Columna
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Sandra y Pasolini

Juan Urbano fue al Teatro de la Abadía y vio una obra llamada Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, que cuenta cómo el poeta de Las cenizas de Gramsci, el cineasta de El evangelio según san Mateo o Teorema y el novelista de Petróleo se convirtió en un perseguido, en un ser al margen que era fácil de destruir pero difícil de vencer y que, por tanto, en lugar de sumarse con docilidad al ejército de los marginados y rendirse a la dictadura de lo considerado normal, tolerable y decente, luchó desde ese margen contra sus poderosos enemigos, usando como únicas armas la profundidad de su talento y la firmeza de sus ideas. La obra de Michel Azama, dirigida en España por Roberto Cerdá, cuenta el calvario de denuncias, juicios y condenas que padeció el autor de Accatone, aquella película que contaba la historia de otro hombre acorralado, de un mártir sin causa, y que llenó su vida de multas, prohibiciones, amenazas y escándalos. Ya adivinan de qué forma acaba la representación: igual que terminó Pasolini, asesinado por quién, si aún no se ha resuelto ese crimen de 1975; quizá por todos y por nadie: por los que lo golpearon hasta morir, los que lo atropellaron una y otra vez con un coche, los que lo echaron en un vertedero, los que sintieron alivio al conocer su muerte, los que ennegrecieron su biografía para hacerlo pasar por el diablo, sus enemigos, sus camaradas... Al salir del teatro, Juan Urbano tuvo ganas de gritar lo que le había oído decir una vez a Alfonso, el amable estanquero del Café Gijón: "¡Viva la revolución, venga de donde venga!". Aunque, claro, ya saben; en fin.

Gente perseguida y castigada sin porqué, como los personajes de los libros de Kafka. Qué mundo terrible e incongruente. Juan Urbano leyó unos días más tarde la noticia de que miles de niños del barrio de Soweto, en Johanesburgo, eran enviados un día entero a la cárcel, sin haber cometido ningún delito, para que aprendiesen, para que le vieran las orejas a lobo. O sea, un encarcelamiento preventivo, siamés de los bombardeos estadounidenses por el mundo. A los chicos, muchos de los cuales han sido víctimas de malos tratos o violaciones en el pasado, les rapan el pelo nada más entrar en la prisión, igual que a los verdaderos convictos; después, les fotografían de frente y de perfil y los visten con el uniforme de la penitenciaría, los ponen a hacer trabajos forzados y, para terminar, los confinan varias horas en una celda de aislamiento. La inventora de este método se llama Jackey Maaronhanye, es profesora y ha conseguido que el cien por cien de los estudiantes de su colegio, llamado Ithuteng e inaugurado por el propio Nelson Mandela hace cinco años, aprueben la enseñanza secundaria, cosa rara en su país. Falta le hacen a Suráfrica soluciones en las que pueda irse disolviendo un odio de siglos, sólo hace falta leer las arrebatadoras novelas del último premio Nobel de Literatura, el surafricano J. M. Coetzee, para saberlo, en especial la maravillosa y estremecedora Desgracia. Pero ¿es ése el camino? ¿Puede ser el miedo un atajo a la razón, la justicia y la conciencia?

Yo no estoy muy seguro, pero Juan Urbano cree que sí, tal vez porque está indignado mientras sigue el juicio a los menores que raptaron, violaron, torturaron y mataron a la joven Sandra Palo en Madrid de una manera, de hecho, muy parecida a la que siguieron quienes en 1975 acabaron en Italia con la vida de Pasolini. Juan había visto las imágenes de los padres de Sandra, gente demolida por el dolor, y había escuchado a psicólogos y abogados hablar de la imprescindible reinserción de los jóvenes salvajes, en realidad jóvenes descarriados, en el fondo víctimas de las circunstancias, etcétera. "¿Ése es el camino para ti?", me preguntó Juan Urbano una noche. "¿Por qué perdonar como a niños a esos canallas que matan como adultos? Para eso, mejor que los reinserten por anticipado, como en Suráfrica". Juan tiene razón, a su modo. Yo cambiaría el día en la cárcel por otra cosa, claro, pero esto tiene que parar. Tiene que pararse antes de haber empezado. A la hora de evitar un homicidio hay una palabra más eficaz que policía y penal. Esa palabra es educación. El día que los ministros del Interior, en vez de presumir de haber cazado a los canallas, presuman de que no existen, será el gran día. Por ahora, eso está muy lejos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 08 de octubre de 2003.

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