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Tribuna:Eurocopa 2004 | La fiesta portuguesa

Figo y la Señora de Caravaggio

Primero han sido los publicitarios de un gran banco prometiendo dejar a los griegos "hechos una ruina". Después ha venido la Federación Portuguesa de Fútbol pidiendo a los hinchas que encendieran velas. Enseguida ha sido la devoción del entrenador Scolari, que ha pedido que le trajeran una imagen de Nuestra Señora del Caravaggio de su Río Grande del Sur.

El problema es siempre recurrente: a la selección nacional no le gusta el exceso de confianza. Perdiendo partidos fáciles, los jugadores son obligados a ganar los partidos difíciles. Y entonces todo vale. Los cirios de la Federación, la Señora de Scolari, los gritos de los comentaristas deportivos: "¡A las armas, a las armas. Por la patria, ganar!" (sic, en la noche del partido, en la Antena 1 portuguesa); los consejos a que se utilicen (24 Horas dixit) tacos de aluminio y "bien grandes", y las amenazas del "mata, mata", utilizando la transcripción literal (sin contextualización que lo explique) de los enviados especiales de la prensa española.

Son las 19.45 del domingo y todo está claro: para seguir adelante los portugueses necesitan ganar; a los españoles les basta un empate, pero también con problemas de autoconfianza, se les nota el peso de la obligación de no perder si quieren seguir adelante.

Así que jugadores, estadio y esa multitud de pequeños estadios que es la pantalla de millones de televisores, todos sentimos, en el momento inicial en que pita el árbitro, que tenemos ante nuestros ojos, entera y limpia, la magia irresistible del fútbol: 11 hombres de un lado y otros 11 de otro. Casillas contra Ricardo. Miguel contra Puyol. Raúl contra Figo. Cada uno de ellos y el resto del equipo representando lo más exquisito que hay en la península Ibérica en dominio de balón y producción de juego. Sabiendo, jugadores e hinchas, que no es suficiente jugar bonito y que la obligación es ser práctico. Que no basta jugar mejor, es necesario marcar más.

Claro que por detrás existe todo lo que sabemos y los portugueses (más que los españoles) nunca olvidan. Todo eso que hace que el más pequeño se sienta en la obligación de vencer al más grande, y que el más grande se sienta obligado a mostrar su superioridad sobre el más pequeño. Para no hablar de la oxidación histórico-cultural que ninguna nacionalidad consigue limpiar y que se llama Badajoz, Aljubarrota, Olivença...

Incluso los que se equivocan en las esquinas de la memoria común más antigua no pueden negar que a la hora de la verdad, aquí, en el césped resbaladizo del estadio Alvalade XXI, 47.000 hinchas entregados son las capacidades físicas y técnicas de esos 22 hombres que van a determinar el destino del partido.

El juego demostró que las gargantas se recuperan de tantos minutos de pura emoción, que al 90% del sudor de los jugadores se sumaran, "por Portugal", 5% de inspiración y otro tanto de mala suerte ajena (el azar se repartió, es verdad, pero llamó más veces a la puerta de España).

Figo ganó a Raúl. Miguel aguantó a Puyol. Cristiano Ronaldo imparable, Deco sutil, Nuno Gomes oportuno, hicieron el resto. O sea, que Ricardo ganase a Casillas.

Esto es fútbol. Fue ésta la magia de la noche: 23 años después Portugal finalmente ha ganado a España, que un año de estos ganará a Portugal. Lo muestran las estadísticas, lo prevé la lógica y nos lo recuerda el poeta. El mismo que nos avisó que todo puede cambiar.

Y aquí estamos, con el ego subido para más de dos semanas. Con la misma sinrazón que, si fuese otro el resultado, los portugueses se preguntarían sobre la propia supervivencia de la nación. Para muchos, -demasiados, me temo- que todavía la celebran, la fabulosa victoria se ha debido a los cirios, a la Señora, al Quinto Imperio. Amenazando perpetuar por más campeonatos de Europa y mundiales (Corea lo ha probado) esta dualidad psicológica que nos pone en el alto de la euforia presumida como nos sumerge en la más tonta de las postraciones anímicas.

Adelino Gomes es periodista de Público. © Público / EL PAÍS

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de junio de 2004