Fantasías sobre el mal
Lento goteo editorial de William Blake (1757-1827) entre nosotros, casi como si de una predicción estacional se tratara. Le toca ahora el turno a El libro de Urizen (1794), libro escrito el mismo año que Cantos de experiencia. Cada nuevo libro de Blake, si nos abstraemos de los comentarios sobre su obra de corte académico -a veces más esotéricos que la propia obra de Blake-, nos obliga a hacernos la misma pregunta, una y otra vez. ¿Qué clase de invenciones son estas a las que por comodidad llamamos poesía? No son poemas, al menos poemas al uso; son más bien narraciones en verso, y no en verso especialmente cuidado ni brillante sino en verso en cierto modo atropellado, determinado sin duda por una cierta urgencia visionaria, y nunca mejor que aquí empleada esta palabra. Estas extrañas visiones -con su correspondiente correlato plástico, no menos asombroso- pertenecían a una especie de combativo y rebelde gnóstico perdido en el Londres de fines del XVIII, inmensamente aislado y repelido por el entorno, decidido a volver a relatar el origen de nuestro mundo en competencia con los autores de la Biblia (y también con Milton).
EL LIBRO DE URIZEN
William Blake
Traducción de José Luis Palomares
Hiperión. Madrid, 2003
187 páginas. 12 euros
Urizen es una de esas fi-
guras blakeanas construidas para explicarnos el sentido de esa creación. Pero yo diría que lo de menos es comprender qué significa esa figura -básicamente el mal, todo lo que aherroja la libertad humana y el inmenso poder creativo del hombre- y qué significan las figuras que se le oponen (sin poderle vencer, al menos en este libro): Los, Orc, Enitharmon, nombres todos ellos extravagantes que ya por sí solos aluden a la extraña empresa imaginativa de este poeta más solo y apartado que nadie. Lo más importante al leer El libro de Urizen -y cualquier otro texto de esta clase de Blake- es comprender a fondo la naturaleza de esta fantasía que se busca más allá de sí misma, en el puro lugar de la trascendencia, que quiere decir el lugar de una creación pura, abstraída, absorta en sí misma, luchadora con su propia significatividad problemática y no sé si con su propia angustia de no saberse de antemano comprendida por nadie. Lo más importante al leer a Blake es comprender la creación literaria en estado puro y con el más puro de sus designios: saber quiénes somos y por qué somos como somos.
Sin embargo, Blake no proporciona placer inmediato, entre otras cosas porque es difícil encontrar a primera vista sentido a sus extrañas fábulas. A veces me pregunto quién leerá hoy a este poeta al que sus contemporáneos consideraron loco (Wordsworth entre ellos, si bien intuyó lo que de singular y auténtico se espesaba en sus creaciones). Su mitografía es de forja propia y laberíntica. Requiere esfuerzos y frecuentaciones para familiarizarse con ella. ¿Y ello con qué paga? Quizá con el placer de ver un mundo hacerse -y en Blake se nota como en pocos el esfuerzo solitario de la creación- entre la más remota e insólita trama mitológica y el mundo industrial inglés de fines del XVIII y comienzos del XIX (esas herramientas que en textos como éste evocan factorías metalúrgicas, la más extraña cosa). Pero sobre todo el placer del ímpetu moral, la principal pasión blakeana, fabulosamente cristalizada en versos -ahora sí- imborrables, a veces esplendorosamente líricos, de descomunal belleza, a los que sólo cabe el calificativo de geniales y profundamente sabios y que merecerían una traducción no sólo rigurosa (y ésta lo es), sino más cercana a la rara y difícil poesía de Blake.
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