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Editorial:

Invitación al escándalo

El comportamiento empresarial en el mercado estadounidense no cesa de ofrecer motivos para la perplejidad y, al mismo tiempo, demostraciones de capacidad para la corrección de los graves errores de sus directivos. Los socios de la Bolsa de Nueva York han forzado la dimisión del presidente de la entidad, Richard Grasso, como castigo a la falta de transparencia en la percepción de sus retribuciones, nada menos que 140 millones de dólares en concepto de salarios, bonus y pensiones diferidas desde 1995. En Estados Unidos, la economía capitalista por excelencia, causa estremecimiento un sueldo desproporcionado; pero sobre todo, la opacidad en la concesión de retribuciones, como pusieron de manifiesto los principales fondos de pensiones norteamericanos o firmas tan destacadas como Goldman Sachs o JP Morgan, que exigieron su dimisión.

Los años de prosperidad en la década de los noventa originaron entre los directivos de las grandes empresas estadounidenses y europeas una tendencia persistente a considerarse con derecho a percibir retribuciones que rebasan escandalosamente la evolución de las ganancias medias de los accionistas o de los profesionales. La facilidad con que se obtenían plusvalías bursátiles en muchos negocios, incluso en los menos prometedores o consolidados, contribuyó a acrecentar este espejismo. Pero aquellos tiempos han pasado y la reacción de los accionistas de la New York Stock Exchange (NYSE) ratifica que la comunidad de los negocios mantiene capacidad para escandalizarse ante comportamientos abusivos. Y no tanto por lo sustancioso del sueldo como por la escasa transparencia con que se decidió y aprobó tan voluminoso jornal. Precisamente la ausencia de transparencia es la clave para entender la reacción airada de los socios de la Bolsa.

El principio fundamental en la política retributiva de una empresa es que ningún salario o compensación puede ser considerado excesivo si es conocido de antemano por los accionistas de la empresa. Grasso y el consejo que autorizó los 140 millones de dólares olvidaron totalmente el principio. Las empresas españolas, todavía reacias a la transparencia retributiva, tienen en la Bolsa de Nueva York un nuevo caso ejemplar de lo que se debe y no se debe hacer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de septiembre de 2003