Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:DEBATE | China: ¿'amenaza' u oportunidad para la UE?

El comercio, no la guerra

La integración de la economía de China en el contexto mundial, mediante su progresiva apertura al exterior, constituye uno de los fenómenos potencialmente más importantes de este comienzo de siglo. El rápido crecimiento registrado en los últimos años en China -sexta economía mundial, en términos de producto interior bruto, y quinta potencia comercial-, ¿constituye una amenaza, dada la compencia de sus productos fabricados a bajos costes, o una oportunidad fructífera para los países de la Unión Europea? Dos expertos analizan aquí las características de este proceso.

China vuelve a estar de moda: la sinización, el enchinoisement que periódicamente experimenta ese apéndice geográfico de Asia que es Europa vuelve a estar en su fase ascendente; incluso en un país engreído y provinciano como el nuestro hay quien empieza a tomársela en serio. Con razón: porque si China está cambiando con su apertura al exterior, el mundo cambiará con la integración de la economía china en el escenario económico mundial; y es por ello bueno tratar de saber en qué consistirán esos cambios.

El proceso es de naturaleza similar al seguido por un país como España en su integración en el espacio europeo: China saca hoy partido de la ventaja que le otorgan unos costes laborales muy bajos para desarrollar sus exportaciones. Esa ventaja irá desapareciendo, como ocurrió en España, a medida que sus costes laborales vayan subiendo; al mismo tiempo, el enriquecimiento paulatino de sus consumidores irá haciendo menos necesario a los fabricantes establecidos en China el recurso a la exportación para dar salida a sus productos. Mientras tanto, población y empleo se habrán ido desplazando del sector rural hacia las ciudades, para trabajar en la industria y los servicios. Por el camino, como es bien sabido, habrá quien gane y quien pierda: ganarán los consumidores del resto del mundo, las empresas exportadoras de uno y otro lado, y los trabajadores del sector exportador chino; perderán los productores desplazados del comercio mundial por las exportaciones chinas. Si el lector se atreve a poner en uno de los platillos de la balanza el beneficio de millones de consumidores que comprarán sus camisetas un poco más baratas, y, en el otro, el perjuicio sufrido por miles de trabajadores que perderán su empleo y tardarán más o menos tiempo en encontrar otro, podrá decidir si el mundo, en conjunto, ha ganado o ha perdido en el proceso; me inclino a pensar lo primero, pero está permitido disentir.

China saca hoy partido de costes laborales muy bajos para desarrollar sus exportaciones

MÁS INFORMACIÓN

La naturaleza del proceso es conocida; su dimensión no tiene precedentes. Se estima -de forma muy imprecisa- entre seiscientos y mil millones el número de empleos a crear en el sector moderno de la economía china, durante las dos próximas décadas, para absorber el flujo de mano de obra que probablemente irá abandonando el sector rural en busca de mejores oportunidades. Pero el ritmo de creación de empleo en el sector moderno viene siendo muy inferior al que sería necesario; tanto es así que la capacidad de generar empleo no agrícola en cantidad suficiente es una de las incógnitas de la modernización de la economía china, y quizá el principal problema al que se enfrentan las autoridades del país: ello contribuye a explicar, dicho sea de paso, sus compras de dólares, por las que parte del ahorro interno va a financiar las compras de productos chinos por parte de los consumidores estadounidenses, que crean así empleos en el sector exportador chino.

Siendo esto así, es de prever que los costes laborales tarden en subir, por el exceso de mano de obra dispuesta a trabajar en el sector moderno al salario existente; de manera que China mantendrá su ventaja comparativa durante mucho tiempo, y los perdedores en el proceso, si no espabilan, serán más numerosos de lo que fueron en casos anteriores. En este temor se basa, no sólo la estrategia de las muchas empresas occidentales que han trasladado a China su fabricación, sino también la noción de China como amenaza: noción bastante extendida, como prueba el millón largo de entradas que el lector puede encontrar en la dirección "China Threat" de la Red. Según esta "teoría de la amenaza", los productos chinos, cada vez más complejos y de mejor calidad, producidos a unos costes sin competencia posible, irán desplazando inexorablemente a los de otros países: China se convertirá en "la fábrica del mundo"; hay que suponer que el resto del mundo contará con unos mil millones de desempleados, para que salgan las cuentas.

Esta visión es exagerada y perniciosa. Es exagerada por dos razones: en primer lugar, las exportaciones contribuyen al desarrollo del mercado interior chino, aunque sus efectos puedan tardar en manifestarse, y van brindando oportunidades a las empresas exportadoras del resto del mundo: acordémonos, sin ir más lejos, de aquellas empresas occidentales que se instalaron en China pensando que, si el uno por ciento de la población les compraba uno de sus artículos, iban a nadar en la abundancia; es decir, que se vieron atraídas por el tamaño del país, sin haber tenido en cuenta su escaso poder adquisitivo; esas empresas, si sobreviven, acabarán por tener razón. En segundo lugar, porque, si bien la integración de China en la economía mundial es un proceso natural, no es en modo alguno mecánico. Muy al contrario: el ritmo de la integración debe ser cuidadosamente dirigido, para que los beneficios potenciales no terminen siendo pérdidas para todos; baste recordar que, si la economía china tiene ventajas en algunos sectores, como el de la confección o el textil -potenciales perdedores en el resto del mundo-, otros no podrían hoy soportar una competencia sin barreras por parte de las economías occidentales: buena parte de la agricultura china y sectores como la automoción son dos ejemplos. Para estas cosas está la Organización Mundial del Comercio, donde se negocia sector a sector y producto a producto, y donde hay que esperar que nuestros intereses, que no tienen por qué coincidir con los de otros países de nuestro entorno, estén bien representados y sean bien defendidos.

Es perniciosa, porque la idea de amenaza lleva implícita la de defensa; y, como está de moda pensar que la mejor defensa es el ataque, conduce a mirar la escena económica mundial como si fuera un campo de batalla. En realidad, el elemento principal del desarrollo del comercio no es la confrontación, sino la negociación, y el comercio es, en su esencia, una actividad, no sólo pacífica, sino cooperativa. Así lo entendió Estados Unidos cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, hizo del libre comercio uno de los pilares de la reconstrucción europea: consideraba entonces que el libre comercio era un instrumento de prosperidad y, por ende, un vehículo de paz; y hay que lamentar recientes pronunciamientos de las autoridades norteamericanas, que no sólo parecían obedecer a las demandas de grupos de interés bien identificados, sino que empleaban un tono en exceso belicoso.

Hay que mantener un enfoque pacífico al tratar de la integración de la economía china, y no tratar de sustituirlo por un vocabulario militar, cuando no cuartelero. La apertura al exterior ayudará a la modernización de la economía china; con ella tardarán menos sus ciudadanos en alcanzar la "pequeña prosperidad" que les fijaba como meta el presidente Jiang Zemin. Un proceso bien llevado no tiene por qué infligir pérdidas irreparables a nadie; en cambio, hará posible lograr algo que el mundo necesita para su equilibrio: que China ocupe el lugar que le corresponde, no sólo en el terreno económico, sino también en el escenario político y cultural.

Alfredo Pastor es profesor del IESE, Universidad de Navarra y decano de la China-Europe International Business School de Shanghai.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de febrero de 2004