Columna
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Garbanzos

Y ahora voy a contar una historia verídica: cuando yo era pequeño, mi padre tenía un aparato de radiocasete renegrido y destartalado en el que solía oír los partidos de los domingos y desde el que gañían los estribillos melifluos de José Luis Perales mientras mi madre planchaba las camisas. Aparte de Perales, entre los artistas con que contaba la discografía de la familia, todos encerrados en endebles rectángulos de plástico con letreros tachados mil veces, se encontraban también un Julio Iglesias de voz imberbe, Machín y unos remotos Police que, de adolescente, jamás supe cómo habían alcanzado la estantería de mi casa, donde todos los adultos creían que la música había muerto el día en que Luis Aguilé se cortó la coleta. Una de las cintas más manoseadas ni siquiera contenía música: en ella, cierto señor con marcado acento patrio narraba la desventura de un niño que pasaba mucha hambre, y al que su padre un día, en un arrebato de compasión, hinchó a garbanzos hasta desfondarle el estómago. Muchas debían de ser las ocasiones en que el mismo relato se repetía por las paredes de mi casa, entre las carcajadas de los mayores, porque yo, que a la sazón contaría cinco o seis años y tenía bastante desarrolladas esas virtudes del papagayo que suelen contraerse a dicha edad, acabé por aprenderme de memoria la epopeya y la repetía íntegra a las visitas: creo que fue por entonces cuando mis progenitores comenzaron a comprender que un niño posee aptitudes ocultas a que otras mascotas no pueden aspirar y que en el fondo trae más alegrías que un perrito, dónde va a parar.

Todavía hoy, si me concentro, soy capaz de recitar de corrido las primeras frases de aquel famoso chiste de los garbanzos que Paco Gandía repetía por radio y televisión hasta desencajar mandíbulas y que se convirtió, sin él quererlo, en patente de la gracia sevillana, de este gracejo nuestro que tantos triunfos nos brinda al norte de Sierra Morena. No sé si será porque este venerable relato me ha estado acompañando a dondequiera que me he desplazado desde mi tierna infancia o porque reside en habitaciones de mi memoria mucho más vetustas y centrales que cualquiera de los de Borges o Kipling que vinieron luego: el caso es que su autor, o el hombre que lo escandía desde la radio de mi padre, resultaba para mí casi un ser de leyenda, como esos viajeros que desgranan historias maravillosas en la compilación de Sherezade. Siempre que lo veía pasear por los Jardines de Murillo con un capote de pelo postizo sobre las sienes, siempre que volvía a exhibir sus trajes de tela cortada a la moda de 30 años atrás en los platós de televisión o que me tocaba padecer en un cine de verano sus películas de los años del desarrollismo junto a Josele y Pepe da Rosa, yo me sentía preso de esa tenaza de la timidez y el silencio que nos aferra cuando nos encontramos en la cercanía de los grandes hombres. Ahora me entero de que Paco Gandía ha muerto, y hallo que no existía sitio para él en mi vida adulta y que estos 31 años de ahora no pueden guardar luto: pero el niño que repetía la letanía de aquella radio achacosa habría perdido la voz al enterarse de que la historia se había interrumpido, de una vez y para siempre, y que la cinta de las risas no volvería a sonar nunca más.

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