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Editorial:

El despertar del dragón

El primer ministro japonés, Junichiro Koizumi, lo resumió bien ayer cuando en Yakarta conversó con el presidente chino, Hu Jintao: China y Japón "no se han necesitado nunca tanto como hoy". Tras haber pedido públicamente perdón por "el tremendo daño y sufrimiento causado por Japón" en la II Guerra Mundial y antes, ambos líderes intentaron poner fin a la crisis desatada por un texto escolar oficial en Japón que intentaba rebajar y disimular justamente esos daños. Las violentas manifestaciones antijaponesas de protesta en diversas ciudades chinas en las últimas semanas son un termómetro de estos recelos.

Las palabras de Koizumi también vienen a reconocer el peso que va adquiriendo China, a la que la Organización Mundial del Comercio ha situado ya como tercer exportador del mundo, por delante de Japón, que a su vez tiene en China su primer mercado. Tras un crecimiento de sus exportaciones del 35% en 2005 (45% en el sector de la electrónica), y a pesar de su retroceso en muchos aspectos, China ya es uno de los grandes, y se merecería un puesto en el G-8. A la vez se ha convertido en el primer receptor de inversión directa extranjera, y empieza a tener su propio programa de ayuda al desarrollo para otros países.

Su desenfrenado crecimiento es uno de los milagros económicos de los últimos 20 años, y ha convertido a China en gran importador de materias primas, incluido el petróleo, lo que hace que salga a buscarlas y firme acuerdos con todo tipo de países para asegurárselas, de Cuba a Irán. Y así, se ha convertido en un actor de primer orden en la geopolítica mundial. Casi nada le es ya indiferente. La integración de China en el sistema internacional es uno de los mayores retos, y pasa por asumir que Pekín va a influir en la configuración del mundo. Así lo entiende EE UU, y por eso se resiste a que Europa levante su embargo de armas a China, que puede convertirse en su gran rival planetario en 20 años o menos.

El liderazgo chino no es alocado, sino sutil. Así, pese a las tensiones y la Ley Antisecesión, sus relaciones con Taiwan son muy productivas. Taiwan es uno de los principales agentes de la inversión extranjera en China,y con ella llegan también las transferencias tecnológicas a la costa Este de China. El hecho de que el presidente del Partido Nacionalista Chino (Kuomintang) se vaya a reunir en Pekín a finales de mes con su homólogo del Partido Comunista Chino indica que por detrás de palabras y tensiones, hay un intento de acercamiento.

Pero el problema central inmediato que plantea China para el resto del mundo no es militar ni político. Es el que apunta el Fondo Monetario Internacional: el recalentamiento de su economía, que ha crecido un 9% en 2004. Hace meses, si no años, que muchos analistas piensan que en algún momento tendrá que aterrizar y la duda es si lo hará suave o bruscamente. China se ha convertido en una de las locomotoras esenciales de la economía mundial. Si se frena o se para, directa o indirectamente lo sentirá el resto del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de abril de 2005