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Crítica:ÓPERA | 'Osud'

Una belleza inquietante

Es Osud una ópera extraña a la par que fascinante que se está poniendo últimamente de moda no sólo por la consolidación de Janácek como uno de los compositores líricos más importantes del siglo XX, sino también por motivos más anecdóticos, como, por ejemplo, haber sido el título elegido por el arquitecto Frank Gehry para debutar de escenógrafo en una ópera.

Osud

De Leos Janácek. Director musical: José Ramón Encinar. Director de escena: Robert Wilson. Con Sona Cervená, Stefan Margita, Iveta Jiriková, Eva Urbanová, Jaroslav Brezina, Ivan Kusnjer, Ludek Vele, Yvona Skvárová, Martina Bauerová, Pavla Aunická, Marisa González, Soraya Almanza, Tzetzka Hristova, Fernando Campo, Francisco Pardo, Roman Janál, Gustavo Peña y David Ullrich. Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid. Coproducción con el Teatro Nacional de Praga. Teatro Real, Madrid, 1 de noviembre.

El evento tuvo lugar este verano en el Bard College de Annandale-on Hudson, en el Estado de Nueva York, en una representación elogiada hasta por el mismísimo Le Monde. El Real se ha mostrado, pues, intuitivo en la elección de esta obra y más en coproducirla con el Teatro de Praga de la mano de un artista como Robert Wilson.

En el libro Janácek's operas. A documentary account, de John Tyrrell (Faber and Faber, 1992), figura una carta del compositor a Kamila Urvalková de octubre de 1903 en que señala, a propósito de los primeros pasos en la elaboración de Osud, que "estoy buscando un libreto moderno con un primer acto realista, un segundo en tono de alucinación y un tercero extraño". No es que la estética de Wilson se ajuste al pie de la letra a estas indicaciones, pero tampoco es tan disparatado encontrar analogías del acto primero, en el balneario, con Chéjov; del segundo, en la habitación, con Strindberg, y del tercero, en el conservatorio, con uno de esos misteriosos cuentos de Poe. O sea, con el realismo poético, la angustia existencial y la realidad que se escapa a la razón pura.

Poética de la luz

La aproximación del director americano es, en cualquier caso, fiel a su estética, es decir, parte de la insinuación para realizar una mirada autónoma desde un lenguaje compuesto de composiciones plásticas, movimientos lentos y enfatizados y, sobre todo, una poética de la luz. No hay una correspondencia inmediata con lo que la música sugiere, sino más bien una lectura complementaria, más reflexiva que pasional, más atenta a la seducción que a la dramatización.

Wilson invita al espectador a organizar la recepción de la ópera en varias direcciones. No obliga, ojo: invita. Y así, el suicidio de la madre es simplemente una invasión del color rojo en la escena o los conflictos existenciales y autobiográficos son presentados en forma de ritual trágico. Quizás no sea su visión de Janácek tan conseguida como las que pensó para óperas de Gluck, Debussy o Bartók, y, en teatro de prosa, para Buchner, pero está más cerca de ellas que de sus acercamientos a Puccini o Wagner. Hay misterio, hay enigma y hay una belleza inquietante que llena la escena y lo posee todo.

La pasión, el fuego, vienen desde la música. Gracias a los esforzados cantantes en cometidos de ardua dificultad y gracias a una dirección sensacional de José Ramón Encinar que galvaniza a la Sinfónica de Madrid llevándola desde la tensión expresiva hasta el detalle sutil con una habilidad diabólica. La ópera -tan compleja, rara y hasta desconcertante- no decae en las manos de Encinar un solo instante. Su aportación fue fundamental para zambullir al espectador en la obra. Janácek fue el gran triunfador de la noche.

El público apreció con firmeza el gran espectáculo que tenía delante. La noche habría sido redonda si se hubiese interpretado la ópera sin interrupción, sobre todo al ser el tercer acto no demasiado largo. El descanso después del segundo acto perjudicó la concentración y la continuidad dramática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de noviembre de 2003