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Crítica:57º FESTIVAL DE CINE DE CANNES

El regreso de la épica

Gracias, Gladiator, la épica ha vuelto. Cleopatra (Joseph Leo Mankiewicz, 1963), la película más cara de la historia del cine hasta aquel año (45 millones de dólares), había supuesto el principio del fin. Su fiasco en taquilla fue tal que las grandes epopeyas ambientadas en las antiguas Grecia y Roma, con miles de extras y reparto plagado de estrellas, dejaron de realizarse en Hollywood durante décadas. Sin embargo, el éxito de Gladiator (Ridley Scott, 2000) ha permitido que los responsables de Troya se hayan podido gastar 150 millones de dólares en su producción, algo inaudito hace unos años. ¿El resultado? Dispar respecto de la esperada espectacularidad, notable en cuanto a la narración de una de las historias más grandes jamás contadas y casi pleno en el apartado interpretativo. ¿El culpable de esto último? Brad Pitt.

TROYA

Dirección: Wolfgang Petersen. Intérpretes: Brad Pitt, Eric Bana, Orlando Bloom. Género: drama de aventuras. EE UU, 2004. Duración: 165 minutos.

Nunca ha estado tan mal el aquí intérprete del guerrero Aquiles. O, quizá, nunca le habían otorgado un papel con tal variedad de registros, nunca había tenido que mostrar los sentimientos de un hombre tan equívoco. Sus primeros planos, donde debe evidenciar desde el dolor hasta la ira, desde el amor hasta el odio, desde la prepotencia hasta la piedad, son deficientes. El trabajo del resto del reparto, con Peter O'Toole (magistral en la secuencia de la súplica ante Aquiles), Brian Cox, Eric Bana y Sean Bean a la cabeza, provoca que la mala actuación de Pitt sea más visible.

El guión de David Benioff (escritor de la magistral La última noche, de Spike Lee) fluye con soltura a lo largo de las casi tres horas de película, que nunca aburre. Con buen criterio, Benioff ha limitado la influencia de los dioses en la historia (muy presentes en la Iliada) y ha dotado a sus personajes de más humanidad, reduciendo al mínimo los designios de los de arriba. Por su parte, el veterano Wolfgang Petersen, capaz de lo mejor (El submarino, En la línea de fuego) y de lo peor (Air Force One), demuestra su habitual profesionalidad y se luce en el rodaje de los duelos, como el de la secuencia inicial entre Aquiles y el gigante, pero no tanto en las secuencias con miles de extras. Braveheart, Gladiator, Salvar al soldado Ryan o Master and Commander han demostrado que las batallas en el cine pueden ser terribles en sus consecuencias, pero muy espectaculares visualmente. A Petersen, sin embargo, no se le ve cómodo entre tanto mare mágnum, lo que le lleva a un pequeño caos más cinematográfico que bélico. Igualmente, parece increíble que director y montador no hayan eliminado esos chirriantes primeros planos de Saffron Burrows observando desde la muralla la lucha de Héctor (Eric Bana), su marido, contra Aquiles. Deficiencias de dirección a las que hay que añadir la tópica, omnipresente y excesivamente subrayada banda sonora de James Horner.

Troya está lejos del estilo de Cleopatra, una película con tanto texto (magnífico, por otra parte) que el gran público no la disfrutó, y bastante más cerca de la notable Gladiator, aunque sin llegar a su altura. ¿El principal culpable? No hace falta repetirlo. ¿Dónde estabas, Russell Crowe?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de mayo de 2004