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Editorial:

No son iguales

El último de los tres debates entre George W. Bush y el aspirante demócrata John Kerry ha venido a mostrar no sólo la debilidad argumental del actual presidente en materia económica y social, sino que los dos contendientes representan opciones radicalmente diferentes. Las encuestas indican que Kerry lo ha ganado, pero está por ver si esta ventaja se traduce en votos el 2 de noviembre. En todo caso, los debates han metido de lleno al candidato demócrata en la carrera. Si votara el resto del mundo lo haría claramente por Kerry, a excepción de Israel y Rusia, según los sondeos realizados en 10 países por otros tantos diarios, entre ellos EL PAÍS, que también reflejan un deseo generalizado de tener buenas relaciones con EE UU -77,2% en el caso de España, porcentaje que se acerca al del rechazo a la guerra de Irak-, algo de lo que debe tomar buena nota el Gobierno.

Tan importante en este tercer debate ha sido lo que ambos candidatos han dicho como lo que han callado: la pena de muerte, y, en tiempos de marcado encarecimiento del petróleo, la política energética. Bush ha intentado desviar la atención sobre la trayectoria de Kerry en el Senado en vez de defender su propio balance; claro que, como recordó Kerry, Bush es el primer inquilino de la Casa Blanca desde hace 72 años que cierra su mandato con un aumento del paro. Y son ya 45 millones los ciudadanos que no tienen cobertura de seguro médico. Bush propone un sistema de pago sanitario mediante cuentas personales de ahorro que Kerry rechaza en favor de opciones que garanticen una cobertura universal, aunque es dudoso que la consiga en cuatro años. Del recorte fiscal de 269.000 millones de dólares realizado por Bush se ha beneficiado en una tercera parte el 1% más rico de la población, pero Kerry sólo introducirá correcciones en esta desviación: es tabú subir los impuestos. Ambos proponen reducir el déficit fiscal a la mitad. Pero Bush carece de credibilidad tras dilapidar, con los recortes en impuestos y los gastos militares, el superávit que le legó Clinton.

No todo ha sido economía. En algo ambos han coincidido: en su fe religiosa. Probablemente Kerry, como católico, se ha sentido presionado por la amenaza de los obispos de pedir el voto en su contra, pero, a pesar de todo, defiende el reconocimiento de un status civil a las parejas homosexuales, algo que Bush rechaza de plano. Ahora empieza el tramo final de la campaña, con tiempo de sobra para los golpes bajos, que los republicanos se disponen a explotar una vez superado su peor trance: el cara a cara de Bush frente a Kerry.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de octubre de 2004