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Editorial:

Puente Madrid-Génova

Tras un largo puente de declaraciones afiladas de los principales protagonistas de la crisis del PP de Madrid, se esperaba una intervención en algún sentido del nuevo presidente del partido, Mariano Rajoy. La esperaba sobre todo Ruiz-Gallardón, que le había emplazado a una mediación que contrarrestase la del secretario general, Ángel Acebes, que todo el mundo interpretó como de apoyo a Esperanza Aguirre. Rajoy ha respondido con cautela gallega. Con unos cuantos consejos sensatos, pero sin implicarse expresamente en la búsqueda de una salida de consenso.

El episodio, incluyendo la tendencia a agravar las cosas mediante declaraciones improvisadas, recuerda otros similares del PSOE tras perder el poder. Los sarcasmos de algunos dirigentes del PP contra los socialistas derrotados -de jaula de grillos a nido de víboras- podrían ahora volverse contra ellos. Incluso las ironías sobre "lastres históricos" y resistencia a irse de dirigentes muy quemados, se pueden aplicar a quienes las profirieron sin sospechar que estaban a punto de pasar de jóvenes promesas a viejas glorias. El poder une, su pérdida divide, y envejece.

Rajoy no quiere líos. Aconsejó no decir cosas de las que tengan que arrepentirse enseguida y evitar "dar espectáculos". No se pronuncia en público sobre si es mejor una o dos listas, lo importante es que la que gane cuente con el apoyo de todos. El problema es que para que se dé esa unanimidad a posteriori se requieren ciertas condiciones previas que, según Ruiz-Gallardón, no se dan: no ve voluntad de integración. ¿Qué sería integración? Según Esperanza Aguirre, que la mayoría deje un hueco que permita a la minoría sentirse cómoda. Lo que debe traducirse en reconocimiento de que la mayoría es suya, y ella decide a cuántos seguidores de Gallardón admite en su lista y en qué puestos. Una condición que sus oponentes consideran inasumible.

Aguirre cuenta seguramente con más apoyos dentro del partido, y Gallardón, con mayor gancho electoral. Ello debería llevar normalmente a un equilibrio en el reparto de poder. Ese equilibrio se quebró cuando Aguirre anticipó su candidatura. Tras la bronca ulterior, será difícil recuperarlo sin una mediación de Génova. Pero Rajoy no está para eso, y el encargado por él de gestionar la crisis (o de evitar que se desmande), el secretario general, Acebes, ha dicho algo sobre actitudes personalistas que ha recordado al aviso de que quien se mueve no sale en la foto. Y aunque no ha dicho a quién se refería, nadie se ha llamado a engaño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de octubre de 2004