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Tribuna:

Bazas y retos de Esquerra

Ha correspondido a Esquerra Republicana el primer turno en el ciclo congresual que los grupos políticos catalanes van a desarrollar este verano y en otoño. Aunque debida al azar, tal preeminencia no deja de hacer justicia al partido que durante el año electoral 2003-2004 ha registrado los ascensos más espectaculares e incrementado más sus cuotas de poder institucional. Y también al partido menos supersticioso: de serlo, ERC no habría convocado su pletórico cónclave del pasado fin de semana en el recinto ferial de los Camps Elisis de Lleida, a un centenar de metros del Palau de Vidre, donde, en noviembre de 1989, el 16º congreso de la formación republicana tumbó a la dirección saliente -la de Joan Hortalà- y entronizó al inestable y explosivo tándem Colom-Carod.

Pero, 15 años después, tal parece que aquellos sucesos ocurrieran en otra era geológica y, en todo caso, las cicatrices están completamente curadas: el domingo se hallaban en el pabellón congresual tanto el histórico Marçal Casanovas -uno de los tres diputados escindidos en la crisis de 1989- como Jaume Campabadal, el fugaz presidente de Esquerra durante las postrimerías de Àngel Colom como secretario general (1995-96). Para hacer un partido ganador -lo dijo alguien que sabía de la materia- se trata de sumar, no de restar.

Ahí, sin embargo, el aparato de ERC tuvo un serio desliz: creyó que crecer, y tocar poder, exigía cambiar de alma. Peor aún: creyó que a una cultura política con siete décadas de antigüedad se le podía dar la vuelta en seis meses, o en dos días. Y no, claro. La derrota de la ponencia de modificación de estatutos en su pretensión de instaurar los congresos por delegados no fue sólo una victoria del asamblearismo, o del espíritu libertario de la Esquerra de Macià y Companys. Fue el reflejo defensivo de los militantes forjados en la adversidad que, una vez alcanzado el gobierno, temían verse convertidos en simple masa de maniobra, en tropa apta sólo para desfilar en silencio. "Votad con la cabeza, no con el corazón", les propuso el ponente Xavier Vendrell antes de añadir que un congreso por delegados es mucho más barato que uno abierto a todo el mundo...; "de cada 1.460 días, uno es para la militancia", le replicó el militante de base Marc Marsal, de Gràcia. Y ganó con el 52% de los votos. Conviene subrayar que, de los 9.100 afiliados actuales a ERC, participaron en el congreso de Lleida alrededor de 1.400 (del orden del 15%); en el simultáneo 36º congreso del PSOE, los 974 delegados suponían menos del 0,5% de la afiliación.

Además de pararle los pies a una cúpula tal vez envalentonada por el éxito, creo que los congresistas díscolos de Esquerra trataban también de expresar una insatisfacción difusa, o quizá más exactamente una inquietud vaga pero palpable ante la nueva situación política catalana. No, no es que estén en contra del Gobierno tripartito -la formación de éste sólo provocó 44 bajas de militantes-, ni que lamenten haber desbancado a Convergència, cuyo representante recibió en la sesión de clausura un sonoro abucheo. Se trata más bien de recelo ante las capacidades fagocitadoras del PSC y las tendencias de Maragall a jugar de libero, de malestar ante la gestión concreta de alguna consejería muy emblemática, de temor a que la connivencia parlamentaria con el PSOE en Madrid se convierta en un asfixiante abrazo del oso. Son sentimientos propios de una militancia sin responsabilidades orgánicas ni cargos públicos, pero muy representativa del electorado real o potencial de ERC.

He aquí las grandes lecciones del congreso de Lleida: no hay que confundir el aparato con el partido, menos aún el partido con los votantes, y no es ni posible ni necesario renunciar al espíritu alternativo, radical, impertinente, antisistema que ERC ha cultivado en los últimos lustros. Tanto Carod Rovira como Puigcercós lo entendieron así: de ahí las reiteradas promesas de ambos de seguir hurgando en las contradicciones entre el PSOE y el PSC, y de seguir preguntando en catalán en las Cortes, y de no cejar en la reivindicación de los Països Catalans, de una República federal y plurinacional, de la independencia... El mandato de las bases es que no quieren una Esquerra domesticada y normalizada.

Cuestión distinta es cómo se administra eso, día a día, cuando se está en el Gobierno de Cataluña y se es sostén preferente del Gobierno de España. A pesar de sorpresas o reveses, y a costa de algunas contorsiones reglamentarias, el 24º congreso de ERC logró evitar que la nueva cúpula naciese con grietas visibles, no obstante lo cual es evidente que en la dirección republicana existen concepciones y talantes distintos acerca del papel del partido en los próximos años. En un esquema que reconozco simplificador y subjetivo, yo diría que mientras el flamante secretario general, Joan Puigcercós, se mueve bajo esquemas más bien leninistas -el partido como pieza esencial del trabajo político, la penetración de Esquerra en los movimientos sociales, la tenaz labor de hemiciclo y de despacho en Madrid...-, Josep Lluís Carod Rovira prioriza la doctrina, el discurso y el gesto como formas de seducción y de pedagogía social, y tiene de ERC una visión menos orgánica, más abierta y movimientista, más carismática; en línea, por otra parte, con lo que han sido las dos grandes hegemonías nacionalistas desde 1931 hasta 2003: la de Macià-Companys y la de Pujol.

Dicho binomio Carod-Puigcercós -que, ya me perdonarán, pero guarda cierta semejanza con las históricas parejas Prat de la Riba-Cambó y Pujol-Roca- constituye a la vez una baza y un reto. De su incardinación complementaria o antagónica, de que funcione bien o no el reparto de papeles esbozado en Lleida, de que los demás dirigentes hallen también encaje y acomodo bajo la nueva bicefalia, de cómo se desarrolle la dialéctica partido-Gobierno dependerán muy principalmente las chances de Esquerra en 2007.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de julio de 2004