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COLUMNA

Pactos

La emergencia de la Eurorregión mediterránea ha situado en primer plano de la actualidad los pormenores de un proyecto plural y polémico. La iniciativa de Pasqual Maragall desde la presidencia de la Generalitat suscita todo tipo de reacciones. Desde los que se consideran pioneros y padres de la iniciativa, a los que lanzan descalificaciones para evitar que pueda desarrollarse.

La semana pasada ha tenido lugar un encuentro en Barcelona sobre l'Euram, motor de l'Eurorregió del Arc Mediterràni, con dos intervenciones señaladas a cargo de Josep Vicent Boira y de Jordi Pujol. Boira, de la Càtedra Ignasi Villalonga, y Jordi Pujol, en calidad de político que ha presidido durante veintitrés años la Generalitat de Catalunya. En su intervención hizo un recorrido por el proceso que ha seguido la idea de consolidar una Europa de las regiones en cuya configuración no sea determinante el trazado de las fronteras estatales. La Unión Europea que vivimos hoy es más flexible que la de sus etapas fundacionales en las que los Estados miembros eran los interlocutores y la única realidad digna de ser tenida en cuenta. Ahora hay una incipiente condescendencia, pero los Estados conservan su hegemonía y las fronteras continúan causando su efecto.

El proyecto suprarregional que incorporara a Cataluña, Comunidad Valenciana y Baleares dispone de 11,7 millones de personas, que es el 28,1% de la población española. Generan el 32,2% del PIB estatal y protagonizan el 50% de las exportaciones. El acompañamiento tampoco genera tranquilidad porque entre sus componentes podrían estar Aragón, Andorra, el Roussillon francés, Murcia y la zona del Languedoc. Y con estos nuevos aspirantes a socios, el panorama se complica. Cuando se fundó la Comunidad Europea, sus expertos entendieron que la puesta en marcha de regiones pertenecientes a espacios plurinacionales podía contribuir a la eficacia de las acciones y al fortalecimiento del espíritu europeo.

Jordi Pujol, desde el escepticismo comprometido, hizo gala de un distanciamiento nada apasionado. Un discurso descuidadamente elaborado en el que hizo hincapié en la dificultad sobreañadida de que se trate de realidades administrativas y políticas dispares y escasamente homogéneas. Otro aspecto a valorar es la delimitación de un área regional que reúna condiciones de aproximación y complementariedad. Desde este punto de vista, Pujol se inclina por el arco mediterráneo desde Génova hasta Murcia.

Y como idea fuerza es necesario resolver los enfrentamientos que impidan la complementariedad y la aproximación. El agua es una cuestión abierta que aleja a Cataluña de Valencia y en la que Aragón tiene mucho que ver. El agua es un bien escaso y, si no se resuelve adecuadamente mediante un pacto, pondrá en peligro el futuro del Euram y de cualquier proyecto que tenga como objetivo la cooperación entre sus componentes. Se trata de unificar sus reivindicaciones, para que resulten eficaces.

El lamento de Jordi Pujol es la necesidad de que determinadas acciones políticas fundamentales no se vean truncadas por la alternancia en el poder de los diferentes partidos. Hay que llegar a pequeños pactos para que los grandes acuerdos sean posibles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2004