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Crítica:

Homero siempre estuvo allí

Juan Signes demuestra aquí la tesis de que la Ilíada y la Odisea pasaron a la escritura en el siglo VI antes de Cristo y no en el VIII antes de Cristo como defienden otras escuelas.

Sobre cuándo y cómo se compusieron la Ilíada y la Odisea, esas dos grandes epopeyas atribuidas a Homero, con las que se inicia de modo tan magnífico y resonante la literatura griega, han discutido tenazmente los estudiosos en los últimos tres siglos. La llamada "cuestión homérica", en la que con razonados argumentos se oponían rotundamente las tesis de los filólogos "analíticos" (partidarios de desmenuzar los largos poemas vistos como un zurcido final de cantos menores más antiguos) y los "unitarios" (los que destacaban la unidad interna y estructural de las obras homéricas), parecía haber quedado bien zanjada a partir de las nuevas perspectivas sobre la composición oral aportadas por las investigaciones de Milman Parry. Según esta perspectiva, que se fundamentaba en las investigaciones de campo llevadas a cabo por Milman Parry a comienzos del siglo XX sobre la poesía oral yugoslava, los vastos poemas homéricos aparecían como el producto tardío y espléndido de una amplia tradición de poesía oral, de composición memorística y formularia, una tradición poética que en manos de un aedo de singular talento literario abocaba a estas extensas epopeyas, recogidas pronto por escrito. Acaso por él mismo, si es que fue uno de los primeros en aprender a escribir, o bien dictados por un Homero analfabeto a un aedo más joven, que ya dominaba la técnica reciente de la escritura alfabética.

ESCRITURA Y LITERATURA EN LA GRECIA ARCAICA

Juan Signes Codoñer

Akal. Madrid, 2004

391 páginas. 20 euros

Homero viene a ser, pues, el epígono de una larga serie de poetas memoriosos que componían sus cantos oralmente, tomando sus tópicos, sus repetidas fórmulas y sus escenas típicas de la tradición mitológica. Desde luego, un epígono genial en esa transmisión de temas y cantos que habría insertado los poemas anteriores y más cortos en una creación poética propia y unitaria de una extraordinaria extensión y de una sólida e impresionante arquitectura dramática. Homero es, a la vez, el primer gran poeta de la literatura antigua conservada, es decir, el primer autor de esos memorables y paradigmáticos textos de varios miles de hexámetros (unos dieciséis mil la Ilíada y trece mil y pico la Odisea). Los materiales míticos y las fórmulas poéticas le llegaban de viva voz y de memoria desde la larga tradición anterior, simbólicamente bien representada por la Musa divina a la que evoca en el verso inicial de uno y otro poema, pero él era el genial arquitecto y el compositor final de una y otra epopeya. (O tal vez de una de ellas, la Ilíada, siendo la Odisea obra de un avispado discípulo o imitador). Aunque la figura de Homero era ya para los griegos un tanto legendaria, había un notable consenso en situar al gran poeta y su obra en el siglo VIII antes de Cristo, y en situarlo como el fundador, padre y maestro mágico de toda la poesía griega.

Quedaba, con todo, una cues-

tión por resolver: ¿cómo se pusieron por escrito estas imponentes obras épicas? ¿Era posible hacerlo en el siglo VIII antes de Cristo, cuando el alfabeto tomado de los fenicios y hábilmente adaptado por los griegos empezaba a difundirse, con numerosas variantes locales y sobre diversos soportes materiales? ¿Cómo pudo un aedo ponerse a fijar por escrito tantos miles de versos y cómo pudieron divulgarse por escrito esos monumentales textos, en una época en que los rollos de papiro eran un material de difícil obtención y en que la escritura alfabética aún no se había entrenado para una cómoda anotación de poemas tan complejos? ¿Y qué ocasión o qué motivo pudo impulsar, en una época en la que no existía nada parecido al comercio de libros, la notación por escrito de unos poemas tan largos, cuya recitación completa duraría en torno a veinticuatro horas? Estos problemas son los que Signes analiza en este denso y erudito estudio, con una excepcional agudeza, con un admirable sentido crítico y un riguroso conocimiento y discusión de la bibliografía reciente. Sus conclusiones son muy claras: parece imposible, teniendo en cuenta la difusión de la escritura y la monumentalidad de los poemas épicos, que los textos homéricos que conocemos se escribieran antes del siglo VI antes de Cristo. En esa época, en la Atenas del tirano Pisístrato, sí que resulta factible y muy verosímil que unos hábiles escribas en ágil colaboración con sagaces rapsodos lograran dictarles una redacción definitiva de los poemas. Son ya numerosos los filólogos que suscriben esta datación tardía de la redacción de los textos homéricos, y sus argumentos están aquí muy bien recogidos y comentados con gran precisión crítica, dentro de una perspectiva amplia y con una minuciosidad filológica e histórica ejemplar.

Quedan aún en pie algunas dificultades, como ésa de hasta qué punto se podría mantener la imagen de Homero en el siglo VIII, un poeta genial cuyas obras se habrían transmitido oralmente unos dos siglos, o bien habría que reubicar al magnánimo constructor de la Ilíada casi a finales de la Edad Arcaica, como contemporáneo de los primeros poetas líricos. Retrasar a Homero puede parecer al pronto escandaloso, pero las razones están aquí expuestas con extraordinaria precisión, y la redacción poética ática, con la ágil conjunción de oralidad y escritura, encaja muy bien, pienso, en ese marco histórico. (Que apuntaron ya ciertos autores antiguos, luego marginados). Son cuestiones de largo alcance, sobre las que invita a reflexionar este libro extenso, denso y muy sólidamente apuntalado. En resumen, un estudio crítico de imprescindible consulta, y muy al día en sus datos, para cualquier consideración a fondo sobre la aurora de la literatura griega.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de marzo de 2005

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