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Reportaje:

'Cruzadores' de libros

Llega a Valencia una forma de leer y de fomentar la lectura mediante el intercambio gratuito y anónimo de obras, el 'bookcrossing'

En la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451, llevada al cine por François Truffaut, los libros son pasto de las llamas por orden de la autoridad. Los lectores han de esconder los ejemplares en los lugares más insospechados. Y al final, los más transgresores se acogen al último recurso: memorizarlos para transmitirlos. Artax y Catci también esconden libros, pero para ser encontrados. En realidad, liberan ejemplares para que los cacen otros, de acuerdo con su particular vocabulario de bookcrossers (literalmente: cruzadores de libros).

Éste es el nombre que reciben los usuarios y aficionados al bookcrossing, una actividad que surgió en EE UU hace unos cuatro años que "pretende convertir el mundo en una biblioteca global", de manera totalmente gratuita, reza el tríptico de presentación. Y para alcanzar tal fin en la aldea global, internet es el medio. Alrededor de 400 personas en Valencia han visitado la dirección www.bookcrossing-spain.com, donde el usuario interesado puede registrar un libro, al que se le asignará un número de identificación, para liberarlo después y poder seguir, incluso, la andadura del volumen, siempre y cuando el cazador vuelva a hacer uso de la dirección de internet para dar constancia de su presa. En la red se dejan señales de dónde se puede encontrar un libro. Por ejemplo: en el hueco de un macetero de la calle; en una repisa que suele pasar desapercibida de una cafetería; encima de una máquina del metro. En múltiples espacio públicos.

Es frecuente, sin embargo, que los cruzadores de libros valencianos se intercambien las obras, casi mayoritariamente novelas, en las reuniones llamadas meet-up (el inglés se impone, no en vano, fue el informático americano Ron Hornbaker el iniciador de esta actividad, inspirada por las páginas web que se dedican a seguir toda clase de objetos, como cámaras de fotografías, billetes, etcétera).

Artax y Catci, seudónimos (o nicks) de un funcionario y una abogada valencianos apasionados de la lectura, señalan que quedan el segundo martes de cada mes en el céntrico The Lounge. Se intercambian libros y hablan cara a cara de los mismos -"y de cualquier otro cosa", apostilla Catci-. Una forma de prolongar los contactos y las charlas sobre libros a través de los fórums y chats de las web, donde se hallan las estanterías virtuales con un millón de libros en todo el mundo.

Las llamadas liberaciones salvajes presentan el elevado riesgo de perder el libro, que nadie fiche en internet su captura o simplemente nadie haga uso de él. Hay, de hecho, diversas formas de liberaciones. La que proponen los cruzadores valencianos para el próximo domingo recibe el nombre de Mascletà. Las fechas obligan. Se trata de una liberación de casi un centenar de títulos a todo aquel lector que se acerque al Parterre, la plaza de Alfons el Magnànim. Hay títulos como San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno; Antígona, de Sófocles; Sangre indómita, de Susan King, No digas que fue un sueño, de Terenci Moix, o el difícil de encontrar La pornografía, Valencia, Lenny, Polanski y otros entusiasmos, de Kenneth Tynan. Están llegando ejemplares de crossbookers de todas partes para alimentar esta singular mascletà que tiene como objeto dar a conocer el movimiento bookcrossing en Valencia. Una novedosa y particular forma de promocionar la lectura en un territorio cuyos índices se sitúan a la cola de España. No parece aquí trasladable el fenómeno al que se refería no hace mucho Chuck Palahniuk, el autor de El club de la lucha, llevada al cine por David Fincher: "La lectura y los libros se han convertido en lo más cool entre los jóvenes. Han reemplazado lo que antes estaba de moda, los videoclips. Leí una serie de artículos en The Wall Street Journal que lo explicaban muy bien: ahora hay una especie de competencia entre los chicos por llevar encima el libro más adecuado". Pero el bookcrossing presenta nuevos alicientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de marzo de 2005