Reportaje:

Trucos básicos para el amo de casa

Un grupo de hombres de La Rinconada (Sevilla) asiste a un curso para aprender las tareas del hogar

Francisco Rodríguez se acaba de dar cuenta de lo difícil que es enhebrar una aguja. "Hace 50 años mi abuela me pedía que le ayudara porque ella no podía y yo me reía. Y ahora el que no veo soy yo", admite mientras se pelea con el hilo. Francisco es uno de los 15 alumnos del laboratorio doméstico para hombres de la localidad sevillana de La Rinconada, en el que dos días a la semana ellos se cuelgan el delantal y un grupo de mujeres les enseñan los trucos básicos para defenderse en las tareas del hogar.

Casi todos coinciden en que lo que más les gusta es la cocina. Uno días preparan un menú completo y otros aprenden platos muy distintos a base de un mismo producto, desde el arroz, al bacalao, el huevo o la pasta. Francisco Rodríguez se ha apuntado con su hijo Fran, de 19 años, quien reconoce que hasta ahora su colaboración en casa se limita a "poner y quitar la mesa". "Pero quiero aprender más para cuando me vaya a vivir solo", asegura.

Su padre ha trabajado en la banca durante 33 años, 24 de ellos como director, y dice que ahora se está dando cuenta del trabajo "ingrato y poco reconocido" que hacen las amas de casa. Está prejubilado desde hace un año, y ya ayuda a su mujer a fregar y hacer la compra, aunque padre e hijo aún no han podido demostrar en casa lo que les enseñan en el curso. "Mi mujer no se fía", asegura Francisco, que se mueve entre la cocina, donde están preparando lentejas con chorizo, tortilla de verduras y tarta de flan; y el taller de costura, en el que hoy tiene encomendado subirle el dobladillo a los bajos de un pantalón. "Cada cuatro puntadas se me va el hilo", se queja.

Las clases son gratuitas gracias a la financiación del programa europeo Equal, orientado a la eliminación de las desigualdades de género, y se imparte en la guardería municipal de la Rinconada. Las cinco mujeres que por la mañana atienden a 135 niños se dedican por la tarde a enseñar a los hombres. "Las clases son muy prácticas porque si no, se aburren", explica la directora del laboratorio, Trinidad Castro, quien se maravilla por lo limpia que dejan la cocina en cuanto terminan.

La plancha es lo que más les cuesta, "sobre todo en los pantalones por la parte de los bolsillos", advierte otra de las profesoras. Algunos se jactan de no hacerlo mal. Como Miguel Ángel Cerequera, que cocina y plancha con soltura desde que se fue a vivir solo hace tres años. "¿Qué voy a hacer? No voy a estar todo el día a base de latas", dice. Su asignatura pendiente es la costura y admite que cuando se le cae un botón se lo lleva a su madre. "Pero podría hacerlo yo", insiste.

El más veterano es Manuel Díaz, un albañil prejubilado de 60 años. Asegura que se apuntó por iniciativa propia para ayudar más a su mujer, que tiene que compaginar el papel de ama de casa con la tienda de comestibles que regenta. "Espero poder ayudar ahora más. Al menos en la cocina porque a lo mejor mi mujer no se fía de dejarme la plancha", afirma.

Las lecciones incluyen, entre otras cosas, costura de emergencia, trucos para cuadrar el presupuesto, o diez claves para meterse con cabeza en el supermercado. El curso dura dos meses y se han quedado alumnos en lista de espera. Algunos vecinos del pueblo están pidiendo ya al Ayuntamiento que organice laboratorios mixtos e incluso uno de chapuzas de la casa para que las aprendan las mujeres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 06 de marzo de 2004.

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