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Reportaje:CONGRESO DE CATÓLICOS Y VIDA PÚBLICA

El sermón de Kiko Argüello

El fundador del Camino Neocatecumenal, el movimiento más numeroso del catolicismo, dibuja en Madrid un panorama apocalíptico del mundo y del hombre

"El ser más profundo del hombre está muerto", dijo ayer Kiko Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal (popularmente los kikos). Convocado por la Asociación Nacional de Propagandistas y la Fundación San Pablo-CEU de Madrid para hablar de La belleza que salva al mundo, Argüello pronunció un apasionado sermón. "¡Ay de mí si no predicase!", se disculpó. "Matan a los ancianos con eutanasias en Holanda y hay homosexuales por todas partes, los jóvenes se suicidan, hay 300 millones de abortos en China y los padres tienen dos hijos, cuando por la paternidad responsable que dicen los curas debería tener once o doce, los que Dios mande", clamó el líder de uno de los movimientos más numerosos del catolicismo.

Kiko Argüello, rigurosamente de negro, acaba de quitarse la chaqueta. Lleva una hora hablando y abandona la mesa presidencial con un enorme y barroco crucifijo dorado en la mano izquierda, y un potente micrófono en la derecha. Enérgica la voz, y ronco; apasionado el tono y la mirada mística o risueña mientras habla ora al crucifijo, ora al público, y también hacia el techo, como buscando palabras hermosas que se le escapan. Ha empezado hablando de su vida: los años mozos en Madrid, hijo de una familia acomodada -"de padres bienestantes", dice-, estudiante de Bellas Artes, pintor, músico y "perdido, sin rumbo, adicto a Sartre y rodeado de comunistas" en las aulas y entre los amigos. "Demasiado narcisista. Pensando en quitarme la vida: por el absurdo. Leyendo a Sartre", explica Argüello, al principio con voz queda y temblorosa.

"Hay que replantearse la estética de las iglesias. La estética es fundamental. Evita los suicidios"

"¡Un horror! El Tercer Mundo y los pobres... Como si el hombre no tuviera espíritu"

Como aperitivo de una charla que pronto se convirtió en encendido sermón, la mayoría de las veces apocalíptico, Argüello relató ayer su conversión al catolicismo tras irse a vivir "a una barraca infecta" en Palomeras Altas, en los arrabales de Madrid, donde habitaba una sirvienta de sus padres, maltratada por "un marido pendenciero que sólo hacía caso a mis consejos", dijo el futuro fundador. "En aquella barraca compartí la vida con las ratas, y los perros vagabundos me daban calor. Me fui allí no para ayudar, no para hacer obras sociales, sino para ponerme a los pies de Cristo. Con la Biblia, con una guitarra. Con frío, con muchísimo frío. Allí encontré a Cristo crucificado", dijo.

Kiko Argüello llegó a las diez de la mañana a la sede de la Fundación San Pablo-CEU rodeado de severas medidas para espantar aglomeraciones. Quienes no entraron en el salón principal seguirán el discurso por televisión en varias salas del edificio universitario, o por Internet. "Imprescindible acreditarse", había advertido la organización. Y nada de entrevistas. "Kiko Argüello no suele conceder entrevistas". Tampoco habrá coloquio tras la conferencia, al contrario que en los días anteriores. Y los fotógrafos deben abandonar la sala en tres minutos. El fundador del Camino Neocatecumenal acababa de llegar de Roma, donde reside, y mañana volverá a Italia porque ha sido convocado por la Conferencia Episcopal de aquel país "para que les explique el Camino", dice.

La conferencia estrella del V Congreso de Católicos y Vida Pública, que ha convocado este fin de semana a varios miles de personas, fue en realidad un largo sermón. Kiko Argüello había sido invitado para hablar de La belleza que salva el mundo, un asunto acorde con el lema del congreso, ¿Qué cultura? Pero dejó claro desde el comienzo cuáles era sus intenciones. "No soy un conferenciante, soy un predicador. ¡Ay de mí si no predicase! Por esto dejé la pintura. En principio dije que no iba a venir, pero después el obispo me llamó y, en fin, que Jesús nuestro señor me ayude".

Mediado el sermón, salpicado de citas de pensadores y artistas modernos, en su mayoría ateos, y, sobre todo, de salmos, parábolas o pasajes del Antiguo Testamento, Argüello increpa al auditorio. "¿Se me oye bien? Es que estáis tan calladitos". Risas. Continúa: "Es que no sé qué estaba diciendo" [Le apuntan: 'La intuición, la intuición, según Bergson']. "Ah, sí. Eso. Bergson, claro. Intenté creer y no podía creer. Todo lo que me decía en Bellas Artes un cura, que era inteligente, sí, todo parecían pamplinas. La angustia existencial, pamplinas. Pero no quiero escandalizar. Estoy en una universidad. La culpa es vuestra que me habéis invitado".

A veces se acerca a las primeras filas y escoge interlocutor. "Este señor de aquí, ¿en qué cree, si acaso cree?". El señor, sorprendido, no replica. Risas apagadas. Ahora le toca a un cura. "Este cura de acá", interpela. "Este cura, a ver: a lo mejor necesita de una palabra porque es un pecador muy grande". Y regresa con el crucifijo hacia la mesa presidencial. Nuevos susurros del público. Kiko Argüello se vuelve ahora hacia los estrados que acogen, a su izquierda, con solemnidad académica, a algunos de los patronos de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, ilustres militantes de la Asociación Católica de Propagandistas creada en las primeras décadas del siglo pasado por el cardenal Ángel Herrera Oria. El predicador interpela con desparpajo a Marcelino Oreja, primer ministro de Asuntos Exteriores en los gobiernos de Adolfo Suárez. "Este hermano, a ver: ¿tiene vida interna? ¿La tiene? Que lo demuestre. La fe no es de todos. No a todos los encuentra Dios dignos de tener la fe". Al lado de Oreja se sentaba Carlos Mayor Oreja, ex consejero del Gobierno de Alberto Ruiz-Gallardón en Madrid.

