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SOMBRAS NADA MÁS | Rafael Azcona, escritor, guionista

El hombre que hacía volar los aviones

Estaba Rafael Azcona en el ático de un hotel de Via Veneto, en Roma, obligado a escribir un guión de cine y dotado para ello de un paquete de 500 folios. La brisa era más propicia para volar que para escribir, y, en lugar de abordar el guión, este logroñés suave pero terco se dedicó a hacer aviones de papel. Gastó hasta el último folio. Uno de esos aviones se mantuvo en el aire 17 minutos. Ese ha sido en la vida su gran momento de éxito.

Ha hecho algunos de los guiones más importantes de la historia del cine español del siglo XX, y también ha trabajado en Italia, requerido por Marco Ferreri. De hecho, Ferreri fue quien le rescató de Ibiza en los sesenta, cuando Azcona vivía con Ignacio y Josefina Aldecoa el hermoso far niente del prehippismo... Hicieron juntos El pisito, El cochecito, y aquella inmensa transgresión, La gran comilona... Le dijo Ferreri: "¿Serías capaz de escribir una historia en la que se reúnen cuatro amigos a comer hasta morirse?". Cómo no iba a ser capaz. Pero lo más hermoso que hicieron juntos es una película que en español se hubiera traducido El hombre de los cinco globos, en la que narran la historia de un fabricante de caramelos que infla globos; cuando éstos explotan se considera un fracasado, pero cuando no explotan siente la frustración del que no sabe ir más lejos... Le pregunté si eso es la vida: "Hombre, se le parece bastante". Carlo Ponti troceó la película y nunca apareció en los cines...

No sabría decir cuál le gustó más de todas las que se estrenaron, pero tiene como película favorita entre las que ha visto Cantando bajo la lluvia. No recuerda ni quién la dirigió ni quién fue el guionista... En realidad, él tampoco se fija en los otros guionistas: las películas son de los directores... Tiene una respuesta para cuando le preguntan qué es un guionista, y es la que dio su colega italiano Ennio Flaianno: "Es uno que escribe porque los directores y los productores no tienen tiempo".

Nunca ha acudido a recoger un premio, y cuando le dieron el Goya de honor a su obra mandó a su amigo José Luis García Sánchez. Al día siguiente le llamó su hermana: "Qué rejuvenecido estás". Pero no es huraño: habla con la gente, se ocupa de ella, tiene un tiempo ilimitado para la amistad. No va a estrenos: sus películas las ve a las cuatro de la tarde. Y trabaja en los bares, por comodidad. Hizo en la cafetería de unos grandes almacenes muchos de los guiones que escribió con Luis García Berlanga (La escopeta nacional, El verdugo, Tamaño natural), y también trabajó en bares con directores como José Luis García Sánchez (La marcha verde, Tranvía a la Malvarrosa) o como Fernando Trueba (Belle époque, que tiene un Oscar, es un guión suyo)... En los bares, dice, tú puedes pedir cualquier cosa, mientras que en las casas o en los despachos siempre te miran con mala cara cuando pides ginger ale...

Ahora se volverá a leer su libro El repelente niño Vicente (Taurus, 1955), que él ha adaptado como una serie que va a publicar una revista de humor, El virus mutante, de inminente salida. Acaba de terminar para García Sánchez el guión de un filme sobre María Zambrano, y trabaja también con Borau en la escritura de la próxima película del director de Furtivos...

Y es que no puede parar. Un día, recientemente, le preguntaron si tampoco tomaba vacaciones en verano, y él respondió: "¿Vacaciones? ¡Si ya me fui de Logroño!". Se fue de Logroño a Madrid en octubre de 1951, a trabajar en una carbonería; estuvo mes y medio, y se metió en el Café Varela, y después en La Codorniz: dibujó y escribió, conoció gente. Cree que escribir es antinatural, por la postura que hay que adoptar ante la máquina, pero si se jubilara y se dedicara a hacer cosas que no son rentables, que es lo que prefiere, ganaría 60.000 pesetas al mes, y con una pensión así no tendría ni para papel de hacer aviones...

Su padre era sastre; escuchaba con los amigos la Pirenaica, la radio extranjera... Ahora que el Registro Civil le declara un hombre de 77 años sigue pensando que es aquel niño que tenía miedo a los sonidos extranjeros de aquella radio clandestina... A lo mejor ese es el miedo que aún le mantiene en casa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de abril de 2004