Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Muere el filósofo Jacques Derrida

El gran pensador francés fue creador e impulsor de la teoría de la "deconstrucción"

Jacques Derrida, el gran filósofo francés, murió ayer en París a los 74 años. Su gran contribución histórica fue su propuesta de la "deconstrucción", es decir, una crítica de los presupuestos de la palabra a partir de los textos filosóficos clásicos. Una teoría que le hizo mundialmente famoso, especialmente en Estados Unidos, donde tenía un estatuto de auténtica estrella de la filosofía. Políticamente comprometido, Derrida se significó, entre otras cosas, por su apoyo a los intelectuales checos, por su actividad en contra del apartheid surafricano o por su preocupación por la situación del pueblo palestino. Heidegger y la cuestión y Del derecho a la filosofía fueron algunas de las obras escritas por este gran pensador del siglo XX.

Era el más conocido de los pensadores franceses vivos y quizás por eso también el más parodiado. Jacques Derrida, fallecido ayer en un hospital de París, víctima de un cáncer de páncreas, había nacido en 1930 cerca de Argel en el seno de una familia de comerciantes judíos. Es el inventor de un concepto de éxito -la deconstrucción- con el que explicaba su método para desmontar desde el interior ideas, instituciones o sistemas. "Se trata de poner en evidencia todas las piezas que componen un edificio quitándoles el cemento", dijo un periodista televisivo para que la audiencia comprendiera "el sentido de un trabajo que quiere hacernos analizar mejor nuestra sociedad".

Alumno muy brillante, que recuperaba el tiempo perdido tras el periodo de humillaciones antisemitas de Vichy, Jacques Derrida pasa por la prestigiosa École Normale Supérieure en 1952 y en 1956 obtiene la cátedra de Filosofía, materia que impartirá en un instituto en Argel entre 1957 y 1959. Más tarde será profesor de instituto en Le Mans, donde también estudia y traduce al francés textos inéditos de la última época de Husserl. En 1965, al mismo tiempo que da clases en Harvard, es nombrado director de estudios en la Sorbona, cargo que comparte con Louis Althusser. En una entrevista reciente a Le Monde -del pasado mes de agosto-, Derrida decía sentirse "fiel a la herencia compartida con Althusser, Lacan, Levinas, Foucault, Barthes, Deleuze, Lyotard, Blanchot y Sarah Kofman, sin nombrar pensadores, escritores, poetas, psicoanalistas felizmente vivos. de los que también me siento heredero". Se decía "en guerra inflexible contra el dogma, el de los llamados intelectuales mediáticos, ese discurso formateado por los poderes de los medios de comunicación, ellos mismos en manos de lobbies político-económicos, a menudo también editoriales y académicos".

Irritaba por su gusto por la paradoja y por su negativa a prestarse al juego de los medios de comunicación

MÁS INFORMACIÓN

Enamorado del francés como lengua, escritor capaz de poner en duda todas las palabras, de cuestionarlas para mejor poder servirse de ellas, el primer gran libro y éxito de Jacques Derrida es De la gramatología, publicado en 1967. La crítica contra el positivismo imperante en las ciencias sociales es acerada, sobre todo para alguien que reivindica la imposibilidad de liberarse de un horizonte metafísico, que relee de manera productiva Heidegger y Platón, que ataca el "logocentrismo" y cuestiona los supuestos mismos del discurso. Para Derrida, "cada libro es una pedagogía destinada a formar su lector. Las producciones de masa que inundan la prensa y la edición no forman a sus lectores, sino que, de manera fantasmática, suponen la existencia de un lector ya programado. Lo hacen hasta el extremo que acaban por formatear ese destinatario mediocre por el que postulaban ya de entrada".

Elegante y bien parecido, con una cabeza coronada de una cuidada cabellera blanquísima, Derrida irritaba por su gusto por la paradoja y, durante muchos años, por su negativa a prestarse al juego de los medios de comunicación de masas. Durante mucho tiempo no hubo fotos de él ni se le vio por los platós de televisión, una actitud aristocrática a la que parecía haber renunciado últimamente a favor de una voluntad de pedagogía. Este mismo año Derrida protagonizó, en compañía de Régis Debray, un formidable debate televisivo que, por una vez, hizo que la televisión pública mereciese su adjetivo. "De manera inmodesta y sonriente", explicaba a Le Monde, "tengo que decir que aún no han comenzado a leerme aunque sé, es verdad, que tengo algunos muy buenos lectores (algunas decenas en todo el mundo, quizás), pero en el fondo todo lo hecho adquirirá relieve una vez muerto". Esa esperanza de una obra que le sobreviva la compartía con la convicción "de que quince días después de mi muerte no quedará nada de ella, excepto los libros por razones de depósito legal. Le juro que creo sincera y simultáneamente en las dos hipótesis".

Detestado por los marxistas, Derrida publica en 1993 Espectros de Marx, un libro excelente en el que hermana Shakespeare y Karl Marx y en el que reivindica el legado del pensador alemán al margen de sus exegetas: "La deconstrucción hubiese sido imposible e impensable en un espacio premarxista. A mis ojos, la deconstrucción sólo tuvo interés y sentido como una radicalización, es decir, dentro de la tradición de un cierto marxismo, de un cierto espíritu del marxismo". Para el pensador francés, "lo quieran o no, lo sepan o no, todos los hombres de la Tierra entera son hoy, en cierta medida, herederos de Marx y del marxismo".

Autor prolífico -más de 80 libros-, Jacques Derrida se había interesado estos últimos años por Europa -"la laicidad y la justicia social son, por ejemplo, herencia de Europa"-, por la desesperante evolución de la política de Israel -"es una política suicida, desastrosa. Hoy Israel, a mis ojos, no representa ni el judaísmo, ni la diáspora ni siquiera el sionismo mundial y original, que fue múltiple y contradictorio"-, por los vínculos entre el lenguaje y la política -su libro Voyous (2003) parte de la fórmula del rogue state, tan del agrado de los neoconservadores de EE UU y la deconstruye- , por los temas de derecho internacional y, sobre todo, por el auge del movimiento altermundialista, en el que veía "la semilla de una nueva política. La única salida posible".

Casado con la psicoanalista y escritora Hélene Cixous, había sido el compañero sentimental de la también filósofo Sylviane Agacinski, hoy esposa de Lionel Jospin. Derrida decía estar "en guerra conmigo mismo", pero sin que eso le importase porque "digo cosas contradictorias, que están en tensión real entre ellas, pero que me construyen, me hacen vivir y me harán morir. Es una guerra que a menudo me parece penosa y terrible, pero al mismo tiempo sé que es la vida".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004