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Crítica:MEMORIA DE LAS PALABRAS

Salvar unas almas del naufragio

La reedición del clásico libro de Pedro Salinas sobre la poesía de Jorge Manrique, con sus temas del amor y la muerte, y la revisión por José-Carlos Mainer de los estudios literarios en la posguerra dan una oportuna imagen de la actividad intelectual española durante los años cuarenta, tanto dentro del país como en el exilio.

Desde el seminal Literatura y fascismo (1971) hasta este La filología en el purgatorio, José-Carlos Mainer ha desarrollado una vasta obra interpretativa de nuestra tradición cultural más reciente que ha modificado de manera irreversible nuestro conocimiento y comprensión de la misma.

En esta ocasión Mainer atiende a la historia reciente de su propia disciplina, la filología, en su tramo más inhóspito, el del medio siglo, no para trazar una panorámica sino para enfocar algunos nombres propios que sirven como paradigmas de un modo de supervivencia de la razón bajo la dictadura. Tales nombres son los de Guillermo Díaz-Plaja, Francisco Ynduráin, José Luis Cano, José Manuel Blecua, Alonso Zamora Vicente, Emilio Alarcos y José María Valverde, pero también el de una revista que fue punto de encuentro del posibilismo cultural, Clavileño (1950-1957).

LA FILOLOGÍA EN EL PURGATORIO. LOS ESTUDIOS LITERARIOS EN TORNO A 1950

José-Carlos Mainer

Crítica. Barcelona, 2003

228 páginas. 17,90 euros

Todos ellos hablan con elocuencia de la precaria subsistencia de la actividad intelectual en un medio social devastado, en una universidad depauperada y tomada al asalto por la barbarie y el energumenismo (una muestra: cierto lúgubre catedrático del Opus Dei truena en 1956 contra los "pocos cobardes" que se entusiasman con Blas de Otero, César Vallejo o Pablo Neruda, "a los que conviene sacar de madriguera de una vez", y todo porque Emilio Alarcos inauguró ese curso académico con un discurso sobre la poesía de Otero), todos encarnan el esforzado cultivo de la dignidad y la excelencia de los estudios literarios contra una adversidad terca y deprimente. Adversidad patente en el breve epistolario entre Sender y Blecua que se incluye en el volumen. A través de esta galería de retratos, Mainer desentierra las raíces del ensayismo de alta divulgación académica, que tuvo cultores tanto bajo la cejijunta vigilancia interior como bajo el sol frío del destierro, el de los exiliados fantasmales y erráticos a que alude Sender en una carta.

Todos los artículos del libro comparten la concepción de la posguerra como un estado de ánimo colectivo, así como unas cuantas certezas: verbi gracia, que existió una soterrada continuidad del liberalismo intelectual anterior a 1936, o que el ensayo universitario de divulgación "se transformó en poco tiempo en la más llamativa y seguramente fecunda línea de innovación". Emocionantes son las páginas que dedica a José Luis Cano, cuya fe en la literatura fue desesperada y se hizo palmaria en la revista Ínsula. Lo mismo cabe decir del homenaje a José Manuel Blecua, donde, por ejemplo, se subraya la proximidad de su concepción del estudio de la literatura a la historia cultural de Roger Chartier o Peter Burke. O se induce al lector a descubrir cómo Blecua coincide con Francisco Ynduráin en reclamar el estudio directo de las fuentes, el "traer a consideración textos", en lugar de emboscarse en bibliografías proliferantes o en logomaquias hueras y autoindulgentes a las que parecen estorban los textos literarios, lo que supone una inequívoca toma de postura por parte de Mainer que algunos suscribimos por entero.

Creo que este libro no es -y contrarío la declaración del autor- "una historia de la filología para filólogos", sino una valiosísima contribución a nuestra historia intelectual que conserva su mucho interés fuera de los contornos de un ámbito profesional, la filología, porque en el fondo trata de la continuidad, empeñosa y amenazada, del deslumbrante patrimonio del primer tercio de siglo. Mainer deja al paso, sin infatuar el tono, lecciones excelentes, como cuando define las cuatro cuestiones que debe satisfacer cualquier historia literaria (cómo se constituye y actúa una tradición, la pugna entre originalidad y obediencia, las relaciones de la literatura con la industria y el diálogo entre autor y lector) o cuando recuerda que nunca la elección de un objeto de estudio es fortuita, que cualquier acotación compromete al estudioso tanto como la pintura de un cuadro. Es lo que sucede con el asunto de este volumen, el examen de unas trayectorias intelectuales en la España descorazonadora de 1950 que posibilitan el surgimiento, a finales de los sesenta, de la brillante promoción filológica a la que pertenece el propio autor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de noviembre de 2003

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