Columna
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Inocencia

Inocencia, la de los activistas con escopetas recortadas que salen malparados tras herir a dos ertzainas. Inocencia levantada a base de repetir que Euskal Herria está oprimida por España, porque nuestra soberanía es un derecho originario. Inocencia, porque la opresión es tal que procesan a Atutxa y a otros dos miembros de la Mesa del Parlamento vasco por no cumplir la sentencia de ese Tribunal Supremo. Inocencia, porque se ilegalizan las ideas, se ilegaliza a Batasuna por una Ley de Partidos que el mismísimo Gobierno vasco recurre ante el Tribunal de Estrasburgo. Inocencia, porque España rechaza que se aplique la resolución de la ONU para la descolonización de Euskadi y el derecho de autodeterminación. Inocencia, porque el Gobierno español, o los jueces -que nos dicen que son lo mismo-, están contra el euskera y cierran Egunkaria. Inocencia total, entonces, la de los usuarios de las recortadas, y pringao el que se meta ertzaina bajo un Gobierno que es el primero en contestar la legalidad -qué menos que el PNV les llame "activistas" a unos terroristas que iban a cometer dos asesinatos con toda premeditación, pero no podrán con la moral de la Ertzaintza, viene a decir, arengando, su consejero-. Inocencia por todas las lunas y cajeros rotos ante la vileza de la opresión española.

Inocencia, la de los equidistantes -la mayor de las inocencias-, que creen en la existencia de un centro desde donde hacer reflexiones políticas, legales, religiosas, morales, artísticas, cuando esa equidistancia no existe porque uno de los polos está fuera del ámbito político, legal, religioso, artístico, moral: está en el asesinato, aunque se les llame activistas o gudaris, está fuera de la democracia. Esa equidistancia sólo podría ser aceptada y ser reconocible si estuviéramos en un régimen preliberal, en el absolutismo, o en una dictadura fascista. Entonces los equidistantes de izquierdas y derechas me dirán que estamos en una dictadura, corriendo el riesgo de que todo el mundo esté equivocado menos ellos y que todo ese mundo equivocado sospeche que es precisamente a una dictadura a la que nos quieren ellos llevar.

Candorosa inocencia la del lehendakari yendo a la Zarzuela demostrando su buen talante y su cortesía ante el comité de honor de la celebración del 25º aniversario de la Constitución, precisamente la Constitución que se quiere cargar. Me recuerda la escapada que hizo Rudolph Hess en un avión al Reino Unido a convencer a los británicos de que no podían oponerse al Tercer Reich, que eso era inconcebible en su alucinación, porque los ingleses también eran arios. Va con esa convicción proponiendo un traumático cambio constitucional, y sin ser consciente del desprecio que supone para el resto de los ciudadanos el romper con veinticinco años de convivencia política y muchísimos más de historia.

Inocencia la de Arzalluz, que cree que el Poder Judicial, parte sustancial del Estado, no va a defender el ordenamiento legal vigente ante una propuesta como la de Ibarretxe, que hace saltar por los aires dicho ordenamiento.

Inocencia la de los socialistas, que, hablando de "democracia de baja calidad" o "Brunete judicial", están animando reacciones para la convivencia como la anteriormente aludida, minando el Estado de derecho, y propiciando entre la inocente militancia socialista una ideología que empieza a semejarse a la del Frente Popular. Quizá sea la de las dos Españas una gratificante concepción de la realidad para nostálgicos masoquistas, pero espantará a cualquier electorado de centro, de centro izquierda e incluso de izquierdas, a poco que éste se haya ilustrado sobre los izquierdismos infantilistas en los prolegómenos de la guerra civil. Que irremisiblemente siempre perdemos los mismos. Inocencia, por estar en la oposición, que nos obliga a recordar la calidad de la democracia cuando estábamos en el poder.

Inocencia, la de los que esperan que el discurso de Ibarretxe hoy, si no compartido, pueda ser acogido por otros; porque la trampa del discurso de Ibarretxe reside en que, aun no siendo compartido pero sí acogido, diluiría la base de su necesidad: la existencia del conflicto con España. Resulta insoportable un país con tanto inocente, menos aquellos que mueren a manos de los activistas de ETA. A esos que les parta un rayo.

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