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Entrevista:Julián Herranz | Presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos

"Me impresiona el misticismo del Papa"

Julián Herranz (Baena, Córdoba, 1930), miembro del Opus Dei y uno de los principales colaboradores del fundador, san Josemaría Escrivá de Balaguer. Es la máxima autoridad vaticana en legislación canónica, como presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos y de la Comisión Disciplinaria de la Curia Romana. El próximo martes recibe la púrpura cardenalicia en la Santa Sede.

El cardenal Julián Herranz, doctor en Psiquiatría y en Derecho, pertenece a la Curia desde 1960. Ha trabajado con Juan Pablo II durante los 25 años de su pontificado. Como nuevo miembro del Colegio cardenalicio, participará en la elección del próximo Papa.

Pregunta. Juan Pablo II ha sido un papa viajero, peregrino. Aparentemente, se ha ocupado más de la misión evangelizadora que de la gestión del Vaticano.

Respuesta. Se da mucha importancia en los medios a los viajes del Papa, más de cien; a los miles de personas que ha encontrado, a las docenas de documentos doctrinales que ha promulgado. Pero hay otra actividad enorme de la que no se habla y que está en el origen de todo eso: la cantidad de horas que Juan Pablo II ha pasado rezando ante el Sagrario. De mi experiencia en el trato personal con él me impresiona su misticismo. Es un hombre que vive en continua unión con Dios. No sólo es vicario de Cristo: quiere encarnar a Cristo en las palabras, en la enseñanza, en los gestos, y para mí esa dimensión mística es la fuente de toda su energía apostólica y misionera.

"Hay que preocuparse por las víctimas de pederastia, pero también por el acusado"

"Me pescaron pintando en la Castellana: 'Viva la revolución agraria en Andalucía"

"Una escolta dijo que el Papa tiene más fuerza de atracción que los Rolling Stones"

P. Es un Papa no italiano y no perteneciente a la Curia. ¿En qué ha hecho cambiar la Iglesia?

R. Más que cambiar, ha subrayado algunos aspectos fundamentales. La misión de la Iglesia, confiada por Cristo a los apóstoles, es llevar al mundo el mensaje de salvación. Y eso lo destacó desde el principio Juan Pablo II. Aquí, en esta plaza de San Pedro, en su primer discurso, dijo: "Abrid las puertas a Cristo, no tengáis miedo". No ha hecho otra cosa en estos 25 años que anunciar Cristo al mundo. Al Papa le gusta subrayar la armonía entre razón y fe, que se complementan. Y ha obtenido la admiración general. En su último discurso ante la ONU fue aplaudido cinco minutos, porque había tocado el fondo de la gran preocupación de los hombres: ¿qué va a ser del futuro de la Humanidad? El hombre ha sido creado libre, Dios le deja libertad. El Papa explica que esa libertad hay que defenderla, que esa libertad, que permite a la inteligencia crear tantas maravillas, no puede divorciarse de la verdad sobre el hombre, sobre sus derechos y deberes. Juan Pablo II ha respaldado siempre la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Ésa es la grandeza del pontificado de Juan Pablo II, e incidirá mucho en todos los pontificados futuros, porque ha trasladado al mensaje de Cristo todo lo que se fraguó en el siglo XX.

P. Karol Wojtyla se ha convertido en un referente moral y ha asumido un enorme protagonismo político, desde su lucha contra el comunismo a su oposición a la guerra en Irak. ¿Será capaz de asumir ese protagonismo su sucesor?

R. Así será, por el bien de la humanidad. El Papa ama la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, pero ama toda la humanidad porque por esa humanidad murió Cristo. Ha dado un gran empuje al movimiento ecuménico para lograr la unidad de los cristianos, superando dificultades ancestrales, pidiendo perdón como hacen quienes aman. El Papa afirma que la religión nunca puede ser motivo para hacer la guerra. A lo largo de la historia ese principio no siempre ha sido respetado, pero tiene que serlo en el futuro. Juan Pablo II posee la fuerza de atracción de sus cualidades humanas excepcionales, pero en la raíz está el mensaje de Cristo. Que ofrece una visión alta del amor humano, que supone darse de verdad, entregarse al otro, más allá del puro sexo animal. Y ahí está el secreto, también, de su afinidad con la gente joven. Yo le acompañé, con otros de la Curia, en su reciente viaje a España. Se le veía feliz. Uno de los policías de escolta, una mujer, exclamó: "¡Este Papa tiene más fuerza de atracción ante los jóvenes que los Rolling Stones!". Le comenté a la agente que el Papa no cantaba ni tocaba la guitarra. Y ella dijo: "No, pero hace sonar una musiquilla dentro". Es la "musiquilla" de los valores que la gente joven tiene en el alma, en mayor medida que los adultos. Juan Pablo II exige a los jóvenes solidaridad, generosidad, amplitud de miras. En Cuatro Vientos, un millón de personas empezó a gritar: "¡El Papa es joven!". Es cierto: la edad de las personas no la dan los años, sino la capacidad de amar. El joven ama. Ama la vida. El Papa ama. Hace de su vida una donación, lo vemos diariamente por televisión, se da hasta más no poder. Y la juventud lo entiende. Ésa es la fuerza de este Papa, ese gran viejo, tan joven.

