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Reportaje:LA EUROPA DE LOS 25 | DERECHOS HUMANOS

Los rusos sin patria del Báltico

Medio millón de habitantes de Letonia y cien mil de Estonia carecen de ciudadanía y derecho al voto

Presionadas por la Unión Europea, Letonia y Estonia han reformado sus legislaciones para integrar a sus minorías rusas. Ha habido progresos en los últimos años, pero todavía quedan decenas de miles de personas en las dos repúblicas que carecen de ciudadanía y tienen limitados sus derechos políticos. Son aún inmigrantes en su propio país.

Cien mil habitantes de Estonia y casi medio millón de Letonia carecen en la actualidad de nacionalidad. Son los llamados no ciudadanos, los que tienen pasaportes grises. Étnicamente rusos, tienen limitados sus derechos políticos -no pueden votar en las elecciones generales ni locales en Letonia y sólo en estas últimas en el caso de Estonia - y el acceso a determinadas profesiones como abogado, notario o funcionario del Estado.

Más de una década después de la independencia de la Unión Soviética de ambas repúblicas bálticas, la integración de las minorías rusas -alrededor de un tercio de la población en los dos países- sigue siendo uno de los principales desafíos de sus gobiernos. Un reto que se complica por el peso que Moscú ejerce aún en la región. A las frecuentes expulsiones de diplomáticos acusados de espionaje y a los contenciosos fronterizos todavía pendientes se une la sospecha de buena parte de la sociedad báltica hacia todo lo que proceda de Rusia, sea dinero o influencia política.

"Si los 'no ciudadanos' de origen ruso votaran, algunos partidos podrían perder representación"

El propio ministro de Integración Social de Letonia, Nils Muiznieks, reconoce que existe un gran temor a permitir que los no ciudadanos voten: "Primero, porque si pudieran votar los incentivos para adquirir la ciudadanía serían más débiles de lo que ya son. La segunda razón es que algunos partidos políticos, sobre todo de la derecha, podrían perder representación".

Desde la independencia y bajo la presión de la Unión Europea, Letonia ha ido enmendando su Constitución para facilitar el acceso de la minoría rusa a la ciudadanía. Los requisitos que se exigen ahora son un examen elemental de letón, una prueba tipo test de historia y pagar una tarifa de 20 lats (unos 30 euros).

Muiznieks insiste en aclarar que la minoría rusa de Letonia "no está establecida en regiones o zonas concretas", sino en las grandes ciudades como Riga, la capital; "que el factor decisivo es el idioma" -el letón, que es la lengua oficial, sólo es hablada por el 60% de la población- y que

la razón principal de quienes no se han naturalizado aún es de índole "psicológica". En este sentido, añade que desde la aprobación en referéndum de la entrada en la UE, que despeja las dudas sobre el lugar de Letonia en el futuro, las naturalizaciones van mucho más rápido, con tasas de 1.700 personas al mes".

Pese a ello, aún quedan 480.000 habitantes de Letonia (el 21% de la población) sin ciudadanía. El ministro lo explica porque no tenerla tiene sus ventajas: "Muchos hombres, unos cien mil, esperan a cumplir los 27 años para naturalizarse y evitar así hacer la mili. También porque viajar a Rusia, donde tienen familia o negocios, si no eres ciudadano es cuatro veces más barato". El resto, en su opinión, son gente mayor de 50 años, "presa de la vieja mentalidad soviética" y personas que no saben letón ni tienen necesidad de aprenderlo.

El próximo septiembre entrará en vigor en Letonia una nueva ley de enseñanza que establece que el 60% de las materias en las escuelas públicas se impartirán en letón. Letonia heredó de la URSS un sistema de enseñanza segregado y la reforma ha hecho que la minoría rusa haya puesto el grito en el cielo, desde quienes invocan el derecho a ser escolarizado en su lengua materna a los que sostienen que no hay suficientes profesores capacitados para enseñar materias de ciencias en letón.

Estonia concedió la ciudadanía automáticamente a todos los rusos que vivían en el país antes de 1944. Allí la situación es menos controvertida, pero como dice Dmitri, hijo de un oficial del Ejército Rojo, "a nadie le gusta convertirse en inmigrante en su propio país. A mucha gente mayor nadie les dijo que hacía falta aprender otro idioma. En los viejos tiempos todo era en ruso".

La sombra del antisemitismo

La reciente aparición de una serie de artículos en el diario de Vilnius Respublika con el titular "¿Quién gobierna el mundo?" e ilustrado en primera página con una caricatura de un judío y un homosexual sosteniendo el globo terráqueo ha vuelto a despertar el fantasma del antisemitismo en Lituania.

Las autoridades lituanas, preocupadas por la imagen exterior del país, condenaron la publicación de los artículos y el Parlamento decidió cerrar el grifo de la información oficial al diario, pero el director del periódico, Vitas Tomkus, que ya tenía antecedentes, ha removido aguas profundas en la sociedad lituana.

Simonas Alperavicius, presidente de la comunidad judía de Lituania, comenta que el antisemtismo es "como una ola, que crece y se desvanece". "Ahora tenemos una ola alta". Pese a ello, Alperavicius dice que actualmente la situación es mejor - "hace diez años el mismo periódico hizo una cosa parecida y apenas hubo protestas"- y explica el caso por la ignorancia de la gente. "Dicen que los judíos son malos y no saben por qué. No jugamos ningún papel político en Lituania. No tenemos un sólo diputado en el Parlamento".

Los judíos de Lituania, cuya presencia en el país se remonta a la Edad Media, llegaron a ser 250.000 antes la II Guerra Mundial. El terror "racial", como dice Alperavicius, y "social" de los soviéticos, han dejado su número en la actualidad en sólo unos 4.000.

Las huellas de los crímenes están aún vivas. Unos 35.000 fueron fusilados por los nazis en el bosque de Paneriai; 7.000 deportados a Siberia; del centenar de sinagogas sólo queda una en pie y el viejo cementerio judío fue convertido en los años cincuenta en un estadio. "Hay 200 lugares en este país donde se exterminaron judíos", dice Alperavicius, que recuerda que miles de ellos - se calcula que unos 6.000- se marcharon a Israel durante los años de la perestroika.

También está vivo el tabú del colaboracionismo. "La mayoría de los lituanos no quieren hablar de la colaboración. No niegan su participación en el Holocausto, pero sí la quieren reducir. Existe una teoría absurda de que todos los judíos eran comunistas, que fueron ellos quienes mataron a los lituanos en 1941 y que por eso se vengaron en época nazi", añade.

Un situación similar existe en Letonia, país en el que la comunidad judía -unas 90.000 personas- fue virtualmente borrada del mapa durante la ocupación nazi. También allí grupos y publicaciones de extrema derecha avivan el antisemitismo y el odio racial. Las autoridades de Riga han llevado a algunos de sus responsables ante los tribunales. Sin embargo, han arrastrado los pies en los últimos años para atender los casos de los criminales de guerra denunciados por el Centro Wiesenthal. Han pasado más de 60 años y muchas cosas han cambiado. Entre ellas, como dice Alperavicius, que ahora la voz de los judíos del Báltico se oirá en Occidente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de abril de 2004

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