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Crítica:

Dos reyes bien avenidos

Fernando e Isabel coincidieron en las cuestiones básicas durante su reinado, un hecho que fue reconocido en la época y por las generaciones posteriores. Esta biografía subraya, además, que Fernando también dispuso de más libertad en la Corona de Aragón.

Después de un año entero dedicado a Isabel la Católica, no debe extrañarnos que el interés historiográfico se haya desplazado, de un modo que diríamos natural, a la figura de Fernando, con quien la reina compartiera la vida y las tareas de gobierno desde su casamiento en Valladolid en 1469 hasta su muerte en 1504. Y ello porque las primeras preguntas que se plantean al respecto son las de si hubo alguna responsabilidad especial del soberano en ciertas medidas del gobierno, si es posible advertir una particular sensibilidad aragonesa en su comportamiento o si hay razón para individualizar su actividad política hasta el punto de avalar la admiración sin tasa que, independientemente de Isabel, le profesaron escritores como Nicolás Maquiavelo o Baltasar Gracián.

FERNANDO EL CATÓLICO

Luis Suárez

Ariel. Barcelona, 2004

475 páginas. 24,90 euros

Luis Suárez, que sin duda es uno de los grandes conocedores de la época, contesta escuetamente a algunas de estas cuestiones en las páginas de presentación de la biografía que acaba de dedicar al soberano, un extenso libro basado en su magna obra sobre los Reyes Católicos publicada en cinco volúmenes en 1990. Por un lado, el gobierno de Isabel y Fernando se ejerció conjuntamente, como los propios reyes enfatizaron una y otra vez y como fue admitido comúnmente en su época y en las posteriores, hasta el punto de dar lugar al famoso chiste que corrió por la España moderna de que Hernando del Pulgar, para subrayar esta unidad de acción, llegara a escribir en su crónica: "En tal día los Reyes Católicos parieron una niña". En ese sentido, hay que convenir con el autor en que, si bien en algunos asuntos los reyes pudieron tener opiniones distintas, las decisiones finales fueron siempre adoptadas por unanimidad y escrupulosamente respetadas por ambos una vez acordadas.

Por otro lado, también es cierto que Fernando se movió con mayor libertad en la Corona de Aragón, donde dirigió una política interior tendente a incrementar su autoridad frente a otras instituciones y a resolver el viejo pleito de las prestaciones personales de los campesinos y una política exterior favorable a los intereses tradicionales de sus estados aragoneses en los Pirineos y en el Mediterráneo. En este aspecto, la posición del autor tampoco se aparta demasiado de las solventes biografías que recientemente se han escrito desde Aragón (por Ángel Sesma: Fernando de Aragón, Hispaniarum Rex, 1992) o desde Cataluña (por Ernest Belenguer: Fernando el Católico, 1999).

Tras las páginas iniciales, el

libro pasa a ser una documentada narración de los hechos siguiendo en estricto orden cronológico. Y de ahí proviene el mayor reparo que cabe oponerle: el relato erudito y pormenorizado presta excesiva opacidad a algunas de las cuestiones controvertidas. Por poner algunos ejemplos, hubiera sido de desear un tratamiento sustantivo de la llamada política reformista en la Corona de Aragón (redreç o desredreç), de la presunta exclusión de los aragoneses de los beneficios del descubrimiento de América o de los riesgos que para la unidad de España supuso el segundo matrimonio del rey con Germana de Foix.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de febrero de 2005

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