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Crónica:Atenas 2004 | NATACIÓN: UNA FINAL SOBERBIA

Thorpe gana una carrera inolvidable

El australiano se impone a Van den Hoogenband y Phelps en unos 200m libres con tres mitos vivientes

Tres gigantes de la natación protagonizaron una final inolvidable, la que enfrentó a Ian Thorpe, Pieter van den Hoogenband y Michael Phelps. Sus nombres lo dicen todo. Ellos trascienden de su época. Son leyendas vivientes. Una sensación de privilegio se apoderó de la piscina de Atenas. Era la final de los 200 metros libres, uno de los acontecimientos de los Juegos. La carrera ofrecía toda clase de vertientes: la revancha de Sidney, donde Van den Hoogenband derrotó inopinadamente a Thorpe; el ingreso del joven Phelps en un territorio que no domina, el del nado libre; la certeza de que allí se habían reunido tres nadadores irrepetibles. De ahí, la sensación de privilegio general. La gente quería verles en la misma prueba y luego en el podio, como así ocurrió. En lo más alto, el gran Thorpe, ganador de la carrera, magnífica desde el arranque, emocionante hasta el último metro.

La actuación del ganador fue un prodigio de recursos para imponerse a dos rivales colosales

Debe ser impresionante enfrentarse a ese corpachón embutido en un traje de caucho negro

Thorpe ha esperado cuatro años para sacarse la decepción que le produjo su derrota en Sidney. Cuatro años muy largos, llenos de novedades en su vida. Se sintió saturado, abandonó a David Frost, su viejo entrenador, por Suzy Menzies, una profesora menos militarizada en sus metros. Disfrutó de la espuma de la fama: viajes por todo el mundo, invitaciones de Armani para atender a los desfiles de Milán, dedicación a los placeres del arte. La natación no le llenaba. Si no la abandonó fue porque su talento natural es incomparable y porque tenía una deuda que saldar. No podía pasar a la historia del deporte como el campeón sorprendido en su prueba favorita, los 200 metros. Tenía que enfrentarse de nuevo a Van den Hoogenband y aceptar el desafío de Phelps. La perspectiva era tan excitante que Thorpe no podía rechazarla. Todo lo contrario. De nuevo ha surgido el nadador bandera. Su actuación en la final de los 200 metros fue un prodigio de control, dominio de la distancia y recursos para imponerse a dos adversarios colosales.

Van den Hoogenband repitió punto por punto la estrategia que le coronó en Sidney. Entonces era un afamado sprinter con excelentes maneras en los 200 metros libres. Ni tan siquiera llegaba a la condición de tapado. Thorpe había hecho un fortín de la prueba y todo el mundo le consideraba inaccesible. Pero Van den Hoogenband se resistió a la opinión y le lanzó un ataque que pareció descabellado. Sorprendió al genio australiano con una arrancada fulgurante que sacó de rueda a Thorpe, por primera vez incómodo. Nunca había recibido un ataque semejante. Dudó, confió en el desgaste de Van den Hoogenband, perdió un metro y no lo recobró. El holandés resistió la carga de Thorpe ante la sorpresa general. Ganó y entró en la historia. ¿Por qué no intentarlo de nuevo? Podía lograrlo. Su estado de forma es perfecto. La hazaña era posible.

Sus primeros 100 metros fueron fulgurantes. Era Sidney reeditado: 24,44 segundos en los 50 metros; 50,42 segundos en los 100. Van den Hoogenband pasaba un segundo más rápido que los parciales de Thorpe en el récord del mundo. A su izquierda, el australiano manejaba la carrera con inteligencia. No sobreactuó en ningún momento para detener a Van den Hoogenband. En un clamoroso ejercicio de frialdad, tuvo siempre a tiro al holandés, que nadaba sin cadena. En los 150 metros su registro aventajaba en 59 centésimas al parcial de Thorpe en el récord del mundo. ¿Y Phelps? Un buen rato pareció ajeno al gran combate, entregado a una prueba que aún desconoce. Aprenderá los misterios porque su reacción en los últimos 50 metros fue fascinante.

Phelps se descolgó demasiado. Un segundo de desventaja frente a Van den Hoogenband y Thorpe siempre es demasiado. Se le veía sufrir porque tiene innumerables cosas en la cabeza: muchas carreras, muchos estilos que nadar, mucha tensión. Es lo que le hace grande. Van den Hoogenband y Thorpe se dedican a lo suyo. Uno a la velocidad, otro al mediofondo. Phelps es una ensalada de estilos. Por esa razón resultó magnífica su actuación en la final. El único que no era especialista estuvo a punto de dar un susto a los dos emperadores de la distancia. A Van den Hoogenband le apretó hasta el último metro.

El holandés se quedó sin gasolina. Cuando giró por última vez en el muro de los 150 metros supo que la victoria era imposible. Thorpe estaba encima, con su corpachón embutido en el traje de caucho negro. Tiene que ser impresionante enfrentarse a esa visión. Con su exquisito estilo, casi impensable en un nadador que pesa cerca de 100 kilos, pero que se mueve en el agua con una elegancia perfecta, Thorpe se lanzó a la victoria con la decisión del hombre que quería acabar con una pesadilla, la de Sidney. Van den Hoogenband se rindió. No tenía forma de pararle. Sus músculos estaban cada vez más envenenados por el ácido láctico. Detrás venía Phelps con todos los motores rugiendo. Fue el más rápido en los últimos 50 metros, pero sólo le sirvió para conquistar el tercer puesto. Los dos primeros quedaron en manos de los dos expertos en la materia de los 200 metros. Uno era Van den Hoogenband; otro, Thorpe, el más grande de una final protagonizada por tres mitos vivientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de agosto de 2004