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Reportaje:REPORTAJE

El honor perdido de Günter Wallraff

Si su amigo el premio Nobel de Literatura Heinrich Böll viviera, tendría ahora la oportunidad de cambiar el título de una de sus novelas más conocidas. En vez de El honor perdido de Katharina Blum, Böll podría haber dado al periodista Günter Wallraff los honores de protagonista.

Una vez más, a punto de cumplir los 61 años, Wallraff, el llamado periodista indeseable, provoca un escándalo que desde hace días hace correr ríos de tinta en Alemania: sus conexiones y posible colaboración con la policía política, la temida Stasi, de la desaparecida República Democrática Alemana. Además del debate sobre si el periodista colaboró o no de forma informal con la Stasi, el caso Wallraff ha provocado una reflexión sobre las actitudes y posiciones de la izquierda alemana del Oeste ante la dictadura prusiano-estalinista del otro lado del muro de Berlín y las alambradas.

Los métodos de trabajo y de investigación utilizados por el reportero son poco ortodoxos y nada convencionales. En varias ocasiones le llevaron a los tribunales

En 1976 se metió en la personalidad de un traficante de armas alemán de ultraderecha y ofreció sus servicios al general portugués Antonio Spinola

La prensa de Springer se ha lanzado con fiereza contra el reportero que un día desenmascaró sus métodos de trabajo y manipulaciones

Desde la década de los sesenta, Wallraff ha cumplido el papel de acusador implacable de dictaduras de derecha, de la explotación capitalista en la República Federal de Alemania o de las manipulaciones del Bild Zeitung, el periódico amarillista de la cadena Springer que, con más de cuatro millones de ejemplares vendidos cada día, constituye el alimento espiritual cotidiano de 12 millones de lectores alemanes.

Los métodos de trabajo y de investigación periodística utilizados por Wallraff son poco ortodoxos y nada convencionales. En varias ocasiones le llevaron a los tribunales de justicia y provocaron procesos de los que salió casi siempre muy bien librado. Los jueces fallaron que el valor de las denuncias de Wallraff estaba por encima de preceptos y normas menores, como suplantación de personalidad, falsificación de algún que otro documento de identidad y transgresiones similares.

La carrera periodística de Wallraff ha ido siempre acompañada del escándalo y de éxitos espectaculares. Se libró del servicio militar obligatorio gracias a que se le calificó de "provocador de líos y destructor de la moral de la tropa" y le llevaron a un psiquiatra que le diagnosticó una "personalidad anormal e inutilidad para el servicio".

Identidades falsas

Esta experiencia le sirvió para un primer libro, Mi diario del Ejército federal, que prologó el que luego sería premio Nobel Böll, tío de su primera mujer. Siguieron los reportajes sobre las condiciones laborales en las empresas alemanas en los que Wallraff denunció la explotación de los trabajadores. Para obtener informaciones que se negaban a la prensa, Wallraff no vaciló en utilizar nombres e identidades falsas, como el de "consejero ministerial Kröver". Le gustó el mecanismo y lo convirtió en método de trabajo. Así, Wallraff se disfrazó de vagabundo, para escribir sobre el trato en los asilos de acogida, o de turco Alí, para describir el trato que sufrían los trabajadores emigrantes. En mayo de 1974 llevó la provocación hasta una plaza de la Atenas en plena dictadura de los coroneles. Wallraff se ató a una columna y empezó a repartir panfletos para pedir la libertad de los presos políticos. La hazaña le valió malos tratos policiales y una condena a 14 meses de cárcel, que concluyeron poco antes de la caída del régimen, en julio de aquel año.

El año 1976, Wallraff se metió en la personalidad de un traficante de armas alemán de ultraderecha y ofreció sus servicios al general portugués Antonio Spinola, que había encabezado la caída de la dictadura salazarista y estaba ya deseoso de acabar con la revolución de los claveles. Spinola picó y Wallraff pudo descubrir a tiempo un intento golpista de la derecha portuguesa con ramificaciones entre ultraderechistas españoles.

El siguiente golpe de Wallraff fue contra Bild Zeitung y sus métodos manipuladores. Disfrazado de Hans Esser, consiguió trabajo como redactor de Bild y publicó después todas las interioridades de la cocina del diario con más tirada de Europa. El consorcio editorial Springer llevó a Wallraff a los tribunales, pero el periodista salió bastante bien librado.

De fines de los setenta y principios de los setenta datan los contactos de Wallraff con la Stasi. Uno de los métodos de trabajo del régimen de la desaparecida RDA era la agitación y propaganda, la desinformación contra el enemigo de clase: el régimen imperialista de la República Federal de Alemania. La Stasi disponía de golosinas y tentaciones irresistibles para cualquier periodista occidental interesado en la denuncia: archivos con fichas de antiguos nazis que ocupaban puestos dirigentes en la industria y la política de la RFA. Bastantes periodistas no dudaron en cruzar el muro en busca de informaciones y de datos. La Stasi estaba detrás de esta provisión de informaciones a periodistas más o menos interesantes para su propaganda. Esto, los periodistas lo ignoraban o preferían no saberlo ante la posibilidad de la exclusiva.

En su búsqueda de información no dudó Wallraff en abrevar en las turbias aguas de la Stasi, quizá sin saberlo. Esto es lo que ahora se debate. Agentes de la Stasi abastecieron a Wallraff con datos sobre antiguos nazis en la RFA y otros temas convertidos en reportajes de denuncia. Al mismo tiempo, la Stasi elaboraba fichas sobre el periodista que ahora han reaparecido y le inculpan como presunto colaborador informal de aquellos servicios secretos, especializados en la lucha contra el enemigo de clase imperialista y en reprimir cualquier intento de disidencia en la RDA.

El organismo encargado en Berlín del estudio y la recopilación de los datos de la antigua Stasi ha sacado a relucir que el nombre de Wallraff aparece como "colaborador informal". El periodista en entredicho niega de forma contundente haber trabajado o pasado información de forma consciente a los servicios secretos de la dictadura comunista. La prensa de Springer se ha lanzado con fiereza contra el reportero que un día desenmascaró sus métodos de trabajo y manipulaciones, y le acusa de traidor y espía al servicio de la dictadura que levantó el muro de Berlín. Otros se limitan a calificar a Wallraff de "tonto útil" utilizado por el régimen de la RDA para su propaganda anticapitalista y contra la RFA.

La izquierda tuerta

Wallraff niega en redondo su actividad como colaborador informal de la Stasi, pero no ha tenido más remedio que reconocer la ingenuidad con que actuó en sus contactos con informadores que eran agentes de los servicios secretos. Al mismo tiempo, Wallraff admite en parte que en aquellos tiempos de la guerra fría la izquierda alemana estaba tuerta. Por no querer situarse en el mismo campo que los políticos y periodistas considerados como reaccionarios, gran parte de la izquierda de la generación del 68 denunció las dictaduras de derecha e hizo la vista gorda ante lo que ocurría a las puertas de su propia casa, al otro lado del muro y tras las alambradas al este del río Elba.

En una entrevista con el periódico berlinés Tagesspiegel, a la pregunta de por qué no habló de los atentados contra los derechos humanos en la RDA, Wallraff responde: "Buena pregunta... Me temo que eso lo dejé de lado y sólo critiqué la orden de disparar". Le preguntan si sabía que existía la Stasi y Wallraff responde: "Claro, no soy estúpido, pero con los que yo me reunía no tenían aspecto de agentes". "Usted era ingenuo", le dice el entrevistador. Wallraff reconoce: "Yo siempre fui muy ingenuo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de septiembre de 2003

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