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COLUMNA

Apoteosis ideológica / 4

Los cimientos más sólidos del integrismo ideológico estadounidense se encuentran en el nacional-evangelicalismo y en el conservadurismo liberal-financiero. Las formulaciones teóricas de este último pretenden dotar de legitimidad científica no sólo la práctica económica de la ultraderecha sino toda su estructura doctrinal. Se trata de una operación que comienza hace casi 60 años como reacción a la contundencia comunista -Pacto de Varsovia y Telón de Acero- cuya más eficaz contrapartida parece estar en el relanzamiento de las ideas liberales. Su principal instrumento fue la Societé du Mont Pelerin, creada en 1947 por Friedrich von Hayek, que agrupó a una serie de economistas neoclásicos con un conjunto de hombres de empresa y personalidades políticas de tendencia conservadora. La nueva Internacional Liberal -Hartwell: A History of the Mont Pelerin Society (1995); y sobre todo, Serge Halimi: Le grand bond en arrière (Fayard, 2004), fuente capital para el análisis del reaccionarismo norteamericano- tiene en Hayek un teórico importante además de un activista incansable, después de haber difundido desde la London School of Economics la buena nueva, e instala, a partir de 1950, en la Universidad de Chicago, su centro principal de operaciones. Lo que fue un grupo de 40 amigos supera en los noventa los 500 miembros, entre ellos algunos tan destacados como Margaret Thachter y Václav Klaus.

Su doctrina tiene un solo dogma: la capacidad salvífica del mercado que debe fortalecerse por todos los medios -Keith Dixon: Les evangelistes du marché, París, 1999- y oponerse a cualquier intervención pública. Para Hayek, el Estado, como repetiría luego Reagan, "no es la solución de nada sino el origen de todos los problemas". Esta obsesión explica que su enemigo principal sea el keynesianismo que en los cincuenta tiene todavía una circulación notable. Entonces, para acabar con él, recurren Hayek y los suyos al monetarismo y a la política de la oferta. El propósito principal de su política monetaria restrictiva no es sólo ni principalmente combatir la inflación y asegurar la estabilidad de la moneda sino disminuir la capacidad de intervención del Estado al limitar los recursos monetarios de que éste pueda disponer. De igual manera la reducción de los impuestos tendrá como consecuencia no sólo aumentar la disponibilidad para la inversión y el consumo -ambos creadores de riqueza- sino aminorar la capacidad financiera del Estado, es decir, disminuir sus posibilidades de perturbación del mercado. Los padres de la política del supply-side -Martin Anderson, Jude Wanniski y Arthur Lafler- parten del supuesto de que el motor de la actividad económica es la reducción de impuestos y de que la disminución de éstos contribuirá más a las arcas del Estado que su aumento. Su lema es "demasiados impuestos acaban con el impuestos". Rompiendo con la opción de Keynes de que hay que aceptar una inflación mayor si se quiere crear más riqueza y más empleos y frente a la afirmación de las Curvas de Phillips de que existe una correlación inversa entre política de crecimiento y lucha contra la inflación, los ultraliberales establecen un tratamiento complementario de la política monetaria y de la política fiscal, la primera tiene que ser restrictiva para que no se devalúe el valor de los activos acumulados, la segunda tiene que ser también reductora para añadir los ahorros fiscales a la consolidación del valor patrimonializado. Reagan redujo los impuestos en el 25% en los tres primeros años de su primer mandato y en cuanto a la reducción de Bush Jr. no se sabe qué porcentaje alcanzará en su segundo mandato. Esta doctrina económica -monetarismo y política de oferta- se ha convertido en el pensamiento económico único y ha llevado ya a los altares del Nobel a otros 10 economistas del mismo credo y militancia, en este año, Prescott y Kydland. Las políticas económicas de los gobiernos y de los Estados, sin excluir las del nuestro, se alinean con esas mismas pautas. Como nos recuerda Halimi, Reagan al dejar el poder en 1989 pudo decir: "Queríamos cambiar nuestro país y hemos cambiado el mundo". ¿Irreversiblemente?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de diciembre de 2004