Columna
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Los amos de España

¿Por qué crece, día a día, entre nosotros la percepción de que la democracia se está envileciendo en nuestro país? A medida que nuestros gobernantes se sienten más seguros de su fuerza, aumenta el desdén con que nos tratan. Nada, fuera de su perpetuación, parece importarles. Sus razonamientos son cada vez más burdos, pero resuenan con mayor insistencia, pretendiendo convencernos con su repetición. Cualquier disidencia es inmediatamente acallada por un coro de voces mediáticas que ya han sentenciado antes de juzgar. Desgraciadamente, conocemos esa vieja melodía, y tenemos motivos para temerla.

La moneda que Federico Trillo regala a la periodista, al preguntarle ésta sobre las armas de destrucción masiva, no es únicamente una salida de tono desafortunada: manifiesta claramente una posición. Desde hace tiempo, el ministro se ha situado por encima de las leyes implícitas de la democracia. Por eso, se extraña de que su broma no sea entendida. En este país, ya no son los ciudadanos, ni es la prensa, quienes deciden la importancia o el interés de un suceso; ahora son los políticos quienes se atribuyen esa tarea. A ellos corresponde decirnos lo que es y no es importante, lo que debemos o no debemos creer, de lo que toca o no toca hablar. A ese punto nos han reducido.

Conforme pasan los días, vemos multiplicarse las mentiras y, lo que es más doloroso, nos sentimos impotentes para plantarles cara. Poco a poco, nos vamos acostumbrando a ellas, transigimos, nos amoldamos. La indignación de ayer, se vive hoy atenuada, y esa ligera quemazón que aún nos perturba, es probable que desaparezca por completo en unas semanas. Nos hemos envuelto en la moral de la comodidad. De seguir por esta línea, cuando queramos reaccionar, no sabremos cómo hacerlo porque nos habrán arrebatado las palabras. Ya han empezado a despojarnos de ellas.

No hablo de elecciones, ni de programas. Hace tiempo que consentimos en que las campañas electorales se convirtieran en una subasta, al no exigir a los candidatos el cumplimiento de sus promesas. Esa partida, ya la perdimos para la democracia. Hablo de actitudes. ¿Cómo confiar en quien no me respeta? Puedo entender -aunque no los comparta- los motivos de Aznar para apoyar una guerra que él consideraba beneficiosa para España. Lo que me inquieta es que, demostrada la falsedad de los argumentos con que pretendió convencerme, piense que basta sostener la mentira para convertirla en verdad. Si permitimos que la razón se decante del lado de los listos -y ése es la pendiente por la que nos deslizamos hoy-, deberemos prepararnos para lo peor.

Una sensación de impunidad se ha instalado en nuestros gobernantes. Como controlan su repercusión pública, saben que cualquier cosa les está permitida y pueden manejarla conforme a sus intereses. Creo que aún no somos conscientes del calado de esta empresa y su efecto sobre la nación. Quizá la descarada ostentación a la que se entrega cada día Carlos Fabra debiera servirnos de advertencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 19 de febrero de 2004.

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