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Entrevista:Gore Vidal

"Las elecciones serán robadas. Por Bush"

A cuatro días de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el escritor neoyorquino reflexiona sobre esa polémica jornada democrática del martes, de la política internacional de su país, de Bush y de su último libro: La invención de una nación. Una vez más, el polémico periodista, novelista, ensayista y biógrafo indaga en las raíces estadounidenses, y vuelve a teorizar sobre un tema que interesa a los autores de su generación: lo que significa "ser norteamericano".

Gore Vidal aún está viendo la retransmisión de uno de los debates televisivos entre George W. Bush y John Kerry cuando recibe al periodista en un hotel de Berlín al lado de la Puerta de Brandeburgo. Ha venido a la capital alemana con motivo de un festival internacional de literatura. En España, recientemente, publicó La invención de una nación. Washington, Adams y Jefferson (Anagrama), un ensayo histórico en el que, una vez más, recorre los años fundacionales de Estados Unidos. Si en el libro nunca pasan más de diez páginas sin que Vidal arranque a despotricar en contra del actual inquilino de la Casa Blanca, en la entrevista es cuestión de pocos minutos. Publicó su primer libro en 1946, tiene 79 años y desde que se le estropeara la rodilla -"me han puesto una nueva, de titanio"- ya no puede disfrutar de la vista sobre el golfo de Salerno en su mítica mansión de Ravello (Italia). Ahora vive en Los Ángeles, donde antes sólo pasaba temporadas.

"Los medios de comunicación están corrompidos"

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PREGUNTA. ¿Qué le ha parecido el debate?

RESPUESTA. Habrá que leer la transcripción, pero desde luego tengo mis opiniones sobre cada uno de ellos. Me preocupa mucho cómo John Kerry asimila todo lo que él cree que pueda servir para ganar las elecciones. Algunas de las cosas que dice no son ciertas, pero él cree que son populares, y por eso las dice. A ratos incluso parece estar de acuerdo con George W. Bush.

P. Como la guerra preventiva.

R. Sí. Eso no sólo va en contra de la tradición de cualquier nación civilizada en el mundo, sino en contra de nuestro ethos nacional. Y Kerry lo sabe. ¿Por qué Kerry no ataca, en cambio, la noción misma de guerra preventiva? No lo hace porque Bush entonces diría [Vidal comienza a imitar el acento tejano del presidente]: "Éstos son sujetos peligrosos, están construyendo bombas atómicas, las tirarán encima de nosotros, están a punto de atacarnos, en cinco minutos estarán aquí. Tenemos que adelantarnos". "¿Y cómo sabe usted todo esto, señor presidente?". "Porque un taxista me lo contó". "Ajá, un taxista. ¿Recuerda su nombre?". "No, pero ya averiguaré cuál taxi fue...

". La guerra preventiva es un pretexto para ejercer de tirano. En una guerra se requieren dos países. Nosotros sólo somos uno. Uno que con tal de militarizarse y borrar de un plumazo las libertades ciudadanas, le ha declarado la guerra al resto del mundo. La base de nuestra Constitución es que el ciudadano, sin el debido proceso judicial -ésa es la frase crucial-, no puede ser privado de su vida, libertad o propiedad. Con el Patriot Act esto se ha vuelto obsoleto.

P. ¿Ha perjudicado a Kerry que Bush lo acuse de inconsistente?

R. Ha sido una estrategia efectiva, por supuesto. Recuerde que los estadounidenses no saben nada de política, nada de geografía y nada de historia. El problema de fondo es que nuestros medios de comunicación están totalmente corrompidos, y transmiten una visión del mundo completamente desquiciada. Así, nuestra gente no puede formarse un juicio. Tampoco cuenta con puntos de comparación. No tenemos vecinos. Estamos solos en un continente junto con los mexicanos, que son tan distintos a nosotros, y los canadienses, que a veces son bastante razonables, pero a los que rara vez hacemos caso.

P. Usted, en todo caso, apoya a John Kerry, ¿no es cierto?

R. Quiero que gane, sí, pero sobre todo quiero que pierda Bush.

P. ¿Votará? No suele hacerlo.

R. No lo he hecho desde 1964, cuando voté por Lyndon B. Johnson, el candidato de la paz . Esta vez habrá que hacerlo. Es muy importante librarnos de esta gente. Aparte de sus afinidades con el crimen -empresa Halliburton, digo, o grupo Carlyle- es una maldición que toda una nación acabe involucrada con esta calaña de gente. Cuanto antes se vayan, mejor.

