Editorial:Editorial
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Tregua-calma palestina

Las piezas parecen ir ocupando su lugar para una reanudación del proceso de paz en Palestina. Las principales organizaciones terroristas han acordado en Alejandría, bajo la presión de Egipto y para hacerle la vida más llevadera al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, una tregua hasta fin de año que prefieren llamar periodo de calma. Al mismo tiempo, el Ejército israelí se ha retirado de Jericó y se espera que lo haga de otras cuatro ciudades de Cisjordania. Hamás y Yihad Islámica, en particular, han subrayado que Israel debe proseguir paralelamente su retirada por lo menos hasta las posiciones que ocupaba en 2002, antes de que liquidara la autonomía palestina, y proceder a la liberación de 8.000 presos en las cárceles israelíes.

Dos momentos cruciales jalonan esta fase, a la que, en el mejor de los casos, cabría calificar de prenegociación: la aprobación del presupuesto por el Parlamento israelí, que tiene de plazo hasta el 31 de marzo y que, de no producirse, provocaría la convocatoria de elecciones anticipadas, y la visita del primer ministro israelí, Ariel Sharon, al presidente Bush, en su rancho de Tejas, el mes próximo.

Sharon tiene dificultades a la hora de reunir todos los votos de su partido, el Likud, para aprobar el presupuesto, aunque se supone que sus socios laboristas le ayudarán a superar este trance. Sin el nuevo presupuesto no habría financiación para la retirada de Gaza, cuyo comienzo está previsto en julio. Y sin esto todo ensueño de negociaciones se iría al garete. Por otro lado, si los palestinos siguen cumpliendo con su tregua-calma, Bush se verá obligado a comenzar a apretarle las clavijas a su visitante. Por un largo tiempo la carga de la prueba recaerá plenamente sobre la parte palestina, de forma que si la AP logra cargarse de razón, Bush lo tendrá todo a su favor para pedir con perentoriedad a Sharon que empiece a pagar plazos de paz. Éstos tendrían la forma de un auténtico plan de retirada de Cisjordania, el reconocimiento de un Estado palestino y concesiones sobre la capitalidad palestina en Jerusalén Este.

Todo ello no es mucho, pero sí mejor que la violencia criminal que conocemos. Esa paulatina recuperación del sentido común es a lo que hay que aspirar hoy en Palestina. Un nuevo y esperanzado compás de espera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0018, 18 de marzo de 2005.

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