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Maratón estilístico

Enrico Pieranunzi se presentó solo ante un estupendo Bösendorfer cuyas teclas atacó con delicadeza mediterránea. Ése fue el único rasgo persistente de su recital porque, en cuestiones de repertorio y de estrategias para desarrollarlo, prevaleció la disparidad. En La Abadía se escuchó tanto al compositor marcado por la tradición culta europea y el folclor de su país como al cosmopolita que interpreta, con talante casi cabalístico, piezas escritas al otro lado del Atlántico.

Sus temas originales (Islas, Canto nascosto, Una piccola chiave dorata) tuvieron la perfección formal del pelo engominado con la raya al medio. Por suerte, después asomó el Pieranunzi experto en adivinanzas, el músico espontáneo capaz de hacer diabluras mezclando el gershwiniano Fascinating rhythm con la Freedom jazz dance de Eddie Harris y con el Jitterbug waltz de Fats Waller. De esos temibles nudos borgianos, Pieranunzi se zafó con la misma facilidad que de una simple lazada. El italiano terminó su maratón estilística con esa delicia llamada Someday my prince will come. Para contrastar, quizá hubiera sido buena idea que añadiese alguna de las obras maestras de Nino Rota, Ennio Morricone o, aún mejor, de Wayne Shorter.

Enrico Pieranunzi

Enrico Pieranunzi (piano). La Abadía. Madrid, 17 de noviembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 18 de noviembre de 2003.