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Crítica:MADRID EN DANZA

Adosados y no tan felices

La danza concebida para disfrute infantil es casi seguro la más difícil. La formación académica de Rambaud probablemente le ha ayudado indirectamente lo suyo esta vez, aunando humor con un baile exigente y musical desde el realismo a lo fantástico. Miedo (en cartel sábados y domingos hasta el día 24) se escenifica en las pendencias de vecindario, los cotilleos y los piques de quienes están obligados a darse los buenos días. De ahí las riñas absurdas y los equívocos que aquí se aderezan con sueños y temores. La extensión de algunas escenas es excesiva y el hilvanado de ellas debe ser pulido; no obstante, los cinco intérpretes están bien entonados: el acordeonista (que parece sacado de una taberna de Ostende o de un cuento de Andersen), el muy joven y dinámico Carlos Barandalla en su papel de chico de diseño todo en blanco y negro; el elemento perturbador de los tacones de aguja que colecciona un vecino (¿qué niño no se ha puesto los de su madre?) o las dos chicas en contraste: la romántica y hippy enfrentada a la envarada y pija. Si se piensa, es como en Petroushcka: son arquetipos o muñecos que aparecen en sus celdas y que tienen su vida secreta, además de que se comunican y compiten entre ellos. En la obra de Fokine son tres (el moro, la muñeca y Petroushcka) y aquí son cuatro que dejan ver también su habitáculo interior.

Compañía Megaló-Teatro Móvil / Robyn Orlin City Theatre and Dance Group

Miedo. Coreografía: Nicolas Rambaud; música y acordeón: Scott A. Singer; escenografía y vestuario: Emilio Valenzuela; luces: Rafa Echeverz; dramaturgia y dirección: Coral Troncoso. Teatro Pradillo, Madrid. 10 de abril. Cuando me quito la piel y toco el cielo con la nariz, sólo entonces puedo percibir las voces que se entretienen... Coreografía y luces: Robyn Orlin; vestuario: Birgit Neppl; escenografía: Maciej Fiszer. Teatro de La Abadía, Madrid. 9 de abril.

La escenografía funciona y el vestuario es imaginativo. Lo más interesante, la atención y concentración de que son capaces los pequeños, cómo entienden las pantomimas, aplauden cuando hay que hacerlo y apenas murmuran entre escenas. No hay mejores jueces en el mundo teatral que los niños.

Camelo con bulla

Por su parte la obra que presenta el Robyn Orlin City Theatre and Dance Group es una hora de insustanciales y exageradas gracietas esperpénticas que vagamente recuerdan al teatro pánico y su catarsis, un remedo de dudoso gusto de las performances de los lejanos y superados años setenta. Es absurdo el montaje de título kilométrico Cuando me quito la piel..., con una falta absoluta de coherencia y desarrollo escénico; la surafricana Robyn Orlin pretende conmover al público, hacerle cómplice de aquello. Un actor desgrana pan, otra acaricia rabos de animales de peluche con fruición como si fueran vergas. Hay eructos, regurgitaciones, fragmentos de óperas desafinadas, chillidos espasmódicos y un potente sinsentido del ridículo. Si se pretende retratar desde la ironía la tragedia del África contemporánea, la equivocación es aún más penosa. Hubo aplausos y algunas protestas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de abril de 2005