P. En su pontificado II ha habido también crisis. Una, muy grave, la abierta en Estados Unidos por una serie de casos de pederastia en el clero. Usted preside el consejo pontificio del Derecho Canónico. ¿Dispone la Iglesia de mecanismos preventivos y punitivos para evitar esas cosas?

R. Eso hay que contemplarlo con objetividad, porque el problema se refiere a una parte mínima del clero de Estados Unidos. La inmensa mayoría de los sacerdotes estadounidenses son magníficos y muy queridos. Los casos de pederastia producen un dolor enorme y la Iglesia ha intervenido, con todas las exigencias del Derecho. No vamos a extendernos en los mecanismos canónicos, pero son muy claros. Ese delito está sancionado con la pena más grave que se puede imponer a un clérigo: la expulsión del estado clerical. En los casos que usted señala, se llega a esa sanción si hay pruebas. Ésa es otra cuestión a tener en cuenta. Hay que preocuparse por las víctimas, pero también por el acusado, para que tenga la posibilidad de defenderse.

P. ¿Se actuó correctamente en Estados Unidos? ¿No se reaccionó con demasiada lentitud?

R. Pudo haber descuido en algún sitio, quizá no se actuó con suficiente rapidez. Pero hay que tener en cuenta que en Estados Unidos no son inusuales las acusaciones montadas por intereses de determinados grupos. No se debe difamar a una persona, y la peor difamación que puede sufrir un sacerdote es que se diga que ha abusado sexualmente de un niño. Equivale a destruirle moralmente. El derecho y la teología de la Iglesia son suficientes para prevenir y reprimir esos delitos. Pero comprenda que no todos aman a la Iglesia Católica en EEUU, que hay determinados grupos que hacen lo posible por enfangar la imagen del sacerdocio católico ante la opinión pública.

P. Quizá para usted la mayor alegría de estos 25 años fue la santificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, con quien convivió y trabajó muchos años.

R. Viví 22 años con él, y desde el primer día, desde que le conocí, ví en él a un santo. Esto puede parecer demasiado tajante o injustificado. Pero percibí en él una serie de manifestaciones de fe heroica y de continua unión a Dios. Mire, el día en que le conocí había fallecido un chico joven que vivía con nosotros en la residencia y él entró en la habitación con todo el dolor de un padre al que se le ha muerto un hijo. El sufrimiento se reflejaba en su rostro. Se puso de rodillas, besó al chico en la frente, rezamos un responso y, luego, saliendo de la habitación, su rostro se transformó, empezó a sonreír. Y dijo: "Sonrío porque este hermano vuestro ha ganado la última batalla, ha consumido su vida cumpliendo la voluntad de Dios". Vi reflejadas en él dos dimensiones, humana y divina, que me enamoran de la humanidad de Cristo: perfectus Deus y perfectus homo, perfecto Dios y perfecto hombre. Le voy a decir una cosa, el otro día leí en un periódico una frase, una exclamación gozosa que se le atribuía y que era absolutamente falsa: "¡Nos han hecho ministros!". Yo le escuché justamente lo contrario. Cuando Alberto Ullastres fue nombrado ministro, en 1957 si no me equivoco, yo estaba con monseñor Escrivá al saberse la noticia. ¿Sabe lo que comentó? "Que hayan hecho ministro a este hijo mío no me importa nada, lo que me importa es que sea santo. Tengo hijos que son barrenderos, y un barrendero puede dar tanta gloria a Dios como un ministro".

P. Esa frase que cita se ha publicado muchas veces, y recientemente en EL PAÍS.

R. Yo no quiero criticar a ningún periódico. Pero esa frase no es verdad y me apena mucho.

P. Sin embargo, suele atribuirse al Opus Dei voluntad de poder y de influencia. ¿Cuál sería la explicación?

R. Diría que hay dos razones. Una, que los focos se encienden para iluminar a las personas que ocupan puestos de relieve en la sociedad, en el mundo económico, universitario y político. En cambio, no se encienden para esa otra multitud de miembros del Opus Dei cuya actividad brilla menos: profesionales, artistas, obreros, campesinos. La segunda razón es que hay quienes no comprenden la libertad política y la libertad en cuestiones temporales de los miembros de la Prelatura. A mí siempre me impresionó la diversidad de tendencias políticas dentro del Opus Dei. Cuando llegué al Opus tenía la personalidad bastante hecha, tenía 20 años, había dirigido en Madrid una revista universitaria... Por citarle algo anecdótico, terminé una noche en la Dirección General de Seguridad porque me pescaron cuando pintaba con otros estudiantes grandes carteles en La Castellana con la frase "Viva la revolución agraria en Andalucía". En el Opus había una gran libertad en todo lo opinable. Hay un común denominador de verdades en el cual se forman muy bien todos los miembros del Opus Dei, el común denominador en el que insiste tanto Juan Pablo II: son las exigencias de la doctrina social de la Iglesia para defender la vida, el matrimonio, la libertad de enseñanza, la patria potestad, la ética en la economía, la igualdad de todos los hombres...Ahí, todos tienen que estar de acuerdo. Pero no sólo los miembros del Opus Dei: absolutamente todos los católicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de octubre de 2003