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Reportaje:FÚTBOL | 31ª jornada de Liga: el gran clásico

El despegue azulgrana

Los barcelonistas recuerdan el triunfo del curso pasado en el Bernabéu como el punto de inflexión para llegar a ser ahora los favoritos del campeonato

El Barça llega al Bernabéu 350 días después de su última visita. Han pasado 34 partidos de Liga en los que ha sumado 15 puntos más que el Madrid; Rijkaard sigue en el banquillo azulgrana mientras en el blanco ya no están Queiroz, Camacho o García Remón, sino Luxemburgo, y Eto'o es el pichichi con la zamarra del líder. Las circunstancias son tan diferentes que el Barça llegaba entonces con el objetivo de ser segundo, pues estaba a cuatro puntos del Madrid, y ahora aspira a sentenciar el torneo.

"Es el mismo mes, casi la misma semana, pero la realidad de los dos equipos es muy diferente", apunta Xavi, autor del solemne gol que dio la victoria al Barça. Aquel tanto nació en la cabeza de Ronaldinho días antes de viajar a Madrid. "Lo recuerdo", relata el brasileño; "una mañana, en el campo de entrenamiento, hablamos de esa posibilidad, de que él rompiera y yo le mandara la pelota por encima de los centrales". "La jugada salió perfecta", corrabora el catalán; "cuando pasé el balón por encima de Casillas, pensé que algún defensa llegaría a tiempo. Cuando tocó la red, me volví loco". Poco acostumbrado a celebrar goles propios -aquél fue el cuarto y último del curso-, Xavi reconoce que se paralizó: "No sabía qué hacer: si salir corriendo para abrazarme con la gente del banquillo o qué. En ésas, llegó Kluivert, me estrujó y, con su abrazo, quedé inmovilizado".

Xavi, tras su gol: "No sabía si salir corriendo o qué. En ésas llegó Kluivert y me estrujó"

Xavi debía quedarse aquella noche en Madrid porque estaba convocado para la selección española, pero decidió regresar a Barcelona con el equipo: "Entre lo que costó salir del aeropuerto y la excitación, volví al día siguiente a Madrid sin pegar ojo". Tres mil personas aguardaban de madrugada en El Prat a sus héroes. "De aquella noche guardo en mi memoria el gol de Xavi y la sensación de que el equipo había recuperado la ilusión y la capacidad de movilización para la causa del barcelonismo", reconoce Joan Laporta, el presidente del Barça. Fue él quien, tras hora y media de espera en el vestíbulo del aeropuerto y desoyendo los consejos de la seguridad, ordenó: "Abrid las puertas. Todos juntos, detrás de mí". Uno tras otro, fueron engullidos por la masa. Todos menos Rijkaard, quien salió por otra puerta. "Si ganamos este año, habrá gente esperándonos en la pista", bromeó anteayer Van Bronckhorst; "fue impresionante".

Rijkaard tampoco olvida. Ni el partido -"jugamos una gran segunda parte"- ni el recibimiento: "Lo mejor fue la alegría de la gente". El técnico había mantenido incluso su frialdad cuando entraron al vestuario Laporta y el vicepresidente Rosell. "Es la última vez que les he visto juntos de buen rollo", recuerda un directivo que se sorprendió tanto como los jugadores al escuchar de Laporta: "Habrá un premio especial". "Empezaba a ser costumbre", se lamenta un miembro del consejo, "que decidiera sin consultar".

Volaron botellas de agua y alguna impactó en el televisor que Tahamata, uno de los utilleros, se había llevado para ver la segunda parte en el camerino. Allí, entre alegrías, Rijkaard y el secretario técnico, Txiki Begiristain, empezaron a perfilar la plantilla actual. "Aquellos 90 minutos dieron para mucho", recuerda Txiki; "consolidamos algunas teorías", entre otras, la necesidad de un ariete como Larsson.

La sonrisa tranquila de Rijkaard contrastó con la alegría desbordadante de Luis Enrique, que, a buen seguro, se las ingeniará en Brisbane (Australia), donde vive, para ver el partido de esta noche. El asturiano sabía que era su última actuación en el Bernabéu. "No podía irse del Barça sin ganar en Madrid", aseveró Puyol, que, antes de abandonar el vestuario en muletas, recibió la visita de Figo para interesarse por su lesión. "La expulsión de Figo fue determinante", reconoce Eusebio; "en la última media hora fuimos superiores, pero en el primer tiempo tuvimos suerte". Lo corrobora Unzué: "Valdés nos salvó". Tan bien lo hizo el portero y el equipo que ganaron el partido y Oleguer concluyó "Las cosas empiezan a cambiar". "Es el rival, el enemigo deportivo que has visualizado siempre, y ganarle te hace muy feliz", recuerda el central; "es tan bonito que resulta imposible explicarlo". Y remacha: "Justo como el amor".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de abril de 2005