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COLUMNA

Poesía

La última novela de José Carlos Somoza, La dama número trece, contiene un truculento homenaje al poder de la poesía. Hibridando géneros, tendiendo puentes y pasarelas entre terror, erotismo, alta cultura y fantasía desbocada, Somoza trata de hacernos ver que en la poesía, esa cosa inocua que los adolescentes labran en la soledad de sus cuadernos, se esconde un arma letal, el arma más devastadora de todas. Vestigio de una edad atávica en que el hombre otorgaba nombres secretos a las cosas, la poesía consiste en una especie de magia negra que permite dominar los elementos y encauzar el devenir, desmintiendo, si ello es preciso, las reglas de la naturaleza. En el texto del escritor madrileño, la poesía se vuelve una responsabilidad atroz, una ciencia secreta que usada irresponsablemente puede conducir a la catástrofe, y que compromete el destino de quien la emplea. Sin que los labios lo sepan, un verso de Hölderlin, de Rilke, de Kavafis, desencadena un movimiento subterráneo que podría desembocar, a través del laberinto de causas y efectos que compone el universo, en un terremoto o una declaración de amor. Para Somoza, siguiendo directrices que ya se insinúan en libros como La Diosa Blanca de Robert Graves, poesía es sinónimo de terror sagrado, y el poeta, por barbudo, desarrapado y bohemio que se presente, un sacerdote de los poderes más oscuros del corazón.

Visto así, entregar un poema a un niño no resultaría menos homicida que permitirle jugar con pistolas. Sin embargo, los que frecuentamos las bibliotecas hemos aprendido a apreciar la poesía como algo menos brutal y solemne, como una herramienta cotidiana que nos ayuda a empujar el cuerpo y a elegir carne o pescado día a día. Un verso puede contener secretos más terribles que el insomnio; pero, como nos ilustra el famoso síndrome de Estocolmo, también el horror posee un rostro familiar, entrañable, humano, una mano a la que el desesperado puede aferrarse cuando no le que queda más que su miedo: con toda seguridad el Diablo es feliz en el infierno y no cambiaría su azufre y sus pestilencias por todas las prestaciones del paraíso. Quizá en su origen la poesía constituyera un método misterioso para zafarse de los decretos de los dioses, pero hoy se nos ha vuelto un juguete, una moneda, un peine, un objeto doméstico que cumple la función menos tremenda de ayudarnos a vivir. Es hermoso que los niños descubran la poesía y comiencen a desenvolverse en su manejo, como está bien que se instruyan en geografía o que algún día aprendan a conducir un automóvil: porque eso los hará personas más capaces, más hábiles, tal vez incluso más felices. Ese es el sentimiento que anima al colectivo La Palabra Itinerante, que durante todo este verano enseña poesía al público infantil en el Parque del Alamillo de Sevilla: le enseña a urdir metáforas, a hallar la salida en los pasillos de los versos, a servirse de esa muleta resistente en los momentos en que el apoyo es necesario. Dirigidos por los miembros del colectivo, los niños esbozan sus primeros poemas, ponen nombre a esas brumas difusas que empiezan a condensarse en el fondo de sus almas, o del embrión que posean en su lugar: en el futuro, cuando llegue el tiempo de los pantalones largos, ese aprendizaje quizá les sirva para orientarse en los días de niebla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de agosto de 2003