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Reportaje:

Sobrevivir a dos atentados

El delineante Manuel Sanz Núñez salió vivo del 11-M y de la matanza del restaurante El Descanso en abril de 1985

Manuel Sanz Núñez ya sabía que, tarde o temprano, se "vendría abajo"; que, después de haber vivido tanto horror cuando su tren estalló el pasado 11-M en la estación de Atocha, llegarían las lágrimas. Y lo sabía porque este delineante de 46 años ya tenía experiencia: salió vivo de otra matanza terrorista.

Fue el 12 de abril de 1985, viernes. Manuel salió a cenar con Carmen, su actual esposa, y con unos amigos. Uno de ellos propuso ir a comer "costillas al estilo tejano" al restaurante El Descanso, en Barajas (Madrid). A las 22.30, cuando ya estaban sentados, una bomba reventó el local. Murieron 18 personas. Todas de nacionalidad española, aunque el local era frecuentado por personal norteamericano de la base aérea de Torrejón. El atentado fue atribuido en un principio a la organización shií Yihad Islámica, pero el caso se archivó en 1995.

El 11 de marzo de 2004 era jueves. Cuando le sonó el despertador, Manuel pensó que podía quedarse 10 minutos más en la cama. Pero no lo hizo. Salió como siempre de su casa y se encaminó a la estación de cercanías del barrio de Santa Eugenia. Se montó en el tren, en el penúltimo vagón. Cuando el convoy llegó a Atocha se oyó la primera explosión. Unas 30 personas fallecieron como consecuencia de las tres explosiones registradas en el cercanías en el que viajaba Manuel.

Veinte años antes, la mesa en la que estaban comiendo Manuel y sus amigos estaba "junto a un muro de contención". Cuando se oyó la explosión sintió como si alguien le empujara la cabeza contra el plato de costillas. Un cascote, "del tamaño del capó de un coche", le cayó en la cabeza. Por suerte, no le dio de lleno y sólo le produjo una brecha sin complicaciones.

La mañana del 11-M, una señora se levantó para apearse en la estación de Atocha. Manuel ocupó el asiento y abrió su libro "de montaña". La primera explosión se produjo en el vagón de al lado. Manuel cuenta que un joven empezó a guiar a las personas hacia la salida. Él le ayudo. Cuando estaba a punto de bajarse avisó a un hombre que permanecía sentado para que saliera. "Le zarandeé y se cayó inerte". Manuel no esperó más tiempo y saltó al andén. Alcanzó el tramo de escaleras que conducen al vestíbulo de Atocha y justo en ese instante se oyeron dos explosiones más. "Pero ya está bien", fue lo único que alcanzó a decir.

Tras la explosión en el restaurante El Descanso, Manuel recuerda que los comensales que estaban a su alrededor habían desaparecido. "Lo primero que hice fue mandar a mi mujer que se tirase al suelo. Pensaba que era una explosión de gas". Manuel tenía una brecha en la cabeza, Carmen, un diente roto, y uno de sus amigos, un golpe en la espalda. "Se veían las luces de la autopista, el edificio había desaparecido". Cogió a su mujer de la mano, la sacó de allí, la metió en el coche y volvió a por sus amigos. Manuel no entiende por qué, tras la explosión, los clientes del local no se dirigían hacia las luces que se veían en la carretera. "Se metían dentro, iban hacia lo que podía ser el porche del restaurante".

Lo mismo ocurrió en los atentados de Atocha. Él sabía que a la izquierda había unas obras por las que se podía salir. Pero la gente, asustada, se movía hacia la derecha, hacia las escaleras.

Manuel consiguió salir por fin de Atocha. Dice que lo único que pensaba era "no me vas a pillar". Decidió esperar 10 minutos para tranquilizarse y llamar a su mujer. No tenía móvil, así que se dirigió a una cabina. "Las monedas no me entraban, pedí cambio a un señor, pero tampoco funcionaban... Me metí en un bar y conseguí llamar". Su hermano le fue a buscar.

Del atentado de El Descanso, Manuel salió en su coche. Condujo hasta el Hospital de La Paz. Sólo uno de sus amigos necesitó permanecer hospitalizado en observación. Ya de madrugada, se marcharon hacia su barrio. "Nos paramos en un bar, estábamos llenos de yeso y el camarero, que nos conocía, nos preguntó de dónde veníamos". En ese momento, en la televisión estaban emitiendo imágenes del atentado. "Venimos de allí", fue la respuesta que le dieron.

Llantos en familia

Lo primero que hizo Manuel al llegar a su casa el pasado 11 de marzo fue abrazar a su mujer Concha y a sus dos hijos. "Nos abrazamos y lloramos juntos". Cuenta que él ya sabía, "por la experiencia de El Descanso", que se "vendría abajo". El primer día después del atentado estaba bien, el segundo peor, "el día de las elecciones, bueno". El lunes no fue a trabajar: "Me empecé a sentir mal y me fui a la montaña". El martes volvió al trabajo. "Me llevó una amiga en coche. La vuelta la hice en tren, fue muy tenso y doloroso. Me costó mucho".

El lunes 15 de abril de 1985, tres días después del atentado en el restaurante, Manuel se fue a trabajar. "Pero a mediodía le pedí a un compañero que me llevara a casa, no tenía estómago ni moral, (...) me sentía muy mal. A partir de ahí, pasamos unos días muy malos... Recuerdo que llorábamos mucho, no entendíamos qué nos pasaba, éramos jóvenes. Simplemente el crepitar de un huevo nos alteraba el pulso..."

Cuenta que, poco a poco, su esposa y él fueron asimilando el atentado en el restaurante El Descanso: "Lo vemos como un acontecimiento más de nuestra vida, desagradable, pero que forma parte de nuestra vida". Manuel espera que ocurra lo mismo con la masacre del 11-M en Madrid: "No me quiero permitir el lujo de odiar a nadie. Ni a los árabes, ni a nadie... Al fin y al cabo, todos íbamos en el tren; hermanos árabes, peruanos, vallecanos..."

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 2004