Tribuna:¿DEBE LA UNIÓN EUROPEA CERRAR LA PUERTA AL INGRESO DE TURQUÍA? | DEBATETribuna
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El rompecabezas

La esposa del primer ministro turco ha visitado recientemente la Casa Blanca como invitada, pero nunca ha visitado en su calidad de primera dama el palacio presidencial de Turquía. Esta sorprendente paradoja es altamente significativa de lo enrevesado de la política en la República turca y de lo tortuoso de sus relaciones con la Unión Europea. El primer ministro, Recep Tayip Erdogan, antiguo alcalde de Estambul y jefe de un partido islámico (Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP), fue condenado a 10 meses de cárcel e inhabilitado políticamente por haber recitado por radio versos islámicos bastante militantes e incendiarios. Su victoria electoral en 2002 permitió a su partido cambiar la ley y rehabilitarle, gracias a lo cual en marzo de 2003 fue investido con su actual cargo. Pese a estos antecedentes, Erdogan ha sido el jefe de Gobierno que más ha hecho por adaptar Turquía a los cánones europeos de tolerancia y secularidad desde la muerte del fundador de la república.

La Comisión de la Unión Europea ha recomendado recientemente que se negocie la candidatura de Turquía para acceder como miembro de pleno derecho. Las negociaciones, que pueden comenzar a mediados de diciembre, se adivinan largas y complejas. Es bien sabido que los problemas que plantea la accesión de este enorme país (enorme, al menos, a escala europea) son grandes, y que en varios países miembros europeos existen fuertes reticencias, hasta el extremo de que, en algunos de ellos, como Francia, es muy posible que se someta a referéndum la cuestión. Por el contrario, hay países que parecen tener una actitud favorable a la admisión de Turquía, y entre estos está España.

Indudablemente, la candidatura de Turquía inspira simpatía por una serie de razones. En primer lugar, la República turca se constituyó en 1923 con una clara vocación europeísta y secular por su fundador, el general Mustafá Kemal Atatürk, héroe titánico y una de las grandes figuras políticas del siglo XX. En segundo lugar, Turquía tiene una cabeza de puente en Europa, constituida por su mayor ciudad y puerto, Estambul (la antigua Constantinopla y aún más antigua Bizancio) y un exiguo territorio en su derredor (23.800 kilómetros cuadrados, apenas un 3% del territorio nacional); en esta cabeza de puente habita el 11% de la población turca. En tercer lugar, las relaciones económicas de Turquía con Europa y la Unión Europea son estrechas; desde 1952 es miembro de la OTAN, desde 1963 tiene un acuerdo de asociación con la Unión (entonces Comunidad Europea), y desde 1996 tiene un acuerdo aduanero que de hecho la integra económicamente en la Unión; más de la mitad del comercio exterior turco tiene lugar con la Unión. Además, situada en una encrucijada geográfica, Turquía ofrece una posición estratégica para la conducción hacia Occidente del petróleo de Oriente Medio y Azerbaiyán. Por último, y quizá lo más importante, la entrada de Turquía como miembro pleno de la Unión demostraría al mundo, y sobre todo al mundo musulmán, la tolerancia y la amplitud de miras de los pueblos europeos, y contribuiría a mejorar las relaciones entre nuestro continente y el inmenso universo islámico.

Por desgracia, casi cada uno de estos argumentos conlleva un contraargumento. En primer lugar, si Turquía fue fundada como república secular, la realidad ha frustrado en gran parte las esperanzas de Atatürk, que se batió ferozmente contra las costumbres y creencias ancestrales de sus conciudadanos. Atatürk fue una especie de dictador absoluto en contra de sus preferencias, porque se enfrentó siempre a la realidad de la "Turquía profunda" que subvertía una y otra vez sus designios democráticos y europeístas. Esta continua vacilación entre tradición y modernidad, entre Oriente y Occidente, ha sido especialmente intensa en Turquía, donde la mayoría de la población ha resistido los impulsos modernizadores de una minoría cuyo brazo ejecutor era el Ejército, criatura y heredero de Atatürk. Esto entraña otra paradoja muy turca. Se ha visto en la frecuente intervención política del Ejército un rasgo antidemocrático; las cosas son más complejas: hasta muy recientemente la política en Turquía ha sido muy turbulenta y corrupta; las intervenciones militares han sido breves y han tendido a restaurar el orden democrático y laico, no a instaurar dictaduras al estilo de España, Grecia, o América Latina. En segundo lugar, la mayoría del territorio y la población turcos son, como hemos visto, asiáticos, no europeos. En tercer lugar, si económicamente Turquía está muy ligada a Europa, la distancia que la separa es aún muy grande: la renta por habitante está en torno al 25% de la europea (la española estaba en torno al 75% en 1986, en el momento de la accesión); la tasa de inflación turca supera el 20%, algo inaudito en la Unión Europea; lo mismo ocurre con los tipos de interés y el déficit presupuestario (8% del PNB); los indicadores educativos son relativamente muy bajos. Turquía apenas atrae inversión extranjera, lo que le es muy perjudicial. El crecimiento demográfico de Turquía, aunque decreciente, es muy alto para Europa. Esto conlleva problemas políticos y económicos muy considerables: con casi 73 millones (al fundarse la República, su población era de 16 millones, lo cual implica que se ha más que cuadruplicado en 80 años) sería el segundo país más poblado de la Unión y llevaría camino de convertirse pronto en el primero, con el poder que eso le daría en la Comisión y el Parlamento; por otro lado, la parte de fondos estructurales que le correspondería comprometería seriamente el presupuesto comunitario. Si Europa ya tiene serios problemas de asimilación, cohesión y gobernanza tras la reciente entrada de los diez nuevos, el asimilar una incorporación del tamaño y las características de Turquía sería problemático. Por último está la delicada cuestión religiosa: el Gobierno turco ha hablado repetidamente de "prejuicio antiislámico" por parte de Europa, y esta afirmación, aparte de calumniosa, es injusta. Imaginemos la respuesta que recibiría Grecia, pongamos por caso, o Bulgaria, si solicitase el ingreso en la Liga Árabe. En realidad, más que de un choque de religiones debe hablarse de una gran fractura cultural, fractura que se da por cierto dentro de la propia sociedad turca. La mujer del primer ministro no es invitada por el presidente porque lleva el velo islámico.

Hemos visto que hay razones políticas y económicas, no religiosas, para, al menos, aplazar largamente una decisión de adhesión. Pero es que, además, admitir a un miembro de la importancia de Turquía con argumentos oportunistas sería un gran error: la incorporación de Turquía debe evaluarse por sí misma, no como un gesto conciliatorio para aplacar la hostilidad de los islamistas (gesto que, por otra parte, sería completamente inútil).

En este punto resulta conveniente, en cambio, introducir una comparación: pensemos en Rusia, otro gran país semieuropeo. Rusia también quiere una relación más estrecha con la Unión Europea, pero comprende que, de momento y en un plazo largo, la plena adhesión sería inconcebible. Es un caso sobre el que debiéramos meditar, tanto nosotros como nuestros socios turcos.

Gabriel Tortella es catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 11 de diciembre de 2004.

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