P. Hablemos de La invención de una nación. ¿Por qué siempre regresa a los años fundacionales de Estados Unidos, sobre los que ya ha escrito otros libros?

R. Porque a medida que pasa el tiempo más averiguo. Creo que lo más dramático que descubrí en este trabajo fue la predicción de Benjamin Franklin. Aunque nunca entrara en detalles -estaba viejo y muriéndose-, a él no le gustó la Constitución. Sin embargo, quiso que se aprobase para poder formar inmediatamente un Gobierno. Además, predijo que esta Constitución acabaría en un fracaso y en el despotismo. Y así ha ocurrido.

P. Franklin relacionaba el despotismo con la corrupción popular.

R. Sí, predijo que una vez que el pueblo se haya corrompido, el despotismo sería la única forma de gobierno "apropiada"... Vale, se siguen convocando elecciones. Pero también las elecciones desde hace mucho tiempo se han corrompido. Lo único de lo que puede escribir la prensa es de quién recaudó cuánto dinero. A eso lo llamo corrupción. Cuando en 1800 Thomas Jefferson se enfrentó a John Adams nadie habló de la financiación de sus campañas. Jefferson representaba toda una visión de mundo y Adams, otra.

P. "¿Cuándo se jodió Perú?", se pregunta Mario Vargas Llosa en Conversaciones en La Catedral. ¿No será su libro el intento de formular la misma pregunta, pero para Estados Unidos?

R. Eso me recuerda al enfermo terminal de cáncer al que se le pregunta cuándo fumó su primer cigarrillo. De lo que se trata es de entender lo que salió mal, diagnosticar la enfermedad, incluso si ya es demasiado tarde para hacer algo. Es interesante ver cuándo se jodió Perú y cómo se hubiera podido evitar. Una vez que se hace, se comienza a pensar en medidas correctivas. Claro que para eso está el cirujano, y el médico-historiador que hizo el diagnóstico se puede marchar a casa.

P. ¿Cuáles fueron las enfermedades ya entonces presentes?

R. Una cosa que hago es plantearme las intenciones de quienes escribieron la Constitución. En el fondo, son irrelevantes: esta gente está muerta, no nos puede influenciar más, a nadie le importan estas intenciones. Pero sobre todo el ala conservadora de la Corte Suprema se la pasa buscándolas. Yo mantengo que estas intenciones, casi siempre, fueron malas. Me encanta subrayarlo, aunque sólo sea para contradecir alguna de las decisiones más alucinantes de la Corte Suprema. Los autores de la Constitución creyeron en valores como la esclavitud, en la superioridad de los blancos sobre los indios, y en toda suerte de otras locuras.

P. Ahí estaba la tentación totalitaria: John Adams promulgó durísimas leyes de sedición. ¿Una especie de Patriot Act de la época?

R. Guardando las distancias, sí. Fue un capítulo muy oscuro de nuestra historia. Ahora lo estamos repitiendo a escala mayor. Las leyes de sedición sólo estuvieron vigentes durante cerca de un año, pero hicieron mucho daño. Mucha gente fue a prisión por criticar al presidente. Creo que veremos más de lo mismo.

P. ¿Estados Unidos ya entonces tendía a la paranoia?

R. La paranoia forma parte de la historia humana. Es la necesidad de estar alerta, hay quien la tiene muy marcada y hay quien no la tiene. La gente que rodea al presidente sabe que requiere de armas para defenderse de sus enemigos. Pueden iniciar una guerra, por ejemplo, y reclamar los poderes extraordinarios previstos en la Constitución. Abraham Lincoln así lo hizo: invocó necesidades militares cuando liberó a parte de los esclavos. Pero lo de las necesidades militares fue mentira. Era una medida de relaciones públicas. Europa, entonces, se estaba distanciando del Norte porque Lincoln todavía no había liberado a los esclavos. Hasta entonces, él afirmaba que no tenía derecho a hacerlo. Los esclavos eran propiedad privada, y para el presidente esto era sagrado. No es esto una posición demasiado noble, ¿verdad?

P. ¿La paranoia -o la necesidad de estar alerta- no aumenta en un imperio, como usted mismo define Estados Unidos?

R. Los imperios, para expandirse, requieren de enemigos. Si no se expanden, si no ganan en energía, en calor, acaban encogiéndose, enfriándose, atrofiándose. Y la atrofia es el enemigo del imperio, y de la vida. Así que nos la pasamos detectando enemigos para expandir.

