de costumbres, también lo es en economía, en unos tiempos escasamente sensibles al discurso de la igualdad.

Todas las personas que tienen menos de 35 años han vivido, desde que tienen uso de razón, en el Estado de las autonomías. Para ellos, por tanto, éste es el paisaje natural en que se han movido siempre. Unas autonomías que han ido ganando poder, recursos e incluso caudal simbólico. No es de extrañar que, al decir de las encuestas del Instituto Opina, sólo entre la gente mayor de 65 años son mayoría los que rechazan las reformas de los estatutos de las comunidades autónomas y los que creen que éstas pueden ser una amenaza para la unidad nacional. Es cierto que los nacionalismos periféricos, miméticos en muchas cosas del nacionalismo español, han complicado -y, a veces, enturbiado- el juego. Pero las tensiones y ajustes de cuentas que la historia ha dejado pendiente impresionan poco a aquella parte de la ciudadanía que no se siente marcada por las huellas del pasado que estos conflictos llevan inscritas. Lo cual debería permitir asumir estas querellas como lo que principalmente son: disputas por el reparto del poder.

Sobre esta realidad de cambio generacional, Zapatero cree que puede sostener su apuesta: para reformar el Estado autonómico y para intentar el fin de la violencia política. Por lo menos, ésta es la fuerza sobre la que él cree poder apoyarse para conseguir que la razón se abra camino entre las intransigencias. De momento, es en las franjas de mayor edad donde se dan principalmente las respuestas reactivas. Lo que está claro es que el discurso en blanco y negro sobre la unidad de la patria y sus amenazas tiene cada vez menos calado en una opinión pública que ha vivido en su mayoría en los tiempos de la televisión en color. Con su retorno al pasado, Mariano Rajoy se ha arrinconado en la parte alta de la pirámide de edad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 2005