Para entonces ya ha citado a Sartre, al Dostoievski de Los idiotas -"la belleza salvará al mundo"-, a Nietzsche, también a Camus y su libro La peste -con éste, y más tarde en "la barraca infecta", descubrió "la miseria marcada por los pecados del mundo", dijo-; a los filósofos Bergson y Pascal, o a Platón, además de a pintores o escultores como Kandinsky o Henry Moore, más otros del pop-art. "Lo que me hubiera gustado es dar una conferencia sobre arte, sobre pintura, sobre escultura". De pronto se para y sale de nuevo al proscenio. Pregunta: "¿Conocéis a Henry Moore? Un escultor inglés. Muy importante, sí. Tenéis que haceros un poco de cultura". Nuevas risas. En realidad, estaba hablando de que "no cualquier curva es estética, porque en la estética hay un profundo secreto: el amor".

El entusiasmo de Argüello por el arte -"¿sabéis quién es Oscar Wilde? Dijo que la naturaleza imita al arte. El artista te enseña a ver la naturaleza. Ves una maceta de girasoles y dices: 'Mira, se parecen a los girasoles de Van Gogh"- fue poco a poco dejando paso a su idea, muy sombría, del catolicismo. "Toda la cultura, de izquierdas, y Dios abandonado por los artistas, con una Iglesia que se había quedado solo con las ancianas, llena de viejos, y con los pobres". Esa Iglesia necesita "nuevas estructuras". "La Iglesia hoy no tiene ninguna estética. El islam sabe hacer mezquitas, doradas, hermosas. La estética es fundamental. Evita los suicidios. Hay que replantearse la estética de las iglesias; se lo he dicho a cien obispos que se han reunido conmigo para hablar sobre eso. Hay que hacer comunidades cristianas donde se exprese la belleza, porque el hombre ha sido creado para ser amado".

De la belleza, sin embargo, pronto pasará al libro del Apocalipsis. Y a Hitler. Incluso a Mac Luhan: "¿Sabéis quién es, no? Dijo que el medio es el mensaje, pero nosotros no queremos copar las universidades ni la televisión". Leyó más tarde el pasaje apocalíptico de la célebre ramera con que fornicaron los reyes de la tierra. Dijo: "Uf, muchachos, lo que me toca leer: vestida de púrpura, escarlata, las impurezas de la prostituta, la madre de todas las rameras, de todos los prostíbulos y de todas las abominaciones de la tierra. La gran Babilonia. La gran ciudad: Babilonia, Roma, New York".

Argüello pidió librarse de esa "gran ciudad" porque representa el caos, las eutanasias, el suicidio, la uniformidad. "El ser más profundo del hombre está muerto". Y citó, casi a gritos, los divorcios, la muerte y a los padres que sólo tienen dos hijos "y hablan como algunos curas de una paternidad responsable, cuando la paternidad responsable es lo contrario: dar la vida al ser humano: diez, doce hijos, los que Dios mande". También arremetió contra los teólogos de la pobreza: "¡Un horror! Sólo el Tercer Mundo y los pobres. Como si el hombre no tuviera espíritu", dijo. De pronto, Kiko Argüello se para. Respira hondo unos segundos. Baja los brazos. Y termina de golpe: "Rezad por mí". Tras un largo silencio, inicia el rezo del Padre Nuestro. Y se fue, tan protegido de alborotos como había llegado.

Más de un millón de seguidores

Fue en 1964 cuando Kiko Argüello, que entonces tenía 25 años y era un pintor de éxito entre la burguesía madrileña, puso en marcha en uno de los barrios más pobres de la capital, Palomeras Altas, el Camino Neocatecumenal, acompañado en el empeño por Carmen Hernández, que acababa de llegar de misiones en Bolivia y recaló en otra barraca de la misma barriada. El mundo católico los conoce por los kikos.

Argüello inició su carrera eclesiástica tras una conversión novelesca y ejerciendo primero de predicador de los Cursillos de Cristiandad. También pasa por ser un buen músico. Algunos le señalan ya como el nuevo Ignacio de Loyola, el vasco que fundó los jesuitas para ayudar a la Iglesia de Roma y de Trento en su primera gran crisis.

Kiko Argüello y Carmen Hernández viven ya en Roma, como los grandes fundadores religiosos, y cuentan "al cien por cien", dijo ayer el fundador, "con el apoyo de Juan Pablo II", que dio el visto bueno a los estatutos del Camino el verano pasado.

Tenidos por el ala más conservadora del catolicismo, los kikos suman más de un millón de fieles, repartidos por 105 países, 16.700 comunidades, 883 diócesis y 4.900 parroquias. También cuentan con 52 seminarios, 731 presbíteros, 63 diáconos, 1.500 seminaristas y algunas universidades (como la San Antonio de Murcia), además de con la complacencia demostrada de numerosos prelados, entre otros la del cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de noviembre de 2003

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