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Crítica:

La tabla de Estambul

Me llamo Rojo, la nueva novela del escritor turco Orhan Pamuk, combina intriga criminal, relato amoroso y narración histórica. Una trama llena de saltos y voces.

Orhan Pamuk (Estambul, 1952), estrella de la nueva generación de narradores turcos, siempre apunta a la "novela total", donde cabe filosofía, religión, amor, sexo, crimen, el mundo entero, o lo que viene a ser lo mismo, la ciudad de Estambul, de la que él es cronista concupiscente. En España, Pamuk se dio a conocer con El libro negro y La vida nueva (ambas en Alfaguara) como prodigioso contador de fábulas antiguas y vidas contemporáneas, embrujadamente complejas, ambiguas, misteriosas, que descubría significados secretos hasta en la propaganda de las bolsas de plástico.

Sin duda, su origen y formación entre dos culturas, la occidental de la burguesía culta de Estambul y la islámica del entorno urbano, le predestinaron para reflejar los encuentros y encontronazos de los dos mundos, y, efectivamente, ésta es una de sus temáticas desde que empezó a publicar. Y aunque no es la única, se convirtió en la etiqueta de su éxito internacional. Tal vez empujado por este encasillamiento, Pamuk se ha lanzado en su más reciente novela, Me llamo Rojo, a evidenciar al máximo su propósito de hacer de puente sobre el Bósforo (como afirmó en una entrevista). Sin embargo, por mucho que se señale y repita que, tras la intriga del asesinato de un iluminador del sultán, subyace un conflicto teológico -el fundamentalismo islámico del siglo XVI enfrentado a la visión secular del mundo de los "francos"-, el conflicto no cobra más entidad.

ME LLAMO ROJO

Orhan Pamuk

Traducción de Rafael Carpintero

Alfaguara. Madrid, 2003

564 páginas. 21,95 euros

Y eso que el autor se ha es-

forzado por hacerlo digerible para todos los gustos: intriga criminal, historia amorosa, ensayo de estética, narración histórica. El despliegue de material narrativo es impresionante y no podía ser más suculento: los asesinatos de dos maestros miniaturistas y, paralelamente, el apasionado drama amoroso, están contados desde la perspectiva de una veintena de personajes (incluso hablan los objetos, una costumbre en la cuentística tradicional árabe, y la tinta roja, cuyo discurso da título al libro). Cada voz aporta nuevas anécdotas, y un relato se suma interminablemente a otro relato.

Unir la manera de pintar de los maestros iluminadores persas y la de los venecianos, no sólo es peligroso sino directamente mortal, y esta advertencia del narrador de no fundir dos estilos, dos visiones del mundo, se podría trasladar directamente a la literatura. La narración salta constantemente del cuento de hadas, contado con el acopio de tópicos de Las mil y una noches, a la presentación realista y al enfoque analítico de la novela negra; de este modo, la intriga se empapa de una empalagosa retórica y el cuento, con absurdas caracterizaciones psicológicas. A ello hay que añadir que el tutelaje del lector es absoluto: el texto no deja el más mínimo resquicio para la imaginación. Todo está premasticado y formulado, hasta las posibles reacciones provocadas por la trama: "¿Quién es el asesino por quien siento tanto odio? ¿Por qué me mató de una manera tan inesperada? Deberíais sentir curiosidad por eso". Pero así la curiosidad se espanta y la imaginación se corta: triviales quedan los cuadros de época, impostadas y ridículas las escenas amorosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003

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