P. Está el problema del overstretching, una expansión excesiva.

R. Bueno, los imperios no duran demasiado. Se derrumban mucho más rápido de lo que solía suceder antes. Roma contó con 400 o 500 años. El imperio británico, con 140 años. Y nosotros ya nos estamos acabando.

P. ¿Está convencido de ello?

R. Sí, el imperio, sencillamente, está resultando prohibitivo. Así es como también acabó Roma. Al final, ya no tuvo suficientes soldados. Tuvo que importar combatientes alemanes. Éstos nunca habían sido conquistados; fueron comprados como mercenarios. Como describo en Julián, la mayoría de los comandantes militares de este emperador fueron alemanes. Nunca pudo estar seguro de su lealtad. De hecho, acabó asesinado por una conspiración del ejército.

P. Volvamos al libro. A veces da la impresión de que preferiría tomarse la libertad y contar este u otro episodio en una novela. En libros como Burr, lo hizo. ¿Qué le hace optar por la ficción y qué por el ensayo?

R. En este caso, revisé muchos documentos antiguos y me topé con un lenguaje maravilloso. ¿Para qué parafrasear, si contaba con citas perfectas? Yo no inventé nada en este libro, y eso le concede mucho más peso. Esta gente era muy capaz. Y, sin embargo, mantenía todas sus contradicciones. Jefferson y su hipocresía siempre me han divertido mucho.

P. Esto de prestar tanta atención a los motivos y a las contradicciones personales es un enfoque muy novelístico ¿o no?

R. Es también el enfoque que escogería un historiador marxista. Yo no lo soy, pero también en la crítica literaria siempre me ha atraído esta perspectiva, la de preguntarse por qué. ¿Por qué hicieron esto o aquello? ¿Cuáles fueron sus motivaciones? Casi siempre son razones egoístas o intereses materiales. Siempre es bueno comenzar por algo sólido: George Washington quiso abandonar la política y por eso se casó con una viuda rica. Thomas Jefferson no quiso abolir la esclavitud porque su supervivencia como propietario de una plantación dependía de sus esclavos. Hamilton se casó con una mujer aristócrata y luego se la pasó follando por ahí.

P. Lo de los motivos personales ¿vale también para usted y su obra? ¿No será que algunas de posturas tienen un trasfondo personal? Llama la atención, por ejemplo, su animadversión a The New York Times, que en los cuarenta y cincuenta no reseñó sus libros.

R. Sí, desde luego, siempre se parte de la experiencia personal. Yo fui saboteado por The New York Times y fue por La ciudad y el pilar de sal [una de las primeras novelas abiertamente gays de la literatura estadounidense]. Su crítico más importante, el señor Prescott -un hombre que podía hacer y deshacer libros-, le dijo a mi editor: "Yo nunca más volveré a leer y mucho menos reseñar algún libro de Gore Vidal. Si yo fuese usted, lo despediría como autor". De mis siete siguientes libros, ni uno sólo fue reseñado por The New York Times, y, en consecuencia, tampoco por Time o Newsweek. Yo era una no-persona. Tengo una personalidad combativa. Desde entonces, cada vez que puedo, voy a por ellos.

P. ¿Acaso no ha cambiado The New York Times?

R. No. Los editores de ese periódico son estúpidos desde hace generaciones. Llevo 60 años observándolos. Siguen siendo malos. Sencillamente, no entienden el mundo que describen. El mayor escándalo de estas elecciones presidenciales y probablemente el único asunto que el mundo recordará será el sistema electrónico de votación. Sin papeletas que se puedan volver a contar, estos dispositivos ya no dejan huellas materiales. Pueden ser fácilmente manipulados. Esto, muchos lo sabemos y lo hemos descrito en publicaciones como The Nation. The New York Times o The Washington Post, en cambio, hasta hace muy poco ni siquiera han querido tocar el tema. La prensa cortesana intenta ignorarlo, pero las elecciones serán robadas. Por Bush".

BIBLIOGRAFÍA

La invención de una nación: Washington, Adams y Jefferson (Anagrama).

Sexualmente hablando (Debolsillo).

La ciudad y el pilar de sal

(Debolsillo y

Mondadori).

Soñando la guerra (Anagrama).

El último imperio (Síntesis).

Patria e imperio: ensayos políticos (Edhasa).

Juliano el apóstata (Edhasa).

Myron

(Mondadori).

Una memoria (Mondadori).

Ricardo Corazón de León

(Edhasa).

Hollywood

(Edhasa).

Imperio (Edhasa).

Lincoln (Edhasa).

Mesías (Minotauro).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de octubre de 2004

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