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Columna
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Perplejos

Quienes confiamos alguna vez en que Francisco Camps abriría una nueva etapa en el gobierno de la Comunidad Valenciana, debemos reconocer hoy que nos equivocamos en nuestra apreciación. Las esperanzas que el político despertó con sus primeras decisiones han sido desmentidas por la fuerza de los hechos. Ahora, cuando en el final del año nos preguntamos hacia dónde se dirige la Comunidad Valenciana, hemos de reconocer que no sabemos cuál es la respuesta. La reciente polémica suscitada en torno a la lengua ha venido, además, a enredar una situación que ya de por sí resultaba bastante complicada. Es probable que haya personas que tengan una apreciación distinta de lo sucedido y les parezca plausible el camino seguido por la Comunidad. Lamento no poder encontrarme entre ellas.

La primera sensación de perplejidad la provoca el continuo estado de agitación en que vive el Gobierno. Nadie diría que en estas condiciones, sin un mínimo de reposo, se pueda gobernar. Intentar convencernos a los valencianos de que vivimos permanentemente rodeados de enemigos, puede dar resultados a corto plazo, pero es una estrategia difícil de mantener en el tiempo. Un día u otro, habrá que demostrar que se tienen proyectos más consistentes, de verdadera acción de gobierno. Mientras esto sucede, el problema de la deuda pública, que es uno de los asuntos más serios que tiene planteados la Comunidad, no acierta a resolverse. Las cifras indican que la deuda no ha dejado de crecer, en lugar de reducirse como debería de haber sucedido si se hubieran adoptado las medidas adecuadas. En esta situación, habrá que continuar dedicando una parte de nuestro trabajo a pagar intereses.

Si miramos hacia el terreno de la cultura, en el que tanto interés muestra el presidente Camps, la sensación de perplejidad no desaparece. Al contrario, diríamos que aumenta. Tenemos, sí, la visita de Zubin Metha, pero, junto a ella está el trato dispensado a un poeta como Gil Albert en el centenario de su nacimiento. ¿No hay en ello una evidente contradicción? ¿A qué conclusión podemos llegar ante el estado en que se encuentra el IVAM, un museo que llegó a estar considerado entre los más prestigiosos de Europa? ¿Es natural que dedique su actividad a presentar catálogos razonados (¡) de modistos como Francis Montesinos o Ágatha Ruiz de la Prada? ¿Es este el rumbo que se pretende dar a la cultura en la Comunidad Valenciana?

Pero quizá sea en el propio comportamiento del presidente y los consejeros, en sus actitudes, donde la confusión sea mayor. Porque tenemos a unas personas que se reclaman centristas y liberales, y que, de atender a sus manifestaciones, valoran estas cualidades en grado sumo. Pero cuando los juzgamos por sus obras, que es el único modo que los ciudadanos tenemos de juzgar a un Gobierno, no vemos por ningún lado estos caracteres. Al contrario, hemos visto como en algunos miembros del Gobierno afloran, en ocasiones, trazos autoritarios. Porque, ¿cómo habremos de calificar a quienes censuran exposiciones, pretenden que la ciencia se someta a votación, o coartan la libertad de la Acadèmia de la Llengua para sujetarla a su mandato? ¿Podríamos llamar, con propiedad, a estos gobernantes centristas, liberales?

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