Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

Un psiquiatra bajo el franquismo

Carlos Castilla del Pino nos ofrece la segunda entrega de la historia de su vida. Si el compromiso del autor fue el leitmotiv de la primera, Pretérito imperfecto, en esta ocasión predomina un tono compasivo. Lo cual no resta valor a la obra pero beneficia a los que adulteraron las profesiones y se aprovecharon del sistema en una Córdoba asfixiada por la dictadura.

Entre mis propias marcas a lápiz y las que hizo mi padre, el ejemplar que manejo de Pretérito imperfecto está hecho una ruina; es un volumen masacrado, revisado, releído y admirado. El de hoy, Casa del olivo, es la continuación de aquel proyecto y una excelente autobiografía, pero es que aquel de 1997 fue un volumen excepcional en la literatura autobiográfíca del siglo XX en España. ¿Es menos inteligente este Castilla del Pino que aquel, o ha perdido el don de narrar y la exactitud del analista, la racionalidad, la honradez o la valentía de juicio?

La voz narrativa es exactamente la misma; lo que ha cambiado es la naturaleza literaria del proyecto. Aquél fue un libro donde la aventura de escribir con verdad, como exploración ética e ideológica, teñía por completo su concepción, como si ninguna de sus páginas pudiese quedar ajena a la exigencia de un compromiso que involucraba íntegramente al autor: cada detalle valía como acto de afirmación de un sujeto, de un proyecto, de un horizonte de plenitud intelectual y de un comportamiento dictado por el tejer cotidiano de actos y juicios, de discusiones y asunciones, de resignación y de coraje. La meticulosa conciencia de sí mismo afectaba también a cada episodio ajeno, fuese la Guerra Civil, fuese la brutalidad de la victoria, fuese la espantosa mediocridad de la mayoría, fuese la invencible fidelidad a lo soñado con razón y vocación.

CASA DEL OLIVO. AUTOBIOGRAFÍA (1949-2003)

Carlos Castilla del Pino

Tusquets. Barcelona, 2004

508 páginas. 21,15 euros

Mi ejemplar de Casa del olivo

recién leído anda ya también averiadísimo de notas, marcas, señales y dobleces indecentes...

así que dudo que haya perdido atractivo el nuevo proyecto, que ahora es un despliegue de lugares, personas, relaciones y episodios donde vuelve a aplicar Castilla del Pino su irrestricta racionalidad, sólo quizá ligeramente más compasiva con él mismo y con los demás de lo que lo fue en el tomo anterior, y eso significa que algunos de los sujetos indeseables que cruzan por el libro -por ejemplo, López Ibor- se benefician de alguna vaga piedad antes menos visible, aunque otros, como los psiquiatras Sarró o Mariano de la Cruz, se despojan de la mansa leyenda que en Barcelona creció en torno a ellos.

Es verdad que la sangre real

de la Guerra Civil y la represión y los fusilamientos tienen una intensidad a la que no alcanzan, aunque a veces lo parezca, las bellaquerías por una cátedra universitaria (Castilla pierde todas a las que oposita durante el franquismo), pero a cambio se siguen diseminando aquí y allá una multitud de detalles exactos e insustituibles, retratos morales de una sociedad envilecida, resignadamente envilecida, y donde la doble moral gobierna las conciencias con una impunidad abrumadora. Laín vuelve a ser el sujeto cobardón y autocompasivo que conocíamos, a Ridruejo se le perdona mal su falangismo furioso de la guerra, a Cela se le vuelve a ver negociando los números de la revista Ínsula con José Luis Cano. En algunos momentos, y muy escondidos, se siente obligado a justificarse, desde luego sin motivo: "Cuento estas cosas para mostrar los efectos deletéreos de la dictadura sobre la moral de una mayoría"; lo que sin embargo no impide que muchas de sus historias tiendan a ratificar la intuición de quienes no hemos vivido ni de rebote esa sordidez: la subsistencia en ese clima de los aires encarnados por gentes como Lafuente Ferrari, o Rafael Lapesa, y unos cuantos más "nada dotados para el medro y el empujón, incapaces de acomodarse, y que permanecían donde menos se les notara, pero sin dejar de trabajar, reducidos al silencio como manera de sobrevivir tras la arrolladora aparición de los vencedores".

El libro transcurre poco menos que íntegramente en Córdoba, o en la provincia de Córdoba, porque a pesar de los múltiples viajes y conferencias que se reseñan y anotan, todo empieza y termina en Córdoba, tanto la militancia clandestina en el PCE como la fundación de la revista Praxis (cuyo interés fue enorme, para mi gusto, y aquí aparece un tanto desangelada), tanto las conspiraciones de cristianos y comunistas como las de los editores Javier Pradera, Jesús Aguirre o Josep Maria Castellet. Todos aparecen en el libro como pedazos de una existencia que pasa por Córdoba porque es ahí donde está uno de los meollos teóricos del libro: la espantosa asfixia de la provincia en los años del franquismo. Y no porque sólo hubiese mezquindad y miseria intelectual sino al contrario: porque también había dignidad y entereza...

aunque acosadas, ocultas, y lentamente eficaces con el tiempo pero sin ruido, lo justo para poder subsistir, como le sucede a ese mismo dispensario de psiquatría que Castilla del Pino dirige durante 37 años y que hay que entender como una esforzada, tenaz, paciente, solidaria y hermosa aventura por hacer un poco más felices a los muy pobres, aunque a menudo uno mismo sea feliz sólo muy deficientemente, a medida que ve perder, uno detrás del otro, a cuatro de los siete hijos propios.

La emoción de esas páginas es traslúcida como un diagnóstico o una descripción clínica; la literatura calla ahí o se arredra y retira, mientras que en el sufrimiento de tantos pacientes y tantas historias, la habilidad del narrador se despliega libre y alta, hasta producir, y más de una vez, la conmovida respuesta del lector ante esta o aquella historia y muy decisivamente la del tracoma de una anciana que cura Castilla del Pino enviando por correo el tratamiento que necesita y 30 años después el hijo puede agradecérselo por azar, dejando caer el bolígrafo sobre el mostrador de un parador en el que recibe a un nuevo cliente: "Ah, ¿usted es el de las pomadas?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de noviembre de 2004

Más información

  • Carlos Castilla del Pino