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Reportaje:

Una mujer en terreno masculino

La alavesa Ana Berasategui es la única mujer que practica el alzamiento del carro

La fuerza física es el factor principal de la mayoría de las modalidades de deporte rural en el País Vasco, lo que excluye en gran medida a las mujeres de su práctica. Por supuesto, hay excepciones, y entre ellas destaca por su singularidad la alavesa Ana Berasategui. A sus 35 años, es la única que realiza demostraciones de levantamiento de carro: ase el extremo de una carreta vacía (el que lleva la carga) y se concentra al máximo para elevar su peso (125 kilos), mientras su varal se mantiene apoyado en el suelo. Con las dos ruedas suspendidas en el aire, Ana lo hace girar sobre su propio eje, hasta que le vence el cansancio. Con todo el peso sobre sus brazos, ha llegado a dar cuatro vueltas, el equivalente a 113 metros.

Por su dureza, este deporte es también minoritario entre los hombres

"Me gusta sentir que tengo fuerza para levantar el carro. No lo hago por ser la única. Realmente, preferiría que hubiera alguna otra deportista que se atreviera, porque así podría competir", comenta esta vecina de Asparrena. El carro es un deporte procedente del País Vasco francés y, como la mayoría de los juegos rurales vascos, hunde sus raíces en la tradición de las apuestas y en el trabajo del caserío.

Muchas de las modalidades del deporte rural son réplicas más o menos fieles de antiguas labores cotidianas del campo, como el transporte de los cántaros de leche, que dio lugar las competiciones de txingas; o la subida de la paja al granero, que inspiró los torneos de alzamiento de fardo. En el caso del carro, el medio de transporte tradicional fue utilizado como un entretenimiento basado en la fuerza y la resistencia. Para Ana Berasategui, es el deporte más duro. El esfuerzo de sostener la pesada carreta y caminar con ella alrededor del eje que dibuja el varal apoyado en el suelo le deja agarrotados durante días brazos y piernas. "Realizo tres o cuatro exhibiciones al año y no quiero más. Lo hago porque me gusta y para que lo vea la gente, pero es muy fastidiado y yo tengo que mirar por todo", señala Ana Berasategi. Junto a la vizcaína Miren Urkiola, es una de las dos únicas mujeres vascas que realiza ejercicios de levantamiento de piedra. Nunca en la historia del alzamiento del carro se han celebrado torneos femeninos, por falta de candidatas. En los noventa, otra alavesa, Mari Angeles Cuesta, levantaba también el carro, aunque abandonó hace un lustro estas exhibiciones. Por su dureza, es una práctica también minoritaria entre los hombres que practican deporte rural. En su caso, compiten con carros de 200 kilos. El primer campeonato masculino que reunió a participantes de las siete provincias vascas no se celebró hasta el año 1986.

Ana se inició en la práctica de los juegos rurales hace cinco años, convencida por Fernando Vélez de Mendizábal, uno de sus actuales entrenadores en el club Betagarri. Además de haber ganado distintos campeonatos provinciales de pelota mano, había practicado desde muy pequeña otros deportes, como el atletismo y el ciclismo. Y se sentía capaz de afrontar cualquier reto donde primara la fuerza. De la mano de Fernando, comenzó a participar en exhibiciones de deporte rural femenino y aprendió las normas básicas para competir en las pruebas. En los últimos cuatro años, ha resultado tres veces campeona de yunque en Álava, disciplina basada en el levantamiento de una pieza de hierro de 10 kilos (de 18 kilos para los hombres), cuyo torneo femenino sólo se disputa en esta provincia. En 2003, resultó subcampeona de Euskadi de txingas, prueba en la que las participantes caminan con dos pesas en cada mano de 25 kilos (50 para los hombres). Y ha logrado levantar una piedra redonda de hasta 60 kilos.

Además de entrenar tres horas al día para estar en forma, su empleo en una fábrica de helados le sirve también de preparación. "Son ocho horas en las que levanto cubos de helado de 25 kilos. Al final de la jornada, he cogido 3.000 kilos de peso. Me sirve también de entrenamiento", afirma. Y en sus ratos libres, mientras ayuda en el caserío familiar de Ibarguren, transporta pesados fardos y mantiene limpias las cuadras a base de esfuerzo físico.

Ana está convencida de que entre las personas de ambos sexos existen menos barreras de las socialmente establecidas. "Las mujeres no somos iguales que los hombres, pero podemos hacer muchos trabajos que ahora sólo desempeñan ellos", proclama. Y dado que el esfuerzo es el mismo, reclama también que sea valorado por igual. "Al final, yo hago lo mismo que ellos, pero ellos cobran mucho más. A mí, me dan cien euros por exhibición, mientras que los participantes masculinos siempre están mejor remunerados", denuncia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de marzo de 2005