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COLUMNA

Monstruos

A finales del siglo XIX los comerciantes chinos de Singapur y Hong-Kong habían descubierto un negocio excepcional a partir de las teorías evolucionistas de Darwin: la creación de los monstruos que los clientes occidentales, fundamentalmente los británicos, deseaban encontrar. Era una época en que se había desatado la pasión por el eslabón perdido, no sólo en la carrera biológica que conducía al hombre sino en los diversos órdenes de la naturaleza, y los científicos y coleccionistas estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de presentar un nuevo hallazgo en su sociedad geográfica o de colocar una pieza única en la estantería de un museo.

Los comerciantes chinos, con un ancestral sentido de la anticipación en estos asuntos, tenían contratados a los mejores taxidermistas, de manera que éstos fabricaran nuevas especies por el complejo y artístico procedimiento de ensamblar distintos animales hasta conseguir uno inédito. Dos pedazos de realidad conseguían, así, convertirse en otra realidad que, si bien únicamente estaba en la ingeniosa fantasía de los taxidermistas, era comprada con entusiasmo como verdad por quienes estaban dispuestos a que lo fuera a toda costa. El negocio fue tan amplio que durante el siglo XX los museos de ciencias naturales de Europa y América han tenido que retirar con frecuencia algunos ejemplares tenidos previamente como auténticos y luego descartados como falsos; algo semejante a lo que deberían hacer tantos museos de arte si quisiesen depurar con rigor la autenticidad de sus colecciones.

Naturalmente la fascinación por el monstruo, que junto a la avidez por el conocimiento o por la acumulación explica la ingenuidad de los clientes occidentales ante las mercancías exóticas, es una constante en la Historia, con una inigualable riqueza de versiones, como lo demuestra toda la cultura escrita y visual, desde las incisivas incursiones de Herodoto en aquel magnetismo hasta los episodios medievales alrededor del unicornio o las continuas propuestas de la cinematografía desde su origen mismo. Después del hombre, el monstruo es el mayor protagonista de la historia humana.

Lo tiene todo para serlo: es verdadero o falso según el instante, es real o ficticio según la perspectiva, es amigo o enemigo según la conveniencia, es motivo de atracción o de temor según el ángulo vital en que nos hemos colocado. Cada hombre se siente solidario con sus propios monstruos descalificando a los de los demás (precisamente por ser monstruos), del mismo modo que cada época y cultura acusa a los monstruos de las otras épocas y culturas (por ser tales monstruos) mientras acaricia el sinuoso lomo de los que considera suyos.

De lo que no hay duda es de la enorme capacidad que tenemos para crear en cada momento el monstruo adecuado para despertar nuestro terror, partiendo naturalmente de la base de que sólo consideraremos monstruoso a lo otro al tiempo que lo nuestro, por monstruoso que realmente sea, será llamado defecto o error, algo que no vulnera el estatuto de la especie o de identidad. Podría, pienso, escribirse una suerte de Contrahistoria en que el paso de los siglos se examinara bajo la óptica de los monstruos concebidos y los terrores desatados a lo largo de las sucesivas generaciones. Repasando tan sólo los más recientes podríamos constatar fácilmente los estragos causados por monstruos a los que se denominó Raza, Clase o Pueblo Elegido y las secuelas de devastación que dejaron tras ellos.

Y sin embargo, vistos hoy estos monstruos -¿o deberíamos llamarles categorías sociales?-, pese a arrastrar en su paso por el escenario tantos millones de cadáveres, no son para nada distintos a aquellos extraordinarios híbridos manufacturados por los taxidermistas chinos. También Raza, Clase o Pueblo Elegido, como los disecados falsos de éstos, eran productos de gabinete en los que los alquimistas de las ideologías consiguieron mezclas cautivadoras y terroríficas. Y los monstruos fueron llamados ideales hasta que los ideales fueron llamados monstruos: a menudo sólo la afilada cuchilla del tiempo acaba separando unos y otros.

No es una tarea fácil. Siempre he pensado que la enigmática proclama del grabado de Goya, "El sueño de la razón produce monstruos", debería ser atendida en doble dirección, pues si, por un lado, se refiere a las criaturas engendradas por una razón dormida, por otro, podría referirse asimismo a las ensoñaciones de la razón. De ser así, Goya habría identificado magistralmente la naturaleza del monstruo, tanto un fruto de la irracionalidad como del delirio pretendidamente racional.

Así se manifiestan hoy nuestros monstruos, con las motivaciones de los de ayer pero con nuevas formas, expresiones de una brutal sinrazón y, simultáneamente, dibujos grotescos de una razón supuestamente insuperable. Si prestamos atención, con la menor cantidad de prejuicios posible, observaremos que todas las criaturas grotescas que se mueven por el paisaje de fobias y filias actuales son el resultado de mezclas tan fantasiosas como las de los salvajes de las crónicas de Herodoto, los habitantes de los bestiarios medievales o las falsificaciones de los taxidermistas chinos. Claro está que a unas les hemos puesto nombres espantosos como Terror, Fundamentalismo o Fanatismo y a las otras las hemos llamado graciosamente Bien, Libertad y hasta -con singular refinamiento- Dios.

Nada nos define tanto como nuestros monstruos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de diciembre de 2003