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Reportaje:FÚTBOL | La Copa se tiñe de luto

Los retoños descarriados

La policía advierte una radicalización entre algunos grupúsculos incorporados a los Riazor Blues, que ayer anunciaron su disolución

Empezaron siendo "aquellos neniños", como los llamaba el legendario Arsenio Iglesias y ayer finalizaron su andadura como peña organizada. Aunque desde la dirección del club nunca gozaron de excesivos favores, buena parte del deportivismo simpatizaba con su desenfado juvenil y se sonreía al oír en el estadio los acordes de su himno: "Somos los Riazor Blues/ viajamos en autobús". Pero aquella peña adolescente, fundada en 1987, fue creciendo y desorganizándose hasta convertirse en una especie de denominación general para un conjunto de facciones heterogéneas. Y entre ellas han crecido algunos grupúsculos cada vez más radicalizados, según coinciden la policía y antiguos miembros de la peña. Ayer, la peña anunció en su página web su disolución como colectivo. Bajo el título "¡Violencia, no!", justificaban su decisión en base a "hacer todo lo posible por erradicar la violencia en los estadios".

"Mi sensación es de incredulidad", suspiraba ayer Mari Carmen Presas, vicepresidenta de la Federación de Peñas del Deportivo. "Esto no nos podía pasar a nosotros. Yo nunca creí que nuestros radicales fuesen tan violentos". Los Riazor Blues no están integrados en el movimiento peñista del Deportivo porque ni siquiera figuran inscritos oficialmente. Más que un grupo organizado, según advierte también la policía, Riazor Blues es la seña de identidad genérica a la que se acoge un conjunto de menos de un millar de jóvenes, que ocupan las localidades más baratas del estadio. Nunca estuvieron especialmente politizados, aunque algunos sectores exhiban desde hace años símbolos nacionalistas gallegos y exista un pequeño núcleo de independentistas radicales.

Su implicación en episodios violentos no es nueva. El mismo año de su fundación, 1987, con el Depor aún en Segunda, se desató una monumental pelea en un partido contra el Celta en Riazor. La mayoría de los incidentes en que se han visto implicados en estos 16 años han sido precisamente en choques contra sus rivales gallegos, sobre todo el Celta, pero también el Compostela, cuyos hinchas son aliados tradicionales de los vigueses. Fuera de estos duelos de rivalidad, los hinchas deportivistas agrupados bajo esa bandera no se han distinguido por excesivas actitudes violentas.

Pero los tiempos están cambiando. "Hay un proceso de radicalización, que no es propio de aquí, porque está ocurriendo en toda España", afirma José Freire, el inspector de policía encargado de la seguridad del estadio coruñés. "Hay grupitos que tienen otras motivaciones, en algunos casos políticas, que tratan de infiltrarse". Un antiguo dirigente de la peña transmite esa misma impresión: "Cuando empezamos, estábamos más organizados. Ahora, muchos actúan a su aire. A Santiago, por ejemplo, cada uno fue por su cuenta. Y han aparecido jóvenes con actitudes más radicales. Hasta ahora nunca se había visto gente con estética skin head". En ese último tipo encajan los jóvenes que agredieron el martes, al término del partido, al concejal del PP en Santiago, Jacobo Pérez Paz. "Me dio un puñetazo un chico de cabeza rapada y botas militares", dijo el edil.

La directiva que preside Augusto César Lendoiro nunca simpatizó en exceso con los Riazor Blues, que, a diferencia de otros grupos, no han tenido locales en el estadio ni se les ha dispensado trato preferente en el reparto de entradas. Es más, los Blues le han dedicado varias veces cánticos de reproche a Lendoiro por no financiarles viajes. La estampa de Lendoiro, en la madrugada del miércoles, cuando apenas pudo contener las lágrimas ante los periodistas que lo abordaron en el hospital de Santiago donde ingresó el fallecido, resumía el abatimiento de todo el deportivismo, incluidos los círculos más institucionalizados de los Blues, conscientes de que nada será igual tras la tragedia de San Lázaro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de octubre de 2003